Abulenses en Perú en el siglo XVI. Blasco Núñez de Vela y Pedro de la Gasca

Julio Darío Martín García, Catedrático de Historia, Licenciado y Doctor en Pedagogía por la Universidad Complutense de Madrid

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Abulenses en Perú en el siglo XVI. Blasco Núñez de Vela y Pedro de la Gasca
Retrato de Pedro de la Gasca
Julio Darío Martín
Lectura estimada: 9 min.

En una reciente visita a la Iglesia de la Magdalena de Valladolid, con el especialista Eufemio Lorenzo Sanz, pudimos deleitarnos ante una obra maestra del prolífico Rodrigo Gil de Hontañón. En el interior destaca el sepulcro romanista del obispo Don Pedro de la Gasca, en alabastro y jaspe, obra del escultor Esteban Jordán. Aparece con los atributos episcopales: capa pluvial, mitra y báculo. Esta visita originó el presente artículo.

A ruegos del dominico  Bartolomé de las Casas, defensor de los indios maltratados en América, Carlos V promulga las llamadas 'Leyes Nuevas de 1542'. En su redacción, también se tuvo en cuenta las doctrinas de otro dominico, Francisco de Vitoria. Este sostenía  que los indios poseen los mismos derechos que cualquier ser humano y son dueños de sus tierras y bienes. En oposición a los dominicos se encuentran las tesis de Juan Ginés de Sepúlveda. Las Leyes Nuevas incluían cuatro artículos que abolían los repartimientos o encomiendas en las colonias americanas. Cada encomendero poseía un buen número de indios a los que gobernaba y recibía de ellos un tributo de servicios y mercancías. Era una autentica explotación. 

El emperador decide, siguiendo su política centralizadora de la península, acabar con una encomienda vinculada a una tipología de señores y siervos. A  la vez, atiende a las suplicas de los frailes. Las Leyes causaron gran irritación en toda la América española y de un modo singular en el Perú.

En 1543, el noble abulense Blasco Núñez de Vela es nombrado virrey del Perú. Parte acompañado de un sequito con cuatro oidores para formar la Audiencia, su hijo, su hermano Núñez de Vela y un cuñado. Llegado al Perú intenta llevar a cabo las ordenanzas con escaso tacto y nula prudencia. Los encomenderos, indignados, se alzan contra la Corona, capitaneados por Gonzalo Pizarro. Ellos aspiraban a que las encomiendas fueran vitalicias y hereditarias. Las medidas arbitrarias del Virrey, como la prisión del anterior gobernador, Vaca de Castro, o el asesinato del factor Illán Suarez de Carbajal, llevaron a los oidores a destituirle. Un intento de liberación por parte del capitán abulense Melchor Verdugo fracasó. Finalmente, los oidores acuerdan enviarle a España. Sin embargo, el oidor Juan Álvarez  que le custodiaba, termina por restituirle la libertad lo que le permite formar un nuevo ejército, con el apoyo de Sebastián de Belalcázar.

Nombra como general a su hijo Núñez de Vela, motivando cierto malestar entre sus capitanes, dada la inexperiencia del joven. En enero de 1546 tuvo lugar la batalla de Iñaquitos donde el virrey fue derrotado y muerto por Gonzalo Pizarro. Entre los muertos figura Sancho Sánchez de Ávila, primo del Virrey, según el cronista Calvete Estrella. El mismo cronista nos narra que su hijo, Núñez Vela, apresado por Pizarro fue  llevado a Lima. Gozaba de alguna libertad, pero, al intentar huir, fue ajusticiado. Finalmente, Calvete, también, cita  a un Vela Núñez, hermano del Virrey, preso de los rebeldes, que será también asesinado. En la batalla participaron varios hermanos de Santa Teresa: Lorenzo,  Antonio (falleció), Jerónimo y Hernando (Alférez General). De los otros tres  hermanos: Rodrigo no está clara su participación, en cuanto a Agustín y Pedro arribaron al Perú después del combate. También debió participar un primo, Hernando Cepeda. Este Hernando Cepeda emigró en 1532 junto a su primo Hernando Ahumada. Ambos primos tuvieron encomiendas en la región de Pasto, al sur  de Colombia, con cifras superiores a 1000 indios.  En Ávila, la relación de los Núñez Vela y los Cepeda era profunda al ser vecinos. Un hermano del virrey, Francisco, fue padrino de pila de Santa Teresa. Lorenzo fue el gran triunfador, con encomienda propia, llegando a ser la tercera fortuna de Quito. (Ver: Pedro Tomé: Los Hermanos de Teresa de Ávila en América.)

Con esta victoria, Gonzalo  Pizarro se alzó como Gobernador del Perú, extendiendo su mandato hasta Panamá y Nombre de Dios. Por otra parte, el virrey pagó con su vida  el  proyecto de ejecutar literalmente el mandato del emperador.

