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Avila

La vida es larga; ¿puede ser inmortal? (I)

ANCHA ES CASTILLA (Y LEÓN), POR RAMÓN TAMAMES

Después de las dos series anteriores de artículos publicados por el autor en los nueve números provinciales de Castilla y León de Tribuna, sobre el más largo viaje Magallanes/Elcano y sus consecuencias, iniciamos hoy un nuevo relato sobre la propia vida de los humanos y su prolongación que podría llegar a ser indefinida. Entrando hoy en una visión de carácter general, sobre lo que significa, con su gran potencial, la longevidad que nos permiten la medicina y las nuevas formas de vida. A veces se dice que cada uno es responsable de su propia suerte, aunque es cierto que el azar tiene grandes impactos en cada biografía. Pero pensando la vida como una senda, si tenemos la fortuna de iniciarla con una cierta orientación, no cabe duda de que puede ser mucho mejor que eso que se llama a veces “vivir a salto de mata”. Tratamos de esbozar tales circunstancias en la primera entrega de la serie, bastante pensarosa por sí, y que va a ir seguida de otras libranzas más enjundiosas sobre inteligencia artificial y otros menesteres de la época en que vivimos.

Publicado el 25.06.2021

La vida empieza siempre



 



La visión de las cosas cambia con el paso del tiempo, y a ese respecto, recuerdo bien que en la mitad de mi treintena, vi una extraordinaria película muy centrada en la actividad erótica, titulada “La vida empieza a los 40 años”, de la que salí más que optimista. Luego, mucho más tarde, cuando en la Universidad superé el umbral de la jubilación –a los 70 años-, la vida siguió pareciéndome llena de oportunidades y de nuevas vivencias a experimentar. Renuncié a ser profesor emérito, para diversificar mis dedicaciones, allende las aulas y el I+D+i del Alma Mater.



 



Ahora con 87 primaveras, u otoños a mi espalda, según se vea, no vislumbro el momento definitivo de pasar a mejor vida. Sobre todo, por el inmenso placer que cotidianamente me dan las cosas que van cambiando y naciendo cada día; ante nuestros ojos, en pleno movimiento.  



 



A esa situación de tan vivas expectativas, contribuyen los actuales parámetros biológicos, que van dándonos mayores márgenes de acción. En esa línea de quehacer, recuerdo que el historiador danés Frederick Poulsen, en su libro Vida y costumbre de los romanos, llegó a estimar que en los momentos de cambio de la República al Imperio Romano, la esperanza de vida al nacer podía situarse en los 25 años. Un nivel que en España apenas se había superado 2.000 años después, en 1900. Mientras que ahora, a poco más de un siglo de distancia, nos encontramos con una vida promedio en España de algo más de 84 años; solamente disminuidos muy recientemente a causa de la pandemia covid-19.



 



A esa formidable prolongación del filum vital se une, en términos generales, la mucha mejor salud corporal. El cuidado médico, el ejercicio y el deporte, el abandonar el tabaco a tiempo y no abusar del alcohol, etc., son temas importantes en ese gran avance. Como lo es asimismo el haber seguido una dieta más o menos adecuada. Y en ese sentido, ha de recordarse la máxima cervantina de “come poco y cena más poco, porque toda la salud del cuerpo pasa por la oficina del estómago”.



 



También cabe traer a colación las reflexiones de aquel sabio viviente que fue el Prof. Francisco Grande Covián, cuando nos decía pensaroso: “ha de comerse de todo, porque en la variedad, está una de las claves de los longevos. Eso sí… siempre en plato de postre”. Todo eso y algunas cosas más contribuyen a configurar el milagro de los viejos jóvenes.



 



Un cerebro que nunca cesa



 



Sin embargo, con ser importantes los aspectos físicos a que nos hemos referido, lo verdaderamente crucial es la mente. Si escapamos a las garras del Alzheimer (unos 800.000 españoles lo padecían en 2018, con 600.000 efectivamente diagnosticados), resulta que tenemos un cerebro a prueba de choques. Y en contra de viejas aseveraciones, se nos informa que las células nerviosas también se reponen, al menos en parte. A lo cual se agrega la constatación de que con la mayor actividad mental, las neuronas van haciéndose de mejor calidad, y son más capaces de cara a cualquier trabajo o aventura intelectual.



