Totalitarismo o democracia
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Totalitarismo o democracia

Ya está el lío montado. Con más de 200 muertos diarios y unos datos que parece que vuelven a empeorar, los hospitales achicando agua como pueden, las vacunas que no acaban de llegar, cuatro millones de parados y el PIB en caída libre en el primer trimestre del “año de la recuperación” que nos anunció nuestro presidente, resulta que algunos miembros del Consejo de Ministros y varios asesores de Moncloa no están en resolver los problemas que ya tienen los ciudadanos, sino en inventar otros nuevos.

 

Su forma de entender el mandato que les han dado los electores es jugar a las intrigas políticas para desatar un terremoto de inestabilidad política con epicentro en Murcia y réplicas en media España, desde Madrid a Andalucía, pasando por Castilla y León. No parece lo más sensato en un momento en el que necesitamos como nunca la confianza de los países del norte de Europa, esos que van a soltar la pasta de los fondos de reconstrucción y la de los inversores de todo el mundo, que son los que generan empleo y riqueza.

 

Quizá el mejor ejemplo de este desinterés por los ciudadanos y de afán por la confrontación política es también el que ha causado, en medio de esta tremenda conmoción, el mayor ruido mediático. El hombre que vino para defender a los más necesitados, el Capitán América que llegó a la vicepresidencia del Gobierno para proteger a los pobres con su escudo social y no dejar a nadie atrás, se marca ahora una bomba de humo y deja su despacho, en el que no se le conoce más actividad que la de grabar su vídeo de despedida, para tratar de evitar la desaparición de su partido presentándose como candidato en Madrid al grito de ¡no pasarán!

 

Iglesias llegó tarde a esa Guerra Civil omnipresente en sus pensamientos. Se hizo comunista cuando el muro ya había caído y el mundo entero contemplaba el derrumbe por quiebra de la ideología más dañina, empobrecedora y mortífera de la Historia de la humanidad. Apenas acababa de nacer cuando España asombraba al mundo con una transición ejemplar que ahora quiere destruir y que nos ha proporcionado los años de mayor prosperidad de nuestra historia reciente. Y ahora se planta en la capital de España, con su retórica de insultos y calumnias, para “impedir que Madrid caiga en manos de la derecha criminal”, que por cierto gobierna con cierto éxito esa comunidad desde hace 25 años. Tarde otra vez, amigo Pablo. Ese vídeo de despedida, grabado ahora sí con una bandera de España a su espalda, es una impecable muestra de sinceridad y del talante progresista y demócrata de este defensor de Otegui y Puigdemont.

 

Porque no nos engañemos, ni esto es una elección entre comunismo y libertad como dice Ayuso, ni es una cuestión de parar a la derecha en Madrid. Lo que llevamos unos años jugándonos en las elecciones es si queremos totalitarismo o democracia, nacionalismos excluyentes o respeto a las leyes. Y no es un asunto solo de la capital, nos afecta a todos los españoles.

 

Porque en el fondo esto no va de izquierdas ni de derechas, se trata de elegir entre los totalitarios, fanáticos de la igualdad, cuya verdadera pasión es la envidia, y los demócratas, partidarios de la libertad, que no es, al final, otra cosa sino la dignidad del ser humano. Lo explica muy bien el economista Ludwig Von Mises: “Cuando se abandona el principio de que el Estado no debe intervenir en la vida privada de los ciudadanos acabamos regulándola hasta en los más mínimos detalles. Desaparece la libertad individual. El ser humano se hace esclavo de la comunidad, constreñido a obedecer los mandatos de la mayoría. Con semejante planteamiento, el mundo se transforma en la tumba del espíritu. El investir a la mayoría con facultades para ordenar a la minoría qué debe pensar, leer y hacer, equivale a anular el progreso de golpe y para siempre”.

 

Eso es lo que anhelan los totalitarismos, tanto los de izquierda como los de derecha. Es lo que han hecho y hacen los gobiernos comunistas y fascistas. “El siglo XIX fue un siglo de individualismo, el siglo XX, será el siglo del colectivismo y así el siglo del Estado", pretendía Mussolini. Pero los seres humanos no somos una colonia de abejas en la que los individuos deben ser sacrificados por el bien de la comunidad. Nosotros, a diferencia de estos insectos, progresamos y avanzamos, mejor y más rápido en los países donde más se respeta la libertad de los individuos. Además, como apostilló Churchill, los totalitarismos no son colmenas de abejas, que al fin y al cabo crean riqueza en forma de miel. Solo destruyen, como las termitas.

 

Y eso es lo que debemos decidir. Si queremos seguir siendo ciudadanos de una democracia o súbditos de los totalitarismos de VOX o Podemos, de Bildu, ERC o Junts. De ese totalitarismo que nos quiere imponer Pablo Iglesias en nombre del pueblo. A nadie le puede ya caber ninguna duda de cuáles son sus intenciones. Lo ha demostrado cada vez que ha tenido ocasión. Controlar la justicia, los medios de comunicación, eliminar cualquier contrapeso como la oposición o la monarquía y nacionalizar el agua, la electricidad, la banca o cualquier otra empresa. Con las dotes de gestión que ha demostrado hasta ahora, no cabe duda de lo que ocurriría si él y sus camaradas asumen el control total de la economía. Y con demostrado compromiso democrático, ¿qué podría ir mal si le damos el poder absoluto sobre todas las instituciones y los medios de comunicación? Pero todos tranquilos, él actuará siempre en beneficio del pueblo.

 

En 2015 ya lo presagiaba Carlos Rodríguez Braun: “Los líderes populistas se dedican en cuerpo y alma a la propaganda y procuran intoxicar a la población con etiquetas a menudo brillantes, pero también simplistas, que siguen el patrón clásico del intervencionismo. Así, todo lo que huela a libertad o a menos opresión política es demonizado como peligroso y desalmado ‘neoliberalismo’, a la vez que se presenta al ciudadano como víctima de las empresas, como si a los españoles nos cobrara impuestos Zara y no la Agencia Tributaria”.

 

Nos cuentan los totalitarios que cuando tengan el poder, su crueldad solo se dirigirá hacia un reducido uno por ciento de la población, que será expropiado en beneficio del resto. ¿Se acuerdan de la casta? Y está también esa idea perversa de “blindar los derechos sociales”, que no es otra cosa que un intento para legitimar la eliminación de los derechos individuales. Bastará con expropiar a un puñado de usurpadores y entonces, como decía Marx “el mundo será para la gente común y los sonidos de la felicidad llegarán a las fuentes más profundas”.

 

Justo lo que nos jugamos todos los españoles en estas elecciones de Madrid, en las que solo los madrileños podrán votar, y en las muy probables generales que Pedro Sánchez convocará más pronto que tarde, en las que podremos votar todos. Elegir entre totalitarismo, fascista o comunista, que al final es la misma cosa, o democracia. Todavía está en nuestras manos. Si triunfa la primera opción, dejará de estarlo. Si algo nos ha enseñado la historia es que no está predeterminada como pensaba Marx, sino que es el resultado de la actividad de los seres humanos libres. Actuemos como tales.