Antes de la muerte del Virrey, por sus emisarios y los enviados por  los rebeldes, en España existía clara conciencia de su posible fracaso. Ante esta evidencia, el príncipe Felipe convocó una reunión para deliberar el camino a seguir. El Duque de Alba aconsejaba "mano dura" y aprestar un gran ejército. Otros consejeros señalaron el alto coste de esta empresa. Finalmente, se optó por la "blandura" y se impuso el parecer de enviar a alguien "de mucha prudencia y sagacidad que tuviese gran experiencia en los negocios". Geoffrey Parker: Felipe II. El secretario del emperador, Francisco de los Cobos, sugirió que la persona idónea era Pedro de la Gasca.

¿Qué cualidades adornaban su persona para lidiar con un cometido tan complejo como el de Perú?. Natural de una aldea, Navarregadilla, próxima a Barco de Ávila, de familia humilde, contaba con 52 años. Estudiante aplicado en la Universidad de Alcalá de Henares pasó, posteriormente, a la Universidad de Salamanca, donde se ordenó sacerdote. Aquí ascendió de alumno a rector y profesor. Patrocinado por el arzobispo Tavera de Toledo ostentó varios cargos, entre ellos, un puesto de inquisidor. En 1541, Tavera le destina a  Valencia donde afianza, con su prudencia, la lealtad de los moriscos. Por causas desconocidas trasfirió su fidelidad al citado  primer secretario del emperador, el poderoso Francisco de los Cobos. Fue, así, como el 26 de mayo de 1546 se embarcaba en Sanlúcar de Barrameda con destino  a Perú, pese a no haber navegado nunca.

Antes de partir, don Pedro lidió sin desmayo durante varios meses para asegurarse plenos poderes: "Las instrucciones definitivas le conferían no solo el control absoluto de las finanzas, la justicia, la guerra y la paz en todo el Perú, sino incluso la autoridad de destituir al virrey y a los jueces de la Audiencia de Lima si lo creía conveniente. De modo que, a pesar de que la "blandura" siguió siendo su política preferida, Gasca llegó a América completamente preparado para el "rigor" en caso de que lo considerara necesario para instaurar el control de la Corona". Geoffrey Parker, obra citada, pags. 84-85.

La  Gasca llega a Santa Marta el 10 de julio de 1546. En su sequito, viaja Agustín, el hermano más pequeño de Santa Teresa. Allí se enteró de la muerte del Virrey y, pronto, entra en contacto con el capitán abulense Melchor Verdugo. Pasa por Nombre de Dios y actúa con suma blandura para ganarse al pueblo. En agosto le vemos en Panamá donde le reciben el general de la armada Pedro Alonso de Hinojosa y los otros capitanes, todos pizarristas. Su política pacifista, su consumada habilidad diplomática y la amnistía general a los arrepentidos le ganaron continuas adhesiones. Fundamental fue  la de  Hinojosa, que le dio la posesión de la  escuadra, a la que siguieron las muy sonadas del adelantado de Popayan, Sebastián Belalcázar, (era analfabeto), la del gobernador de Chile, Pedro Valdivia, el oidor Pedro Ramírez y Lorenzo de Aldana. A la vez, contactó con el capitán  Diego Centeno que estaba en el Sur, para abrir otro frente.  Pero Centeno, en 1547, fue derrotado por el lugarteniente de Pizarro, Francisco de Carvajal, en la batalla de Huarina. La Gasca insistió en ofrecer la paz a Gonzalo Pizarro a cambio de su rendición, pero no obtuvo respuesta alguna.

El 9 de abril de 1548 se enfrentan ambos ejércitos en la pampa de Jaquijahuana. Al frente del ejército real figuran Hinojosa y otros capitanes como el mariscal Alvarado y Sebastián Belalcázar. Al empezar la batalla, el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega, con su gente, y el licenciado Vázquez Cepeda desertaron del bando de Pizarro, pasándose al de La  Gasca. Las deserciones siguieron con lo cual no hubo verdadera batalla. Un muerto en el bando real y 14 en el bando del rebelde Pizarro. Aquí, también, combatieron tres Cepeda Ahumada; Lorenzo, Jerónimo y, el más joven y más aventurero, Agustín. Al día siguiente fueron ajusticiados 48 rebeldes, entre ellos, Gonzalo Pizarro y su lugarteniente, Francisco Carvajal, A este, podemos conceptuarle también como abulense al ser natural de Rágama, población que hasta el año 1833 perteneció a la provincia de Ávila. Su fidelidad inquebrantable a Francisco Pizarro le llevó a apoyar a su hermano Gonzalo. Este fue su error. Excelso estratega y militar, los cronistas de la época le apodaron el 'Demonio de los Andes' por su crueldad. En cambio, el inca Garcilaso de la Vega matiza este calificativo, en su Historia del Perú. Las batallas de Chupas, en 1542, Pocona en agosto de 1546 y de  Huarina en 1547, ya citada, inmortalizaron su nombre. En particular, para tomar el pueblo de Pocona, en la región de Charcas, utilizó una rápida maniobra envolvente en triangulo, una especie de guerra relámpago, según los cronistas.

