Entre el inconsciente y el teclado predictivo

Hay errores mecánicos, algorítmicos y simbólicos en un mundo donde vivimos rodeaos de pantallas que nos 'ayudan' a decir y, a veces, a fallar

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Entre el inconsciente y el teclado predictivo
JAVIER URRA Y ESTEFANÍA IGARTUA
Lectura estimada: 4 min.
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A casi todos nos ha pasado: escribes "Un cordial saludo" y, cuando ya has pulsado enviar, descubres que el correo dice "Un cordial salido". O querías poner "retomamos" y aparece "retozamos". No es un drama; a veces hasta da risa. Pero el rubor llega rápido: ¿cómo explico esto? ¿Qué van a pensar? ¿Qué dice de mí esta palabra que no era la mía?

Vivimos rodeados de pantallas que nos "ayudan" a decir. Y esa ayuda no es neutra. Entre lo que queremos escribir y lo que queda escrito se cuela un tercero: el corrector, la predicción, el sistema que decide que una palabra "probable" es mejor que tu palabra. Un tercero sin biografía, sin deseo, sin inconsciente… pero con capacidad de empujar el texto hacia un lugar inesperado.

El lapsus —ese desliz mínimo que a veces abre una puerta— siempre tuvo algo de escena. Antes ocurría en la boca, en la mano que escribe, en la distracción que traiciona el control. Hoy ocurre en un dispositivo: miras la pantalla y hay una frase que ha salido de tus dedos pero no te pertenece del todo. Y, sin embargo, ya existe: escrita, enviada, registrada.

Aquí cambia algo importante: la tecnología no ha borrado el inconsciente. Ha modificado su escenario. Ya no es solo "me equivoqué", sino "¿quién se equivocó aquí?". ¿Mi prisa? ¿Mi cansancio? ¿Mi pulgar torpe en un teclado mínimo? ¿La multitarea de contestar caminando, con la cabeza partida entre pantallas? ¿O el algoritmo —esa estadística aplicada— que aprendió mis hábitos y completa por mí?

La escritura digital trae una paradoja: promete control (editar, borrar, revisar) y, al mismo tiempo, multiplica la exposición. Lo dicho se lo lleva el viento; lo escrito queda, circula, se reenvía, se captura. Y entonces un error pequeño puede volverse enorme: un nombre que aparece donde no debía, una palabra que desplaza el tono, un "te quiero" sugerido en el lugar menos oportuno. En esta permanencia hay algo nuevo: el lapsus deja de ser instante y se convierte en objeto. Y los objetos invitan a interpretación. A veces, a demasiada.

Por eso conviene distinguir, con cierta higiene mental, qué tipo de error estamos viendo. No todo desliz merece la misma lectura.

Hay errores mecánicos: el cuerpo en la interfaz. La pantalla pequeña, el dedo impreciso, la fatiga, el metro en movimiento, la prisa. Ese tipo de fallo no necesita profundidad: necesita una corrección y, si acaso, un poco de compasión con el propio límite.

Hay errores algorítmicos: la máquina interviene. El corrector sustituye, la predicción completa, el sistema "mejora" tu frase según lo que suele funcionar. No nace del inconsciente (no lo tiene), pero se apoya en patrones: del idioma, del uso colectivo y también de tu historial. A veces el dispositivo te devuelve una versión estadística de tu propio lenguaje.

Y hay errores simbólicos: los que aparecen justo donde hay conflicto, deseo, ambivalencia, afecto. No porque sean mágicos, sino porque el lenguaje —cuando se tensa— tiende a mostrar costuras. Ahí el lapsus puede hacer su trabajo clásico: insinuar algo que no estaba del todo disponible para decirse.

El problema actual es que todo esto puede mezclarse. Lo humano y lo algorítmico producen un texto conjunto sin que nadie firme el reparto. Puede ser un fallo del corrector… que cae, curiosamente, en el punto exacto donde tú estás más vulnerable. Puede ser un error del dedo… que el otro interpreta como "confesión". Y entonces el efecto es intrínsecamente humano: vergüenza, enfado, desconfianza, sospecha. El error, sea de quien sea, toca fibras que ya estaban ahí.

De ahí la tentación moderna: leerlo todo como diagnóstico. Convertir cualquier desliz en sentencia ("esto revela lo que eres"). Pero esa lectura apresurada puede ser una forma de violencia interpretativa: clausura el sentido antes de comprenderlo. El mundo digital —rápido, reactivo, con pantallas que exigen respuesta— nos empuja a juzgar antes de pensar.

Quizá la salida sea menos brillante y más sabia: recuperar la pausa. Preguntar antes de afirmar. Distinguir antes de acusar.

Una regla simple ayuda: primero descartar lo plausible. ¿El teclado suele cambiar esa palabra? ¿Es una sustitución frecuente? ¿Se escribió en prisa, cansancio, distracción? ¿Hubo autocorrección? Solo después —si el error insiste, si se repite, si aparece una y otra vez en el mismo punto sensible— vale la pena preguntarse por su resonancia. No para "psicoanalizar" a nadie, sino para escuchar lo que la escena revela del vínculo: qué estaba en juego, qué se temía, qué se deseaba, qué no se podía decir de otro modo.

Porque incluso cuando el origen es técnico, el impacto no lo es. Un "cordial salido" puede activar vergüenza corporal en un contexto profesional. Un nombre equivocado puede tocar duelo o superposición afectiva. Una palabra agresiva sugerida en medio de una discusión puede mostrar el borde entre lo que se siente y lo que se tolera sentir. La tecnología no crea ese mundo afectivo, pero a veces lo vuelve visible con una crudeza inesperada.

Lo interesante —y lo difícil— es sostener dos ideas a la vez:

  1. No todo error es un lapsus.
  2. No todo lapsus se reduce a un error técnico.

Entre una cosa y otra hay una ética de lectura: no hacer del tropiezo un veredicto sobre el alma. Aprender a no convertir una palabra desplazada en prueba definitiva. Y, al mismo tiempo, permitir que, si algo insiste, pueda ser pensado sin prisa: como un indicio, no como una condena.

Escribimos más que nunca. Y quizá por eso tropezamos más a menudo con lo que decimos sin querer decir. La diferencia es que ahora el tropiezo deja huella. Y esa huella nos exige una responsabilidad nueva: revisar lo que tecleamos, sí, pero también revisar cómo interpretamos. En tiempos de predicción automática, la prudencia no es tibieza: es un gesto ético.

 

Javier Urra. Dr. en Piscología Clínica.
Estefanía Igartua.
Piscoterapeuta.

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