Lecciones para juzgar la gestión de una crisis sin manual de instrucciones

Mascarillas a la venta en una farmacia en Madrid (España) a 2 de marzo de 2020.

El 'circo' de la compra de millones de mascarillas, guantes y gafas como ejemplo de la diferencia entre lo que parece que se ha hecho mal y lo que en realidad se ha hecho mal.

España se parará prácticamente en seco este lunes para intentar frenar una crisis sanitaria que amenaza miles de vidas. Con las curvas de infectados y fallecidos apuntando en vertical, el Gobierno no ha tenido más remedio que tomar la decisión más radical: detener casi en su totalidad el núcleo central de la actividad económica. La vuelta de tuerca al estado de alarma afecta de lleno a la industria y a la construcción y pone entre paréntesis la vuelta a lo que, hasta hace poco tiempo, era la normalidad.

 

Con 6.500 fallecidos y cerca de 50.000 positivos confirmados el coronavirus lleva semanas golpeando a nuestro país con una dureza desconocida salvo en China, Italia y, ahora, EEUU, y como lo ha hecho o va a hacer en breve en todo el mundo. Su impacto, global e imparable por igual en todo el planeta, demuestra que nadie ha podido anticipar la irrupción, la evolución ni las medidas acertadas, porque como todas las grandes crisis esta ha venido sin manual de instrucciones, sin 'seguro' contra los errores.

 

Resulta edificante que buena parte de la sociedad lo haya entendido y haya optado por una postura responsable: ahora toca estar unidos contra el enemigo único. No es el momento de pedir responsabilidades, ahora no, porque hacerlo en caliente impediría depurarlas correctamente. Pocos son los que no se han dado cuenta de que para juzgar la actuación ante el coronavirus, acertada o errónea, hace falta mirar mucho más allá de los últimos quince días. Puede que sea en decisiones pasadas, individuales y colectivas, donde haya que poner la lupa.

 

No olvidemos que a este punto hemos llegado tras semanas de contagios masivos que, como el invisible virus, permanecían ocultos larvados en el proceso de incubación. Los casos en medio mundo y las advertencias locales no nos persuadieron para tener más cuidado, y de eso la 'culpa' es social. Hubo que recurrir al confinamiento y el paso del tiempo ha demostrado que era la única salida: con los españoles metidos en casa la enfermedad han dado su cara más terrible en forma de contagios y muertes. Quién sabe como estaríamos ahora de haberlo hecho antes... o después, porque opiniones había para todos los gustos.

 

La ola mortal está poniendo contra las cuerdas a nuestro sistema sanitario. La sanidad, nuestra última línea de defensa contra el avance de este enemigo global, venía de años muy difíciles, de recortes en presupuesto, de plantillas insuficientes, de profesionales 'quemados' en turnos y consultas inabarcables. Pero ahí están, enfrentándose al virus y enfermando por carecer de los medios imprescindibles. Mascarilas, guantes o gafas que están en el centro de una de las pocas controversias políticas que han aflorado.

 

Por supuesto, nadie podía prever la necesidad de millones de estos elementos de un día para otro. Tenerlos metidos en cajas en un almacén perdido tampoco hubiera sido una solución: ¿se imaginan el uso que se hubiera hecho en ámbitos políticos de saber que esta o aquella administración había gastado millones de euros en mascarillas que no se estaban usando? Su compra ahora era inevitable, pero ha sido un pequeño 'circo' que, como casi todo en esta crisis, tiene un trasfondo de calado que hace recomendable no limitarse a lo aparente.

 

¿Reaccionó tarde el Ministerio con la compra? Es fácil creer que sí, sin tener en cuenta la maraña de las exportaciones en la que, como hemos sabido después, están atrapadas muchas comunidades que han comprado por su cuenta. Algunas han resuelto mejor, como Castilla y León, otras como Madrid siguen esperando sus aviones. Y el propio Estado ha sido víctima de un fraude que amenaza las millonarias compras que se han hecho porque, ¿quién no tiene ahora dudas sobre si ha comprado al suministrador correcto? ¿Haber acudido en masa al mercado no retrasará entregas y aumentará precios?

 

Ahora eso da igual: tenemos la certeza de que se ha hecho bien en gastar lo que fuera en comprar lo que nos hace falta porque nos va la vida en ello. Con todo, esta gestión deja también una valiosa lección para el futuro: es buena idea fabricar nuestro propio material, algo de lo que industrialmente somos capaces, y en lo que hemos dado ejemplo de sociedad solidaria.