¿Qué han votado los madrileños?
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¿Qué han votado los madrileños?

Isabel Díaz Ayuso.

Bueno, pues el martes pasado se despejaron muchas incógnitas, muchas preguntas tuvieron respuesta y muchas dudas quedaron solventadas. Ya sabemos lo que pasó en las elecciones de la Comunidad de Madrid. Y ¿qué ha pasado? Pues creo que no hay interpretación más certera que la de la vicepresidente Carmen Calvo. Una vez asimiladas sus explicaciones la cosa está muy clara. Los madrileños, esos obsesos de las cañas y los berberechos, han votado mal. Muy mal.

 

Esos madrileños que hace dos años votaron mayoritariamente a Ángel Gabilondo se han tornado ahora en fascistas, qué digo, en nazis que, como nos explicó la ministra, también hablaban de libertad para justificar el genocidio. En efecto, la frase arbeit macht frei se podía leer en la puerta de Auschwitz. Pero, doña Carmen, también decía su admirado Marx que “el trabajo dignifica al hombre”. Y hemos quedado que los madrileños no quieren saber nada de trabajo, lo único que buscan es taberna y tapeo.

 

Carmen Calvo no lo tiene muy claro. Nos ha contado también que esos capitalinos insolidarios, que no paran de mirarse el ombligo mientras se pasan el día en las terrazas trasegando cerveza y vermú, indiferentes al drama social que vive toda España, han votado a una candidata que tiene un discurso más de derechas que VOX y que está más cerca de la sedición que Junqueras y Puigdemont, porque ha dicho que no va a aceptar injerencias de Moncloa.

 

Quizá no se ha dado por enterada la ministra de que Ayuso no ha ganado estas elecciones haciéndose con los votos de Abascal y Monasterio, que han conservado sus diputados e incluso los han aumentado ligeramente. Ha ganado porque ha conseguido los casi 500.000 votos de ciudadanos, se supone que un partido de centro, y los de unos 100.000 votantes socialistas a los que espero que Carmen Calvo no esté acusando también de hitlerianos.

 

Si la ministra y sus compañeros de Gobierno, si Sánchez y sus asesores pisasen menos moqueta y más aceras, si dejasen de ver series de televisión y de leer manuales de propaganda política y escuchasen más a la gente, seguramente podrían hacer un mejor diagnóstico de lo que ha pasado el 4 de mayo. Incluso, si solamente escuchasen a los miembros de su propio partido en la Federación Socialista Madrileña, cuyo presidente ya ha dimitido, igual no dirían tantas estupideces.

 

Oyéndolos a ellos, la conclusión es que son unos fenómenos, que todo va bien para ellos y para el PSOE y que Madrid se ha convertido en una ciudad sin ley en la que sus habitantes se han dado al alcohol mientras desfilan, sobre los muertos y los enfermos, con el brazo en alto cantando el Horst Wessel. Pero todos tranquilos, esto solo ocurre en la capital. En el resto del país, los ciudadanos sensatos les seguirán votando a ellos, los auténticos progresistas que solo piensan en el bienestar del pueblo.

 

Pero es que más allá de ese grosero intento de la factoría de ficción de Iván Redondo de convertir a Madrid, a base de insultos, en la aldea gala de los fascistas irreductibles, lo que ha ocurrido tiene mucho más de voto de castigo que de voto al PP. Es una rebelión contra un Gobierno en minoría sostenido por los enemigos de todo lo que huela a libertad y democracia: los neocomunistas bolivarianos, los independentistas radicales y xenófobos y los filoetarras de Bildu, que de todo hay en esta tropa con la que Sánchez se ha empeñado en fingir que gobierna mientras destruye a España y lleva a los peores resultados de la historia democrática a ese partido socialista que en su día fue el principal responsable de la modernización de este país.

 

Los madrileños han votado en contra de un Gobierno dispuesto a mentir a todos, todo el rato y sin descanso, decidido a fagocitar todas las instituciones del Estado, a eliminar la división de poderes, a justificar la violencia de sus cómplices, a indultar a los golpistas y a destruir el sistema democrático que nos ha permitido estos más de cuarenta años de progreso y prosperidad. Y todo ello para mantenerse a cualquier costa en el poder. Es la negativa de la gente a seguir aguantando los insultos de Rufián, las lecciones morales de Otegui y las clases de democracia de ese profesor de ciencias políticas del que por fin parece que nos hemos librado para siempre.

 

Por aquí tenemos a un alcalde, Óscar Puente, que ha tachado a Ayuso de “impresentable”, “incompetente de dudoso equilibrio mental” y “peligro para la Comunidad de Madrid y por ende para las comunidades que la rodean”. Me jugaba con toda tranquilidad con él un viaje en yate de lujo por Ibiza y Formentera a que no consigue en las próximas municipales de Valladolid ni la mitad del apoyo que ha tenido Ayuso en Madrid. Porque para el que lo quiera entender, el mensaje de estas elecciones es que la gente está harta de intervencionismo, de manipulación, de propaganda, de gobernantes tuiteros que dicen una cosa un día y la contraria al siguiente. Lo que los españoles quieren es gestión, trabajo y salud. Quieren poder salir adelante sin que les hundan el presupuesto familiar con unos impuestos que se anuncian a traición al día siguiente de votar.

 

Quieren, en definitiva, librarse de una vez de gobernantes que han venido a medrar, a vivir en un chalé y obligar a sus escoltas a hacerles de niñera, de ministros que no paran de mentir para crujirles a impuestos mientras no hacen ni el más mínimo esfuerzo por reducir el gasto público y la mamandurria. Están hartos de intervencionistas que imponen la moral oficial como viejas detrás de un visillo y de asesores de marketing político que les tratan como a ovejas de camino al matadero. Quieren vivir en paz y en libertad.