Una herramienta de la revolución
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Una herramienta de la revolución

Grifo de agua.

En España las aguas bajan revueltas. Tenemos ya cuatro millones de parados oficiales y casi otro millón más entre trabajadores en ERTE y autónomos en cese de actividad. No paran de cerrar empresas y el PIB sigue cayendo en el “año de la recuperación”. Mientras, nuestros políticos siguen enredados en juegos de naipes en los que, como en los barcos del Mississippi, todos hacen trampas y algunos esconden ases en la manga y pistolas debajo de la mesa. Y la nave va, mientras en la sala de calderas se decide quién es la prima donna y cada vez somos más conscientes, como los pasajeros del Titanic, de que no hay botes salvavidas para todos.

 

Cuando las cosas se ponen feas es importante, como saben los marinos, saber qué rumbo tomar. O al menos tener claro hacia dónde no debemos dirigirnos. He comentado ya aquí que hace unos meses, Naciones Unidas nombró relator del Derecho Humano al Agua y al Saneamiento a un español, llamado Pablo Arrojo, ex diputado de Podemos y activista contra el trasvase del Ebro. Desde que accedió al cargo, no ha hecho más que despotricar contra la colaboración público-privada en la gestión del agua en los países desarrollados. Y creo que es un buen ejemplo de los peligros que debemos sortear.

 

En un planeta en el que 4.200 millones de personas tienen que vivir cada día sin servicios de saneamiento gestionados de manera segura, lo que de verdad le preocupa a Arrojo es que la empresa privada gestione, en colaboración con los ayuntamientos, el ciclo urbano del agua en Europa. Una actitud muy similar a la de sus camaradas de partido en España. Mientras la economía se hunde, ellos juegan a incendiar las calles en nombre de la libertad de expresión y a expropiar la propiedad privada a cuenta del derecho a la vivienda.

 

Caracas, desde que Chávez puso en marcha la revolución, ha pasado de ser una ciudad en la que el agua llegaba a los grifos de todos sus habitantes al infierno que describe la periodista venezolana Mabel Sarmiento: “Hablar de la falta de agua potable en Caracas es llover sobre mojado. Pero, aunque resulte un lugar común, no lo es el hecho del reforzamiento de las calamidades de la población, que no solo cargan tobos, almacenan hasta por 15 días, pagan cisternas, sino que ahora sufren dolores de espalda, pierden horas de trabajo, migran de comunidad para lavar ropa y asearse, se desvelan toda una madrugada para poder llenar los envases y hacen canales en sus techos para recoger el agua de las lluvias”.

 

¿Qué ha ocurrido para llegar a esta lamentable situación, que se suma a la falta de alimentos, medicamentos y otros suministros de servicios básicos como la electricidad? Pues el Gobierno de Maduro intentó justificarlo por la falta de lluvias debido al fenómeno meteorológico conocido como “El Niño”. En 2016. Como dicen con cierto sentido del humor los caraqueños, “el Niño ya es adulto” y la compañía estatal Hidrocapital, adscrita al Ministerio del Poder Popular para Ecosocialismo y Aguas, solo envía agua 48 horas a la semana a las partes bajas de la ciudad y 28 horas al mes a las partes altas, las que albergan a la población menos acomodada. Y esto tampoco deja de ser una ironía, porque hoy en día los únicos acomodados en Venezuela son Maduro y sus amigos, los cerdos de la granja de Orwell, esos que son más iguales que los otros.

 

Porque en el fondo esto no va de izquierdas ni de derechas, se trata de elegir entre los fanáticos de la igualdad, cuya verdadera pasión es la envidia, y los partidarios de la libertad, que no es al final otra cosa que la dignidad del ser humano. Y desde luego a los chavistas, aquí y en Venezuela, les importa una higa la dignidad, no les importa incluso ni la vida. “Una pequeña matanza más y la humanidad marchará mucho mejor” reza uno de los más brillantes jingles del comunismo.

 

No se trata de sequía, ni siquiera del “aumento de la población” como dice ahora Hidrocapital, bajo cuyo logotipo figura en letras rojas la siguiente frase: “Una herramienta de la Revolución”. La realidad es que desde hace más de 20 años no se ha invertido ni un bolívar en el mantenimiento ni en la mejora de las infraestructuras del agua. Y el problema no es solo de Caracas, es de todo el país, donde se estima que nueve de cada diez familias tienen problemas habituales de suministro.

 

A Caracas llega el agua desde los embalses de Camatagua y Taguaza a través de tres grandes conducciones, la Tuy I (al oeste de la ciudad), la Tuy II (al este) y la Tuy III (que suministra tanto al oeste como a otras zonas). El fallecido Hugo Chávez, tan llorado por nuestros compatriotas de Podemos, planeó en su día el Tuy IV, su plan hidráulico más ambicioso, al que iba a destinar 880 millones de dólares. Más de setenta kilómetros de tubería conectarían el Sistema Tuy III con un embalse alimentado por el río Cuira, aunque esta era una obra que ya estaba planeada antes de su llegada al poder.

 

Nunca se construyó. La Sociedad de Ingenieros Hidráulicos de Venezuela, que deben tener más amor por el agua que por sus vidas, se atrevió a denunciar a finales de 2015 que la construcción estaba paralizada, a pesar de que Maduro había destinado oficialmente a este proyecto 2.799 millones de bolívares y 96 millones de dólares. Eso sí, como hizo Hugo, Nicolás lo presentó como un proyecto novedoso y de inspiración propia. A día de hoy, no se ha construido ni un metro de esta conducción y la falta de mantenimiento hace que se pierdan cada segundo 5.400 litros de agua ya tratada en la capital del imperio bolivariano.

 

Así que ahí tenemos a Pedro Arrojo, en su poltrona de la ONU, y desde que ha llegado no ha dicho ni una palabra de lo que pasa en Caracas ni en Venezuela. Debe pensar que los venezolanos tienen asegurado su derecho al agua y al saneamiento, aunque no dispongan ni de lo uno ni de lo otro, mientras que en Europa ese derecho no existe, porque las que hacen llegar el agua a los grifos son, en ocasiones, empresas privadas.

 

Bromas aparte, el problema es que como Hidrocapital, Arrojo es también una herramienta de la revolución. Y hay muchos más que intentan serlo en nuestro país. Esperemos que Aquavall no lo acabe siendo también. De momento, tampoco invierte lo necesario en mantenimiento y mejora de las infraestructuras del agua en Valladolid, aunque su presidente María Sánchez miente como buena chavista para intentar convencernos de lo contrario. Y el alcalde se lava las manos. Esperemos que los vallisoletanos también puedan seguir haciéndolo en los grifos de sus casas.