Finalmente, entre los represaliados, figura Bernardo de Ávila que, por denunciar un complot, fue perdonado.

La Gasca procedió, a continuación, al llamado reparto de Guaynarima donde distribuyó 1.300.000 pesos en rentas y encomiendas entre sus soldados. Desposeyó a los vencidos y gratificó a sus seguidores, pero muchos quedaron descontentos al considerarse poco valorados. Algunos se arrepintieron de haber abandonado a Pizarro. Entre sus acciones más notables tenemos la reorganización de la Audiencia de Lima y la promulgación de ordenanzas que abarcaban desde los cabildos a la minería.  No abolió las encomiendas, pero si acabó, en parte, con los abusos de los encomenderos, enviando visitadores para tasar los tributos indígenas. Podemos considerar que la Corona salió muy favorecida al anularse, en parte, la posibilidad de una clase de aristócratas y  hacendados excesivamente poderosos, muy difíciles de controlar. Por tanto, siguiendo a Teodoro Hampe M. 'La encomienda en Perú Siglo XVI', pueden establecerse tres etapas. La primera abarca de 1532 a 1548. Es la época de la conquista de Pizarro y sus compañeros hasta la derrota de Jaquijahuana. En esta etapa la encomienda se caracteriza por el saqueo, el botín, la riqueza rápida por los encomenderos. La segunda se extiende de 1548 a 1559. Se inicia con la gestión de La Gasca y finaliza con el gobierno de García Castro. Ahora se sientan las bases de una economía productiva. Los encomenderos pierden poder y los indios y la Corona ganan protagonismo. En esta pugna para limitar el poder de los encomenderos, la Corona se apoyó, en parte, en los dominicos, como decíamos. A partir de 1569, con el Virrey Toledo se inicia la época madura de la colonia y se establecen las pautas que se prolongarán hasta principios del siglo XVIII. Los decretos de 1717 y 1720 conllevan la abolición definitiva del sistema de las encomiendas.

Para aliviar las tensiones entre sus capitanes, La Gasca envió a algunos a misiones exploratorias y de conquista. A Valdivia a Chile, Juan Núñez de Prado  a Tucumán, Diego Palomino al norte de Perú,  a Chuquimayo, donde fundó la ciudad de Jaén y Alonso de Mendoza erigió  la ciudad de  La Paz, capital de la actual Bolivia.

Por otra parte, juzgamos de interés citar que también hubo encomiendas regentadas por mujeres. Liliana Pérez Miguel en su reciente  tesis doctoral: 'Mujeres ricas y libres. Mujer y poder. Inés Muñoz y las encomiendas del Perú. Siglo XVI', nos cita en 1571 la existencia de 137 encomiendas gobernadas por mujeres, según la audiencia de Lima. Por ello, el virrey Toledo en carta a Felipe II se queja de tan elevado número y propone reducirlo. El prototipo de encomendera  recae en Inés Muñoz, viuda de Martín de Alcántara, medio hermano de Pizarro. Al morir ambos asesinados, en 1541, Inés Muñoz vuelve a contraer matrimonio con el alcalde de Lima, Antonio de Ribero. La muerte de este y de un hijo habido en este segundo enlace, le obligan a regentar de nuevo las encomiendas. En esta etapa final de su vida funda el monasterio de la Concepción, aún existente.

En 1550, Pedro la Gasca, después de haber pacificado el Virreinato del Perú, regresa a España. La explotación de las minas de plata del Potosí, desde 1545,  garantizó la acumulación de una alta cantidad de este metal. Para la Corona embarcó plata  valorada en más de un millón de pesos. Una pequeña cantidad destinó a  Doña María de Mendoza, viuda, desde 1547, de su protector, Francisco de los Cobos. No debemos olvidar las aportaciones de plata provenientes de Arequipa, Cuzco y otras poblaciones. Como gratificación a sus servicios fue elevado a la categoría de Obispo de Palencia y, posteriormente, de Sigüenza. Falleció en 1567, siendo sepultado en la iglesia de la Magdalena de Valladolid, por él fundada, como ya dijimos.

Finalmente, el virrey, enterrado en la iglesia mayor de Quito, fue trasladado a la Iglesia parroquial de Santo Domingo de Ávila. Derribada en 1947, los restos del virrey, se desconoce, con plena seguridad, su ubicación, tal vez, estén en el osario del cementerio. Otra posibilidad  se encuentra en la iglesia de la Inmaculada Concepción.

 

 

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