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Avila

Registro horario: una oportunidad perdida de mirar al empleo que queremos en el siglo XXI

Por mirar el reloj de fichar, una máquina en desuso, se pierde la ocasión de reforzar lo que sí importa de las relaciones laborales modernas.

Publicado el 19.05.2019

Pasada una semana de la entrada en vigor de la obligación de llevar un registro del horario en todas las empresas, la medida ha quedado totalmente retratada. La norma nació por decreto, insuficientemente desarrollada, 'verde' por la falta de tiempo para ponerla en marcha y acompañada de una gran confusión. No va a aportar nada, salvo trabajo extra a las empresas y una preocupación más. Pero lo peor son los mensajes equivocados que manda, propios de un mercado laboral 'a la antigua usanza' en todo, una foto totalmente distorsionada de la realidad.

 

Pocas veces una nueva normativa de todo un ministerio como el de Trabajo ha cuajado semejante fracaso. Ha habido medidas precipitadas o aprobadas sin consenso, pero no tan improvisadas como esta, en la que ha faltado visión incluso en el plano político: en el afán por sumar medidas, el Gobierno no calculó el 'calentón' que le iba a dar a muchos centros de trabajo y negocios en plena campaña electoral. Aunque solo fuera por eso, lo inteligente hubiera sido madurar la medida.

 

Ahora ya no tiene solución, la norma está en marcha y el asunto es grave. Ni siquiera los intentos de última hora del Gobierno logran ocultar que las cosas no se han hecho bien. La ministra prometió una 'moratoria' y comprensión por parte de los inspectores, que pronto cambió en enfado porque "nadie se lo había tomado en serio". Algo que, por otra parte, era previsible porque nadie, ni el propio ministerio, sabía muy bien qué hay que hacer para cumplirla. La prueba más evidente es que basta un hojita de registro para 'salir del paso'. Así de fácil.

 

Es posible que solo con eso baste para encontrar la trampa, el atajo que puedan usar precisamente aquellas empresas y sectores en el punto de mira del registro horario. Es triste, pero a la inspección de trabajo le va a tocar seguir persiguiendo a quienes no pagan las horas extras o las abonan 'en b'. Y pillarlos será tan difícil como hasta ahora: las hojas de registro no van a ayudar en absoluto. Adiós a los 650 millones de euros que, según la memoria económica, el Estado quería aflorar con esta medida: llenar la hucha de las cotizaciones era y es su verdadero objetivo, algo muy serio. Ahora los tendrá que buscar en otra parte, y le ha prometido a Europa que los logrará. Así que puede que hasta nos hayamos metido en un problema.

 

Mientras tanto, se escapa una oportunidad de oro para hablar del trabajo que queremos con criterios del siglo XXI y no del XIX. Medir el desempeño laboral ya no es cuestión de relojes en casi ninguna empresa o negocio. Al autónomo dueño de un comercio, a la pyme que abre cada día sus puertas, al comercial que pasa su jornada de cliente en cliente, al transportista que hace rutas internacionales... el registro de la jornada solo les complica la vida con otro trámite burocrático diseñado sin tener en cuenta la realidad de ningún sector ni de ninguna actividad, ni de una mayoría de trabajadores. Ahora, si no cumplen, serán todos sospechosos.

 

Seguro que hay empresas en las que el fraude es norma, pero el mercado laboral está desde hace tiempos más pendiente de la conciliación, la flexibilidad, la globalización o la adaptación a las nuevas fórmulas de empleo que de las decimonónicas máquinas de fichar. Las empresas punteras, detrás de las cuales van las prácticas de las demás, no tratan a sus empleados como adolescentes a los que hay que vigilar. En vez de presentismo, trabajo no efectivo, escaqueo o individuos que entran un minuto antes que el jefe y se van un minuto después, se promociona la responsabilidad y se ofrece calidad y, detrás, vendrá la esperada mejora de los salarios, tan dañados durante la crisis. Más le habría valido al Gobierno mirar por unas relaciones laborales modernas que estar pendientes del reloj de fichar. Eso es lo que hace falta.

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