Miedo, confusión y precipitaciones: las decisiones que no van a resolver la pandemia
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Miedo, confusión y precipitaciones: las decisiones que no van a resolver la pandemia

Viales de la vacuna de AstraZeneca. Foto: Ical

La decisión de no prorrogar el estado de alarma cuando nos acercamos a una cuarta ola y las dudas generadas con la vacuna de AstraZeneca son errores que refuerzan la desconfianza y la incertidumbre de los ciudadanos.

Desde que hace más de un año el coronavirus puso nuestro mundo patas arriba, hacerle frente ha sido una carrera contrarreloj en la que, hasta ahora, siempre hemos ido por detrás. El virus es todavía muy desconocido para nosotros y esa es una desventaja que se manifiesta casi cada día. Son muy pocas las certezas que tenemos sobre su infección, comportamiento o cura y los 'bandazos' han sido una constante: basta revisar algunas 'verdades' de hace un año con las de ahora para comprobarlo.

 

Eso está asumido, pero preocupa que además de contra un virus esquivo, algo sobre lo que no tenemos control, también haya que hacer frente a posicionamientos erróneos, precipitados o politizados como los que hemos visto en los últimos días. El anuncio prematuro del final del estado de alarma y la alarma sobre la vacunación con AstraZeneca, y su posterior resolución, demuestran que hace falta más mesura, más temple y más acierto. Y que la sombra de la politización alcanza donde nunca debiera llegar.

 

Por orden, lo primero el anuncio del presidente del Gobierno. Sánchez empezaba la semana asegurando que no habrá prórroga del actual estado de alarma. Lo que podría ser un alivio, es en realidad un problema en el horizonte. El decreto sustenta buena parte de las restricciones que rigen en todo el país, empezando por las más importantes de todas, el toque de queda y el cierre perimetral. Son dos cuestiones que afectan a un derecho fundamental como la movilidad, una de las circunstancias que con más claridad, y ahora lo sabemos, afecta a los contagios. El decreto también hace posible que las comunidades limiten reuniones, cierren actividades y hasta que nos obliguen a quedarnos en casa si estamos enfermos. Todo eso quedaría sin base legal adecuada.

 

Desde luego, que es posible seguir adelante sin decreto de estado de alarma, pero ¿es conveniente? De momento no hay norma que lo sustituya, salvo las que por debajo en rango legal han dictado las comunidades. Pero lo más llamativo es que se anuncie el final del estado de alarma en puertas de una cuarta ola. Todavía no sabemos cuál va a ser su entidad, pero no será pequeña ni en contagios ni en muertes porque aún no estamos inmunizados en el grado necesario. Prescindir de una paraguas normativo del máximo nivel en esta circunstancia cuando siguen haciendo falta medidas no es una decisión acertada: es darle demasiada ventaja a un enemigo demasiado fuerte.

 

El otro gran error de la semana afecta a la otra 'pata' de la lucha contra la pandemia, al margen de las medidas: el lío en torno al uso de AstraZeneca. El asunto ha sido una concatenación de decisiones poco afortunadas. La primera, la del responsable de la EMA que anticipó en los medios que había una últimas evidencia encontradas por el organismo europeo de los medicamentos sobre los efectos secundarios de la vacuna de Oxford. Está claro que las cosas no se hacen así. Después, vino la reacción en cadena y ahí la Junta de Castilla y León decidió salir a la palestra la primera.

 

La consejera y el vicepresidente se han hartado a explicar que la decisión se tomó a un principio tan médico, y tan suyo, como el de la prudencia. Hasta ahí, correcto. Pero también han pedido disculpas por el desbarajuste. Son conscientes del efecto que tiene suspender la cita de miles de personas cuando muchas ya está a las puertas de los locales de vacunación. Y no sólo del efecto presente, sino del futuro: las dudas sobre la vacuna de AstraZeneca, vital para la estrategia de vacunación, siembran una incertidumbre que no ayuda. Tampoco el hecho de que en pocos días se limite el uso de la vacuna afectada al grupo 60-65 para luego ampliarse a 69, mientras se busca una salida para los que ya fueron vacunados y tienen menos de 60.

 

Ahora la Junta debe esforzarse para paliar esas dudas. Copiado por algunas comunidades, el modelo de convocatoria indiscriminada para vacunaciones masivas es mejorable en planteamiento y ejecución. Genera problemas como el desplazamiento de los más mayores, el haber convocado por redes sociales (a mayores de 80) o la organización de la vacunación a los que no podían acudir 'ya'. Todo tiene solución, y habrá que buscarla, pero las prisas en esto no son buenas: ni para dar por muerto el estado de alarma ni para complicar una vacunación que va retrasada.

 

En esto todos tenemos algo que aportar, no sólo la queja o la crítica. Debemos esforzarnos por comunicar que los casos extremos de efectos adversos con AstraZeneca son graves, pero menos frecuentes que los más típicos de los medicamentos más populares. Que las vacunas son seguras y necesarias. Que son la puerta a una mejoría como la que se ha experimentado en las residencias de mayores. Lo que no vale son las decisiones que generan miedo y confusión: con esas no vamos a resolver la pandemia.