 



Esas novedades citológicas parece que nos favorecen, sobre todo, a las generaciones que en nuestra infancia y juventud que todavía no pasamos por los juegos informáticos, los ordenadores personales o los teléfonos inteligentes. De modo que tuvimos un entrenamiento muy intenso de ese ordenador único (hardware) de que nos proveen la Providencia y nuestros padres, y que a lo largo de la vida se va alimentando vía cognición (software), para producir el prodigio de la mente humana.



 



Claro es que la situación en que nos encontramos después de jubilarnos, no es tan halagüeña para todos. Los que han sufrido en su propio cuerpo los efectos de un trabajo exigente de fuerza continua, repetitivo, alienante, buscan, ante todo, “quitarse de trabajar, y hacer lo menos posible”. Entrando así en un territorio en el que va perdiéndose vitalidad, precisamente porque el sentido de seguir esforzándose ya no tiene razón de ser.



 



Por el contrario, los que hemos tenido el privilegio de trabajar casi siempre en lo que nos ha interesado, llegamos a la jubilación –en mi caso-, sólo en mi oficio más regulado, la Universidad, en una tesitura tal vez próxima a la felicidad. De modo que la vida, después de la jubilación oficial, nos abre un observatorio personal más amplio, desde el cual ver la mar de cosas. Como también nos permite decir lo que pensamos aquí y allá, y explorar todo lo que nos interesa a nuestro alcance.



 



En la dirección apuntada, sigue siendo una referencia fundamental aquello que decía Richard P. Feynman, el sabio atómico de Los Álamos y luego Premio Nobel de Física en 1965, de que el interés por la ciencia es el impulso vital más importante, el que más fuerza tiene. Porque tratando siempre de saber, más y mejor, “cómo se lo monta la naturaleza”, desde el big bang al funcionamiento del cuerpo humano. En ese sentido, lo pasé en grande cuando escribí uno de mis últimos libros, Buscando a Dios en el universo:



 




  • ¿Lo ha encontrado Vd. ya? – me preguntan con frecuencia.

  • Todavía no, pero lo intuyo cada vez más.



 



 



La lucha contra la entropía



 



En resumen, aparte de cada momento de la vida, de las dificultades físicas que inevitablemente van emergiendo en torno a la bondad de nuestra salud, la vejez comienza cuando se pierden las ilusiones por el futuro, y se abandona cualquier clase de proyectos. En esa dirección, yo siempre digo que al despertarnos cada día, tenemos una tarea formidable: luchar contra la entropía. Esa tendencia de la Física, según la cual, cualquier clase de problemas, si no se analiza de inmediato, lleva a un deterioro creciente de las cosas. No solamente tenemos que mantener un cierto orden mental y factual, también hemos de proyectar ideas para que en vez de deterioro haya mejora en el sistema de las sabias neuronas.



 





Ya Hipócrates, hace más de dos mil años, dijo que en él estaba todo: la sensación del placer, los sentimientos de dolor, la alegría o la tristeza. Y especialmente, el pensamiento para discurrir sobre la naturaleza de las cosas y su sentido. Hoy, el mundo de las neuronas, lo conocemos mejor, pero aún nos faltan muchas claves importantes.



 



Y para terminar, este introito a la serie sobre la vida diré, como nos recordaba Lola Huete Machado, que ahí están los casos bien convincentes de viejos jóvenes: Clint Eastwood en su One Million Dollar Baby, llena de expectativas; María Galiana, que lleva más de dos décadas en la serie “Cuéntame” y resulta cada día más clarividente; y Ratzinger que después de su papado se retiró en el Vaticano para seguir escribiendo. A lo cual agregaríamos los casos de Leni Riefensthal, que estuvo fotografiando y filmando hasta los 102 años, y Ernst Jünger, que vivió la Segunda Guerra Mundial, en medio de toda clase de experiencias, para luego escribirlas de manera formidable hasta cumplir los 103; es precisamente la longevidad que me ha garantizado mi médico personal, el Dr. Carlos Rodríguez Jiménez, último discípulo de Don Gregorio Marañón.



 



Esas y otras muchas son, todas ellas, expresiones extraordinarias que se convierten en luminarias. Por tanto, si bien no voy a decir que “la vida empieza a los 70 años”, sí diré que “continua” a los 80 y muchos más.



 



 



Como siempre, los lectores de Tribuna, pueden dirigirse al autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.



 



 


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  • #1 No soy usuario

    25/06/2021 21:06

    Me ha parecido una lectura fantástica. Curiosamente estaba pensando hace una hora sobre exactamente el mismo tema, la esperanza de vida y el cómo vivirla. Gracias por el optimismo que de sus palabras emanan. No hay otra forma de vivir la vida...vivirla. Un saludo