Llamados a ser comunidad

Artículo de opinión de Cáritas Diocesana de Ávila con motivo del Día de la Caridad.

Trabajamos por la justicia, pero la caridad trasciende la justicia, no sólo nos pide dar a cada uno lo “suyo”, sino dar también de lo “nuestro” para compartir con el otro lo que tenemos y somos. «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión» (CIV, 6). Tanto es así que el amor –caritas- siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa”.

 

Por eso, frente al individualismo creciente, al anonimato en que vivimos, a la indiferencia ante la realidad del otro, Cáritas llama a ser comunidad, “porque nada de lo humano nos es indiferente, porque somos todos responsables de todos”. (SRS. 26)

 

Dice el Papa Francisco de la comunidad parroquial que es y está llamada a ser comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando (…), ámbito de viva comunión y participación . (EG. 28) . Si así es la comunidad cristiana, Cáritas, como expresión organizada de la caridad de la comunidad, también está llamada a generar comunidad y a promover la comunión y la participación.

 

La comunidad, en Cáritas, es el espacio donde creemos que podemos acompañar y ser acompañados, generar presencia, anuncio, denuncia, y otro estilo de vida que posibilite espacios liberados donde el que sufre, encuentra consuelo; donde el que tiene sed, encuentra fuentes para saciarse; donde el que necesita consuelo, encuentra acogida y cariño. La comunidad, desde aquí, es capaz de responder al “¡Dadles vosotros de comer!”, y de implicarse en trabajar para promover el desarrollo integral de los pobres y resolver las causas estructurales de la pobreza, como nos pide Francisco en nuestro compromiso social1.

 

Desde este espacio privilegiado es posible soñar un mundo diferente, una sociedad donde el bien común se convierte en promesa, esperanza del Reino que planta sus raíces aquí y ahora, desde una realidad dinámica que germina constante a través de cada proyecto, cada iniciativa que la comunidad pone en marcha con el anhelo profundo de mejorar la vida de cada persona.

 

Potenciar la calidad de vida como tarea humanizadora significa reorientar los fines que dirigen la vida personal y la convivencia colectiva hacia cotas de un nivel superior de dignidad personal y desarrollo social.

 

Las personas que formamos la sociedad humana y, en concreto, los cristianos debemos procurar la consecución del derecho al desarrollo integral de toda la comunidad. Nuestra acción debe comprometerse en lograr las plenas condiciones para el ejercicio de la dignidad humana, de todos y cada uno de los seres humanos, de sus derechos y de su participación.

 

“Una comunidad humana será cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades del prójimo y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano”.

 

Reconocer el derecho al desarrollo integral y solidario es tan sólo un primer paso para realizar el sueño de Dios que requiere un ejercicio de conversión personal:

 

“Dios ha destinado la tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos en forma justa, según la regla de la justicia, inseparable de la caridad”.

 

Esto nos lleva a ampliar la mirada e incidir con nuestra acción no sólo en nuestro territorio sino más allá de nuestras fronteras, haciendo que el sufrimiento de las personas de otros países y las injustas relaciones internacionales sea también el nuestro.

 

Queremos caminar hacia un ir siendo personas en sociedad que trabajan por un desarrollo humano integral haciendo todo lo posible por satisfacer las necesidades, el sentido vital de las personas y la participación en la construcción de una comunidad humana que establece sus relaciones desde la solidaridad, la comunión con los demás y el diálogo fraterno que hace posible la paz.

 

“El derecho al desarrollo es un derecho humano inalienable en virtud del cual todos los seres humanos y todos los pueblos están facultados para participar en un desarrollo económico, social, cultural y político en el que puedan realizarse plenamente todos los derechos humanos y libertades fundamentales".