La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (VIII)
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La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (VIII)

Octava entrega del serial que firma para TRIBUNA el profesor Tamames.

Proseguimos hoy la primera circunnavegación de la Tierra, todavía en el plazo de conmemoración de los 500 años de aquella gran proeza española (1519-1522). Inicialmente con Magallanes al frente, y en la segunda mitad, ya en la idea de la vuelta al mundo, con Juan Sebastián Elcano. Veremos en seguida la deserción del buque San Antonio y lo mucho que significó. Para después apreciar el dificultoso cruce del estrecho que hoy lleva el nombre de Magallanes. Para entrar después en la larga travesía del ignorado Océano Pacífico, en dirección a lo que hoy son las Islas Filipinas, con la llegada a Guam, en el Archipiélago de las Marianas, que fue saludada con gran alegría por toda la tripulación de las tres naves que quedaban de la expedición, de las cinco que habían salido de Sanlúcar de Barrameda. Y con las primeras vivencias en Filipinas, de aquellos grandes navegantes, terminamos la entrega de hoy.  

 

La deserción de la nao San Antonio y las aventuras de Estevan Gómez

 

Tras apreciar que habían llegado al Estrecho y que el paso entre los dos océanos existía realmente, el piloto Estevan Gómez, en un tal vez segundo motín –este sí que lo fue al margen de cualquier duda—, se hizo con el mando de la nao San Antonio, desalojando a Álvaro de Mesquita –recuérdese, el oficial portugués que actuó como juez en San Julián—, capitán de la nao. Y, sin más ni más, Gómez cambió el sentido de su navegación, dando la vuelta para salir del Estrecho por el lado del Atlántico, y poner rumbo a España. La San Antonio era el barco despensa de la expedición, con gran cantidad de víveres.

 

En vano Magallanes esperó a la nave, dándola por extraviada, sin poder imaginar la deserción. Pero lo cierto es que el Capitán General había tropezado con alguien que se la tenía jurada y que no se anduvo con miramientos: Esteban Gómez, que al entrar en el Estrecho solicitó a Magallanes volver a España para dar noticia de que el paso había sido descubierto, lo que el Capitán General no atendió. Y justo después de esa negativa, aprovechando un momento en que las naves se separaron entre sí, amotinó a la tripulación de la nao San Antonio contra Mesquita, y se hizo con el mando.

 

Gómez, antes que Magallanes, había intentado que desde España se le encargara buscar el paso del Atlántico a la Mar del Sur. Pero a la hora de elegir, en 1518, Carlos I se decidió por Magallanes, que le ofreció más crédito por su larga experiencia.

 

 

El caso es que, en la navegación de retorno a España, la nao San Antonio recaló en el Puerto de San Julián, en busca de Juan de Cartagena y del clérigo allí abandonados. Pero habían pasado 83 días desde ese cruel suceso, y no encontraron a nadie. Debiendo destacarse que el interés de esa búsqueda se debía tanto a la posible caridad como, sobre todo, al propósito de disponer de dos testigos de excepción a efectos de demostrar, vueltos a Sevilla, la dureza del trato de Magallanes a los hombres de quienes era responsable. 

 

La San Antonio cruzó el Atlántico, para fondear en Guinea, donde se reabastecieron de vituallas para una travesía ya sin problemas de alimentación ni de agua. Tuvieron una tercera escala en la isla de La Palma, en Canarias, donde también fueron muy bien recibidos[1].

 

Al llegar a Sevilla, Esteban Gómez y sus hombres hubieron de responder a largos interrogatorios en la Casa de Contratación, sin mayores problemas: una vez ante el rey, ya también emperador, Gómez se atribuyó el descubrimiento del Estrecho y le informó de los excesos de Magallanes, justificando la rebelión por el hecho de su flagrante desacato a las Capitulaciones de Valladolid, especialmente con la muerte segura de Juan de Cartagena, veedor del propio rey-emperador.

 

Carlos V creyó en Gómez, declarando traidor en rebeldía a Magallanes, suprimiendo la paga concedida a su mujer, Beatriz Barbosa, y sometiendo a todos los portugueses de su cuerda a estrecha vigilancia. Años después, Carlos V pondría a Gómez al frente de otra expedición en busca de un paso de mar a mar, esta vez en el Norte de América[2].

 

Se organizó una expedición dirigida por Gómez, en la carabela de 50 toneladas, de nombre La Anunciada, con una tripulación de 29 hombres, en su mayoría vascos y gallegos. Viajaron por el Atlántico, siguiendo la ruta que se aprecia en el mapa adjunto, donde se ve Terranova, y todo lo que el propio navegante llamó Tierra de Esteban Gómez, recorrido que hizo entre 1524 y 1525, con la compañía del cosmógrafo Diego Ribero, mapeando toda la costa este de los hoy EE.UU., un siglo antes de que el Mayflower llegara con los peregrinos a lo que serían las Trece Colonias. Publicado en 1529 el mapa del mundo dibujado por Diego Ribero, acompañante de Gómez, incluyó la actual costa este de Norteamérica, bastante bien descrita, como podrá comprobar el lector.

