Ángela, la burgalesa que vivió el accidente ferroviario de Urda: "Sentí como un golpe, como que te dan por detrás"
Viajaba en el vagón 7 del Iryo. Sufrió un golpe en las costillas y recuerda el humo, los heridos y la respuesta de emergencias: "No tardaron ni cinco minutos en venir"
Ángela acababa de comenzar su viaje hacia Sevilla cuando la tragedia ferroviaria de Urda (Toledo) cambió por completo el rumbo de su jornada. Viajaba sola, en el vagón 7 del Iryo, y apenas llevaba una hora de trayecto cuando el tren, que estaba detenido, recibió un golpe por detrás. "Sentí como un golpe de coche, como que te dan por detrás", recuerda. Al principio, los pasajeros no sabían qué había ocurrido. Después llegaron los gritos, el humo y las primeras imágenes de la magnitud del accidente.
La burgalesa todavía estaba en estado de shock cuando relataba su experiencia. Había llegado agotada a Sevilla y necesitaba tiempo para asimilar lo vivido. Su testimonio reconstruye los primeros minutos desde uno de los vagones que no cayeron por el terraplén y el desconcierto de quienes, sin conocer todavía el alcance de la tragedia, intentaban ponerse a salvo.
El tren llevaba detenido unos 15 minutos, una circunstancia que ya les había resultado extraña. De repente, sintieron el impacto. "La gente se empezó a asustar, gritando", cuenta Ángela. Poco después comenzaron a ver humo y a personas ensangrentadas que pasaban por las vías. Los responsables del tren les indicaron que salieran, pero el miedo y la ansiedad se habían apoderado de los viajeros. Finalmente, los pasajeros de su vagón, del que iba detrás y de otros dos situados por delante abandonaron el convoy.
Al salir, se encontraron con una escena que no lograban comprender. "Estaba el tendido eléctrico roto y había mogollón de humo", explica. No sabían qué había sucedido ni hasta dónde llegaban las consecuencias del choque.
La ayuda llegó desde una finca cercana
En medio de la confusión, Ángela recuerda especialmente la respuesta de las personas que acudieron a socorrer a los afectados. Su agradecimiento se dirige al propietario de la finca próxima al lugar del accidente, a los voluntarios y a los equipos de emergencia. "Solamente tengo que agradecer al señor de la finca, a todos los voluntarios y a los equipos de emergencias, que no tardaron ni cinco minutos en venir", relata.
El propietario abrió accesos con unas tenazas para facilitar la entrada de los pasajeros en la finca, donde comenzaron a concentrarse quienes habían podido salir de los trenes. La Guardia Civil indicó a las personas que se encontraban bien que no se acercaran a la zona del siniestro, mientras iban llegando las ambulancias. Ángela sufrió un golpe en las costillas al clavarse la mesa del tren, pero, según explica, se encontraba bien. Su situación contrastaba con la de quienes permanecían atrapados o habían resultado heridos de mayor gravedad.
La dimensión de lo ocurrido empezó a hacerse evidente cuando algunos pasajeros se aproximaron a los vagones delanteros. Ángela recuerda que había muchas personas tendidas en el suelo y que los equipos de rescate sacaban a numerosos viajeros por las ventanas del vagón 3. Los dos primeros habían caído, según su relato. "Ahí es cuando fuimos conscientes de la gravedad, cuando nos íbamos acercando hacia allá", recuerda.
Horas de espera y una red de apoyo entre desconocidos
Los pasajeros permanecieron durante horas en una campa cercana, sin recibir demasiada información sobre lo sucedido. Un poco antes de las dos de la tarde, según calcula Ángela, comenzaron a trasladarlos en autobuses hasta unos pabellones habilitados para atender a los afectados. Allí encontró una respuesta que también destaca por su organización. Cada vez que entraban en el recinto, los responsables recogían sus datos y un teléfono de contacto. Les ofrecían agua, refrescos, comida y todo lo que pudieran necesitar. También se habilitaron autobuses para facilitar el regreso a ciudades como Madrid y Sevilla y a otros destinos del recorrido.
La atención material fue importante, pero para Ángela también lo fue el acompañamiento de otros viajeros. Ella había iniciado el trayecto sola, como otras muchas personas que se vieron sorprendidas por el accidente. En la campa, y después de hablar con su hermano Manuel, acabó formando un pequeño grupo con otros pasajeros.
Entre ellos estaban Katrina, una estadounidense de Seattle; Ana, de Sevilla, y Eric, también sevillano. Personas que hasta entonces no se conocían y que encontraron en aquellas horas una forma de apoyarse mutuamente. "Hicimos una piña y nos estuvimos apoyando constantemente", cuenta. El marido de Ana acudió a buscarlos y, gracias a ello, pudieron llegar a Sevilla alrededor de las ocho de la tarde.
"No quiero crear morbo"
Con el paso de las horas, Ángela y los demás pasajeros comenzaron a tomar conciencia de la suerte que habían tenido. La superviviente reconoce que muchos no fueron plenamente conscientes de ello hasta después, cuando pudieron asimilar lo ocurrido y conocer mejor el alcance de la tragedia. Durante su estancia en la zona habló con otros afectados, entre ellos un hombre que le comentó que habían tenido mucha suerte, al describir el estado en que había quedado el tren. Son conversaciones que permanecen en su memoria, aunque todavía le cuesta poner en palabras lo sucedido.
La burgalesa no quiere recrearse en las escenas más duras. "No quiero crear morbo porque nos llega todo muy, muy feo", advierte.
Su relato deja, por encima de todo, el recuerdo de una experiencia que comenzó con un golpe inesperado y continuó entre el humo, la incertidumbre y el temor por quienes viajaban en los vagones más afectados. También el de quienes acudieron a ayudar, los equipos de emergencia que llegaron al lugar y los desconocidos que, en medio de la tragedia, se convirtieron en un apoyo para los demás. "Ya lo siento, no me sale más", concluye Ángela. Todavía en estado de shock, su testimonio pone voz a quienes consiguieron salir del tren y tuvieron que enfrentarse, después, a la difícil tarea de asimilar lo vivido.








