Mascarilla, por favor: siempre y en todo lugar

Mascarillas de protección contra el coronavirus. Foto: EP

Castilla y León observa con inquietud el avance de los brotes y la obligatoriedad total de la mascarilla en comunidades próximas, una decisión que de manera inexorable puede tener que tomar también.

La Junta de Castilla y León decidió hace unos días convertir la distancia social en 'la madre de todas las normas' para la nueva realidad, y mientras el coronavirus se resista a abandonar nuestras vidas. El metro y medio de separación es la regla que condiciona todo, desde los aforos de bares y terrazas a la capacidad en espectáculo. Pero existe en el decreto regional para esta etapa una coletilla subordinada que quizás debería pasar a principal y que afecta al uso de la mascarilla.

 

Por ahora, la mascarilla es obligatoria allí donde no podamos mantener 1,5 metros de distancia, pero no en espacios abiertos o al aire libre si hay distancia social suficiente. La Junta ha reforzado el papel de la distancia y la ha colocado por encima de aforos como antídoto a algunas imágenes de aglomeraciones que se han observado, más en otras comunidades, pero que no son ajenas a Castilla y León. Sin embargo, la evolución de los brotes y las decisiones de otras autonomías deben poner en alerta a la Junta, que si por algo ha destacado es por la prudencia.

 

A fecha de este domingo, cinco comunidades han declarado obligatorio el uso de mascarilla siempre y en todo lugar, una decisión que parece inexorable en Castilla y León. De hecho, el vicepresidente Francisco Igea ha exigido más control sobre su uso y ya no descarta tener que hacerla obligatoria. La comunidad está entre las más cumplidoras en el uso de este elemento en el ránking nacional, y hay que felicitarse, pero a nadie se escapa que el porcentaje de quienes no la usan son un riesgo que puede hacer incontrolable la pandemia como ha pasado en varios puntos de España que incluso han vuelto a los confinamientos. Por pocos que sean, nos ponen en riesgo, y en algunas provincias el porcentaje no es precisamente residual. Y eso sin hablar de la inutilidad total de llevarla en el codo, en el brazo o en la papada, de quitárnosla en cuanto nos sentamos en la terraza, de la irresponsabilidad de muchos jóvenes que no la llevan; peor todavía es prescindir de ella en una comida familiar o de amigos a los que no vemos desde antes del confinamiento, y que acaba en brote. La mascarilla bien puesta nos hubiera protegido en todos esos casos.

 

La Junta dudó en sus inicios sobre la utilidad de las mascarillas. No fue la única, le pasó también al Gobierno central, que dedicó al uso de este elemento muchas de sus cambiantes normas; puede que este criterio se adoptara cuando no había mascarillas para todos, pero con el tiempo se ha demostrado que aquellas zonas que se protegieron antes con ellas han tenido menos mortalidad. No es tiempo de recordar aquellos errores, ahora lo que importa es el presente, nuestro presente es evitar brotes y la clave son las mascarillas.

 

¿Cómo convencer a los que todavía se resisten a su 'incomodidad'? Cada vez está más claro: la mascarilla nos puede salvar de muchas penalidades. De contagiar a un familiar o amigo, de contagiarnos nosotros mismos, de un rebrote, de otro nuevo confinamiento, de un nuevo parón, del cierre de empresas, de la pérdida de empleo. Es todo lo que hemos arriesgado en la lucha titánica de más de tres meses contra la pandemia como para echarlo ahora por tierra. Si ni por todos estos motivos queremos asumir su uso, al menos hagámoslo por no vernos boca abajo con un tubo hasta la tráquea, como recurda el vicepresidente Igea. Seguro que esa imagen hace más llevadera la 'incomodidad' de llevar mascarilla.