 

Gómez volvió a España a finales de 1525, llevando en su compañía a 50 nativos americanos del Norte, que fueron liberados por Carlos V al conocer que habían sido esclavizados.

 

Permaneció Esteban en el entorno español que había escogido, siempre prefiriendo no trabajar para el rey de Portugal, hasta 1535. Cuando se unió a la ya comentada expedición de Pedro de Mendoza al Río de la Plata, donde en una de las incursiones fluviales fue muerto por los indios en el río Paraguay, en 1538.

 

Gómez desapareció de la Historia de América, seguramente porque siempre trabajó al servicio de España, algo que no está en la preferencia de los historiadores oficiales de la Nueva Inglaterra; que se inclinan más por otros navegantes muy posteriores, como John Cabot, italiano que trabajaba para Inglaterra, y Giovanni Berazano, también italiano que navegó al servicio de Francia.

 

Además del mapa de la expedición Esteban Gómez y del subsiguiente perfil de América de Diego Ribero, se incluye una cruz dedicada a Gómez, en el Puerto de Bangor, estado de Maine, EE.UU., donde, cabalmente, se recuerda que Gómez estaba al servicio de España.

 

 

 

Del Estrecho de Magallanes a las Islas Filipinas

 

Tras el episodio de Esteban Gómez, volvemos a la expedición Magallanes, ya en el Mar del Sur u Océano Pacífico. En él, y mirando un cielo nocturno claro, sin la contaminación lumínica de ahora, Pigafetta, ya en el Océano Pacífico, se fijó en dos nubecillas en el firmamento nocturno. Precisamente las que hoy se llaman Nubes de Magallanes, donde están las dos únicas galaxias identificables a simple vistadas diferentes de la Vía Láctea en que se sitúa nuestra Tierra. Pigafetta también apreció la constelación de la Cruz del Sur, y fue probablemente quien le dio ese nombre[3]. «Estando en alta mar, descubrimos al Oeste cinco estrellas muy brillantes, colocadas exactamente en forma de cruz»[4].

 

En el Pacífico, en las tres naves de la flota que quedaban (Victoria, Trinidad y Concepción), los esforzados navegantes, tras los 28 días que demoraron en atravesar el Estrecho, se adentraron en el océano, soñando que ya estaban en el normalmente conocido como Océano

Índico, pues para ellos, con los mapas influidos por Toscanelli, no era inimaginable que existiera otro distinto como el que se les abrió, el ignorado mayor espacio de agua salada de la Tierra, nunca antes surcado por europeos[5].

 

Cruzar esa inmensidad –hasta Guam en las Islas Marianas, según veremos—, les llevaría algo más de cien días con sus cien noches, sufriendo hambre, enfermedad y desconcierto, atravesando lo que parecía una deriva infinita. En ese sentido, Magallanes se fue haciendo cada vez más consciente de lo erróneo de su idea: el viaje en curso era mucho más largo de lo previsto. Pero no tenían más remedio que seguir navegando con su objetivo final del Maluco.

 

Costearon lo que hoy llamamos Chile, sin hacer escala en un tramo de unas 3.000 millas. Y luego, debió ser a la altura del Norte del desierto de Atacama, tomaron rumbo noroeste, en busca del ecuador. Más allá, pensaban que encontrarían las Molucas, siguiendo una trayectoria sin tierra a la vista. Inevitablemente, fueron víctimas del calor creciente, del hambre y la sed, con la tripulación empezando a sospechar que Magallanes andaba perdido en aquel desierto de agua[6].

 

 

Los expedicionarios padecieron grandes escaseces en medio del inmenso océano[7]. Tenían que beber un líquido ya hediondo, trasegar un infecto arroz cocido con agua de mar, y según recuerda Pigafetta “para no morirnos de hambre, nos veíamos obligados a comer pedazos de cuero [de la guarnición de los mástiles], después de ablandarlo en el mar… y lo cocíamos sobre unas brasas hasta parecernos un manjar delicado...”[8].

 

Además, llegó el escorbuto que les diezmó, dando algún crédito a la salutífera hipótesis del efecto de la ingestión de dulce de membrillo por parte de Magallanes y varios notables, entre ellos Pigafetta, que los exoneró de tan grave dolencia. También fue posible que les salvara el tipo de comida –y eso lo sabemos ahora—, que habían consumido durante su vida previa, especialmente frutas y verduras, disponibles durante todo el año en la Europa meridional; ya que la vita­mina C, el remedio más seguro contra el mal, puede quedar almacenada en el hígado durante largo tiempo[9].

