Los desplazamientos de este lunes, ¿los enfermos de dentro de dos semanas?

Pasajero del transporte urbano con mascarilla. Foto: EP

La comprometida decisión del Gobierno de reactivar sectores parados busca conseguir un equilibrio entre la batalla sanitaria, todavía muy precaria, y la salud de la economía.

El equilibrio entre la salud social y la salud económica. Eso es lo que entra este lunes en juego en Castilla y León y el resto de España con el intento desesperado por poner a salvo una parte del núcleo de la actividad empresarial y laboral, un elemento fundamental para afrontar el largo camino de recuperación que nos esperan cuando alcancemos la cota cero de la crisis, sea esta la que sea. Sin duda, del estado de la economía que encontremos a la salida de esta pesadilla vírica dependerá en buena medida el día a día de nuestra sociedad, pero nuevos contagios pueden poder en riesgo miles de vidas y la precaria ventaja que, hoy por hoy, pace que le llevamos a la enfermedad. Sin duda, una decisión delicada.

 

Tras las 'vacaciones' forzosas del permiso retribuido obligatorio, cerca de 200.000 personas según cálculos de la Junta volverán a sus actividades, fundamentalmente, en industria y construcción. La medida puede preservar las constantes vitales de la economía, pero puede que ahora no toque eso porque existe un riesgo. Y se hará sin que se hayan concretado al 100% medidas de protección necesarias para neutralizar un temor fundado: que los desplazamientos de este lunes no se vayan a convertir en los enfermos de dentro de dos semanas. Las dudas son fundadas porque todas las decisiones tomadas tienen un corte errático que preocupa.

 

En los últimos días, el Gobierno central, que (no conviene olvidarlo) tiene el mando principal de la gestión de la crisis, ha descorchado un plan para dotar de mascarillas a 10 millones de personas que vuelven este lunes al trabajo. Es el mismo elemento que está agotado desde hace semanas en las farmacias, privado para los ciudadanos de a pie y que solo se ha podido asegurar a los profesionales sanitarios tras un farragoso proceso para comprarlas, gastando millones de euros y recibiéndolas con mucha demora sobre lo necesario. Según la administración central, las mascarillas están desde el sábado disponibles y se entregarán en un plan coordinado con ayuntamientos y autonomías en transporte público y lugares de concentración de personas.

 

Incluso dando por seguro que las mascarillas están, la decisión ha generado un importante debate y muchos temores. Muchos técnicos, políticos y sanitarios dudan que sea el momento adecuado. Creen que abrir la mano este lunes es darle una nueva oportunidad a un virus del que sabemos muy poco; de hecho, ni siquiera conocemos si quienes lo pasan se inmunizan o vuelven a contagiarse. También hay voces a favor, aquellos que mantienen que le economía no puede estar 100% parada mucho tiempo más, y ese es el debate.

 

El coronavirus ha demostrado que aprovecha cualquier opción para propagarse, las cifras dejan claro que es un enemigo peligroso, que ha puesto en jaque a uno de los sistemas sanitarios más dotados del mundo, porque así es por fortuna a pesar de los recortes. Y no nos conviene jugar con eso, no ahora que hospitales y UCIs parece (y solo parece) que están doblando el brazo a la pandemia, un pequeño y frágil triunfo, ni mucho menos el final de la guerra como demuestran los repuntes que, cada pocos días, protagoniza el balance diario.

 

Vaciar las calles más allá de lo esencial ha dado resultado, y revertir la medida puede tener consecuencias, seguro, y la duda es si están bien calculadas. Nada debería ocurrir si respetamos las recomendaciones de higiene, si mantenemos la distancia social, si observamos las pautas de desinfección, pero ¿podemos contar con que será así cuando hace quince días no era posible? Dependerá de que lleguen esos diez millones de mascarillas, de que nos sentemos lejos del resto de pasajeros en el bus o el tren, pero ¿y si no lo hacemos? ¿Y si el virus vuelve a encontrar un resquicio en nuestra indisciplina? Se podría traducir en otra oleada de enfermos que, quizás, los hospitales no puedan digerir: ¿se ha sopesado esto a la hora de tomar la decisión?

 

Tampoco ayudan el cambio de doctrina, del mascarillas 'no' al mascarillas 'sí', la precipitación para poner en marcha el dispositivo, la confianza en una coordinación necesaria para que funcione (hasta ahora ha dado pocos resultados) y los malos datos que todavía arroja la lucha médica contra la COVID-19: la decisión de 'abrir las puertas al campo' tiene un tinte arriesgado, sin aparente certeza y controvertida. Si tiene fundamento, adelante, ya llegará el momento de hacerle un juicio a la gestión. Pero hay muchas dudas. Veremos si los desplazamientos de este lunes no nos acaban pesando.