Vuelta al cole y nueva fase del control Covid
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Vuelta al cole y nueva fase del control Covid

Alumnos de un instituto en el primer día del comienzo de las clases

Miles de alumnos regresan a las aulas este lunes con medidas más laxas de control de posibles brotes: sólo se harán cuarentenas con más de cinco positivos.

Este lunes 10 de diciembre supone el regreso a la normalidad tras las vacaciones de Navidad. Como siempre, esa vuelta a un día a día convencional viene marcada por el reinicio de las clases en el sistema escolar y, cómo no, por la situación epidemiológica, el indicador imprescindible por el que se rige en buena medida nuestra vida desde que hace casi dos años empezó la pandemia. Sin embargo, este regreso llega en un momento complicado, con una avalancha de contagios de coronavirus que ha empezado a presionar los hospitales y con cambios en una serie de normas que permiten asegurar que el control de la pandemia ha entrado en una nueva fase. ¿Mejor o peor? Eso lo dirá el futuro, pero las reglas ya no son las mismas.

 

Tras aquel curso Covid en casa, una de las prioridades ha sido mantener la actividad escolar presencial, algo fundamental en una sociedad como la nuestra. Todo el mundo coincidía en que era imprescindible salvar el curso escolar. La prueba es que es una de las pocas cuestiones en las que todos los implicados han estado casi siempre de acuerdo en las medidas, con más o menos matices, y el área en la que se han tomado más medidas comunes, también con todos los detalles que se quiera. Distancias, grupos, ventilación, control de temperaturas y cuarentenas han sido la receta para mantener el Covid a raya y alejado de las aulas a un nivel más que razonable.

 

Durante mucho tiempo hemos comprobado como estas medidas permitían que los colegios fueran la excepción a lo que pasaba en la calle y mientras las olas de mayor o menor dimensión se han ido sucediendo, los centros escolares han permanecido bastante ajenos, con una prevalencia muy escasa del virus. De hecho, en Castilla y León ya el curso pasado el número de aulas en cuarentena y alumnos y docentes infectados fue muy bajo, y el presente curso es directamente ínfimo. Y eso ha sido beneficioso no sólo para centros y alumnos, sino para el sistema y la sociedad en general. Había que evitar que los colegios fueran otra ola Covid y se logró.

 

Sin embargo, este 10 de enero la situación es diferente. Comunidades y ministerio han cambiado las reglas para, dicen, garantizar la presencialidad total adaptándose a la nueva realidad pandémica. El principal cambio afecta a las cuarentenas: sólo se cerrará un aula con cinco o más positivos acumulados en una semana. Hasta ahora, un positivo era confinamiento del afectado y de los compañeros por posible contacto. En su lugar, se ha optado por la misma línea que ha llevado a una reducción generalizada de las cuarentenas o el nuevo trato que reciben los contactos y brotes, sin aislamientos estrictos ni apenas seguimiento o trazabilidad.

 

La conclusión que se puede sacar es que se aplican al ámbito escolar las normas más laxas de control de los contagios que se están adoptando para todos los casos. Sólo así se entiende que, dado que la presencialidad se ha garantizado hasta ahora con un manejo de los brotes, focos y contagios más estricta, se cambien ahora las normas a dos días de la vuelta a las aulas. Cierto es que la pandemia, como el propio virus, ha mutado, pero no debemos levantar la guardia, entre otros motivos, porque no todos los escolares regresan ya vacunados. Tampoco ayuda haber cambiado esto poco antes del regreso a las aulas, porque puede generar confusión.

 

Elevar a cinco en una semana los positivos para cerrar un aula puede significar que, para cuando se haga, estén contagiados todos los alumnos y sus entornos

 

Detrás de este cambio está la convición de que la situación es menos grave porque la variante Ómicron produce porcentualmente un mayor número de pacientes leves. Y es cierto, los casos son menos graves. También lo es que la sociedad necesita un respiro: las familias no pueden con más encierros de niños que trastocan rutinas laborales y personales con bajas. Quizás había que haber habilitado permisos para paliarlo.

 

Por contra, es un error pensar que la situación es menos preocupante, porque la nueva cepa dominante tiene tal capacidad de transmisión que en número absolutos el volumen de contagios es tan grande que ha acabado por presionar la hospitalización, justo lo que no queremos. Si se produce una montaña de contagios procedentes de los colegios, aunque sean leves, no ayudará: elevar a cinco en una semana los positivos para cerrar un aula puede significar que, para cuando se haga, estén contagiados todos los alumnos y sus entornos. Eso presionará la Atención Primaria, ya muy desbordada, y se lo pondrá un poco más difícil a un sistema muy fatigado.

 

Renunciar a un control detallado de cómo se transmite el virus es peligroso, no contar con datos de contactos, brotes o positivos puede acabar siendo un problema. Y en el ámbito escolar había ido muy bien, las normas estaban interiorizadas y alumnos y profesores han dado una lección. Quizás habría que haber evaluado las consecuencias de levantar la mano en la contención en este ámbito, al menos, hasta que se completara la vacunación. Menos mal que todavía contamos con la responsabilidad que ha demostrado la comunidad educativa.