 

En cuanto a la navegación, los vientos alisios permitieron un viaje veloz, aunque nunca fue aquello un viaje de placer, por las penurias mencionadas y la incertidumbre de no saber a dónde se dirigían realmente, ni cuánto tiempo tardarían en llegar al tal destino. Los alimentos escaseaban cada vez más, patentizándose entonces el error de no haber hecho escala en las costas del Pacífico sur para procurar alimentos frescos.

 

El 24 de enero de 1521 avistaron una pequeña isla a la que pusieron el nombre de San Pablo, probablemente el atolón de Puka Puka, del archipiélago de las Tuamotu, hoy la parte norte de la Polinesia Francesa. Y el 4 de febrero, navegando ya Oeste-Noroeste, con viento flojo, visionaron una segunda isla, que bautizaron como de los Tiburones, por la cantidad de escualos que allí había, que pescaron en gran número. Esa isla tal vez es hoy la llamada de Flint, en la Melanesia.

 

 

En la madrugada de 6 de marzo de 1521, avistaron tres montañas surgiendo del mar en el horizonte. Era la isla de Guam, en las que llamarían Islas de los Ladrones, donde vieron los primeros seres humanos, después del breve contacto habido con los patagones, siete meses antes.

 

Salvajes, entintados de rojo, los nativos de Guam no se asustaron de los grandes barcos llegados a su litoral. Y desde sus piraguas asaltaron materialmente las tres naos, llevándose armas, vajillas, herramientas, y hasta un ancla de respeto. Si bien es verdad que obsequiaron con alimentos a los navegantes.

 

El caso es que finalmente Magallanes y los suyos hubieron de desembarcar para recuperar lo perdido, y proveerse de agua y más alimentos. Fue difícil entenderse con los indígenas, que por sus aficiones sugirieron el mentado nombre español de Islas de Los Ladrones, más tarde, Marianas[10]; posesión que fue de España hasta 1898, como capital de toda la Micronesia[11].

 

De Guam, la flota tomó rumbo oeste y llegó al archipiélago de San Lázaro (ahora Filipinas) así bautizado porque fue descubierto el quinto domingo de Cuaresma en el calendario católico, día en el que se dice Cristo resucitó a Lázaro. Concretamente, recalaron en la isla de Homonhón, donde tomaron tierra, y después la expedición hizo escala en Limasawa, el domingo 31 de marzo de 1521, disponiendo Magallanes que Pedro de Valderrama –ya mentado al ver la travesía del Estrecho—, el único de los tres sacerdotes que había sobrevivido, celebrara misa en la playa. Unos cincuenta hombres armados, con toda su parafernalia militar, bajaron a tierra y construyeron una pequeña capilla con pedazos de velas y ramaje a modo de altar. Tras la misa, Magallanes presentó ante la heterogénea asamblea españoles/nativos una cruz con los clavos y la corona; que fueron reverenciadas por los caciques.

 

 


[1] José Calvo Poyato, La ruta infinita, ob.cit., pág. 344 y sig.

[2] Miguel Pérez, “Viviendo inconscientemente en la Tierra de Esteban Gómez”,  https://www.hiddenhispanicheritage.com/41-viviendo-inconscientemente-en-la-tierra-de-estevan-gomez.html

[3] José Luis Comellas García-Llera, “La travesía del inmenso océano”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 177 y sig.

[4] José Luis Comellas, La primera vuelta al mundo, 3ª ed., Rialp, Madrid, 2019, pág. 102 y sig.

[5] “El Pacífico. El océano infinito”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 169.

[6] Emma Lira, “La primera vuelta al mundo. 500 años de la expedición Magallanes-Elcano”, National Geographic, septiembre 2019.

[7] Martín Fernández de Navarrete, Viajes y descubrimientos españoles en el Pacífico; edición de Cegal, Madrid, 1919.

[8] Antonio Pigafetta, ob.cit.

[9] Carla Rahn Phillips, “La expedición Magallanes-Elcano”, en Actas del Congreso Internacional de Historia Primus cirdumdedisti me, V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, Valladolid, 20-22.III.2018, pág. 157.

[10] Cambiado a Marianas en tiempos de Felipe IV, en honor a su esposa.

[11] Danilo Madrid Gerona, “El desembarco de la expedición de Magallanes en las Filipinas”, en Actas del Congreso Internacional de Historia Primus cirdumdedisti me, V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, Valladolid, 20-22.III.2018, pág. 209.