La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (VII)
Cyl dots mini

La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (VII)

Ramón Tamames prosigue con su serial sobre la primera vuelta al mundo de Magallanes y El Cano

Seguimos hoy con el más largo viaje de la época, la primera circunnavegación Magallanes/Elcano. Correspondiendo hoy la fase de mayor tensión de esa expedición, una rebelión a bordo no tan fácil de interpretar, con la subsiguiente pérdida de uno de los cinco navíos en el Puerto de Santa Cruz, y los esfuerzos para finalmente pasar el Estrecho del Espíritu Santo (luego de Magallanes) del Atlántico a la Mar del Sur, que Magallanes rebautizó como Océano Pacífico.

 

Rebelión a bordo

 

El lugar de anclaje en Puerto San Julián, se hizo históricamente famoso por sucesivos encuentros con los patagones y por el hecho de que fue allí donde se abortó el motín que desde tiempo atrás estaba larvándose contra Magallanes.

 

Más en concreto, el 2 de abril de 1520, Luis de Mendoza, capitán de la Victoria –ya se sabe, donde cómodamente se hallaba preso Juan de Cartagena—, encabezó el movimiento, junto con las tripulaciones de otros dos barcos: Concepción y Santiago. Tras ponerse de acuerdo, envió emisarios a Magallanes, a la nao Trinidad, para que el Capitán General explicase a todos el rumbo que iba a seguir y otras cuestiones propias de la expedición. Ante lo cual, Magallanes, entendiendo personalmente que estaba ante una sedición, movilizó al alguacil, para una visita inmediata a la nao Victoria. Éste, Gonzalo Gómez de Espinosa, logró engañar a Mendoza, a quien inicialmente propuso parlamentar, pero al que finalmente mató de varias puñaladas. Así comenzó la acción contra el pretendido motín.

 

En medio de tales episodios, la San Antonio –hasta entonces no comprometida en apariencia— trató de salir del puerto de San Julián, pero la Trinidad de Magallanes se le cruzó por delante. Hubo cuatro cañonazos, con rendición inmediata de los aparentes conspiradores. Así, el Comandante supremo acabó controlando la situación.

 

Juan de Cartagena prisionero en un cepo por orden de Magallanes. Grabado francés de 1909 del libro de Julio Verne Les premiers explorateurs. Aunque sea una escena imaginada, configura todo un drama: Cartagena humillado, Magallanes despótico, y la tripulación expectante y deprimida.

 

 

Todavía hoy, más de 500 años después, se discute el verdadero alcance de la movida: si fue conjura o mera reivindicación. Pues según alguna versión de los sediciosos, lo que querían era, simplemente, conversar con Magallanes sobre la conveniencia o no de prolongar el viaje hacia un Sur, tan incierto. La alternativa que al parecer tenían in mente, era seguir una nueva ruta, la propia lusa de la India, atravesando para ello el Atlántico Sur, hacia el Este, para luego bordear el Cabo de Buena Esperanza. Eventualidad que el Capitán General no valoró para nada, pues eso habría significado entrar en el hemisferio luso de Tordesillas, en contra de lo prescrito en las Capitulaciones de Valladolid. 

 

Que hubo un intento de los capitanes reivindicantes, para atemperar la dirección de la empresa, es indudable. Pero lo que sigue discutiéndose, sin que haya sido posible llegar a una conclusión definitiva, es el alcance que realmente tenía el intento de reconducir la conducta de Magallanes. Esto es, si sólo se quería que tuviera un trato más razonable a los oficiales españoles, con consultas incluso al resto de la tripulación y, desde luego, la libertad de Juan de Cartagena; o si yendo más lejos, lo que se pretendió lisa y llanamente era sustituir a Magallanes por Cartagena, lo cual no se manifestó en ningún momento de forma definitiva.

 

Dominado el motín o lo que realmente fuera, con la ayuda decisiva del español Gonzalo Gómez de Espinosa—, se formó un consejo de guerra presidido por Álvaro de Mesquita, primo del comandante de la armada. Así las cosas, se convocó a los escribientes, se protocolizaron las declaraciones de los testigos, se juzgó y se sentenció[1]. Hubo 44 condenas a muerte, que inevitablemente hubieron de ser conmutadas, todas menos una, pues las naves no podían menguar sus tripulaciones para atender sus muchos menesteres. Para algunos, esa masiva conmutación también avala la idea de que la rebelión no había sido tal.

 

En definitiva, Luis de Mendoza, capitán de la Victoria, y custodio de Cartagena, murió a manos de Gómez Espinosa. Y en el caso del Capitán Gaspar Quesada, se resolvió ejecutarlo por haber herido mortalmente con su puñal a un piloto de nombre Elorriaga.

 

Pero, ¿quién sería el verdugo de Quesada? Ningún hombre de la tripulación estaba por cumplir con tan macabra tarea. De modo que estando claro que el escudero de Quesada (Luis de Molina) intervino activamente a favor de su señor, y por ello estaba condenado a muerte, se le ofreció la conmutación de esa pena; con la condición de que él mismo llevara a cabo la decapitación de su jefe, como así se hizo. Conmutación de lo más anómala y cruel.

 

El nombrado juez Álvaro de Mesquita hubo de fallar también, lógicamente, sobre Juan de Cartagena, el presunto cabecilla del motín. Y también sobre un sacerdote que constantemente se había mostrado en favor de su libertad, Sánchez Reina. A ese respecto, se sentenció que al zarpar la flota del lugar de invernada se dejaría a los dos rebeldes abandonados en una isleta –que llamaron Justicia—, del puerto de San Julián (parece verse en la foto aérea), provistos de vino y comestibles para algún tiempo, de modo que sólo Dios decidiría sobre su vida o muerte[2]. Un eufemismo de lo más cínico para encubrir una verdadera ejecución.

 

Los dos abandonados eran de lo más significados, y por su categoría no podían sufrir la pena de muerte: Juan de Cartagena era representante directo del rey-emperador, y el clérigo Sánchez de Reina vestía hábitos de la Santa Madre Iglesia. Lo cual no impidió que, nunca más se supiera de ellos. A pesar de que Esteban Gómez, desertor después en el Estrecho, con la nao San Antonio, en su viaje de vuelta a España –según veremos más adelante—, buscó a los condenados en la isleta: todo fue en vano. Allí ya no había nadie.

 

Los dos cadáveres de los dos rebeldes muertos (Mendoza y el decapitado Quesada), una vez desmembrados, se colgaron en sendas horcas, bien visibles durante los meses que aún permanecieron los barcos en San Julián, sirviendo de permanente recordatorio de que no convenía desafiar la autoridad de Magallanes, y que más valía que ningún oficial tratara de incomodarle con preguntas[3].

 

La nao Santiago en el puerto de Santa Cruz

 

Ya despejados los hechos de San Julián, Magallanes no debió quedarse tranquilo por la tensión interna que probablemente padecía, al no haber encontrado aún el paso entre los dos océanos. Así que, en un intento de adelantar las cosas, envió a su paisano Serrano, al frente de la nao Santiago, la de menor calado, a efectos de adentrarse en los golfos que encontrara al sur de San Julián.

 

Así las cosas, a los pocos días de su navegación en solitario, el 3 de mayo de 1520, Serrano halló un profundo entrante, que siempre por el santo del día, llamó Puerto de Santa Cruz. Se introdujo en la ensenada para comprobar si se mantenía o no el agua salada, pero comprobó, una vez más, que se trataba del estuario del río, también bautizado como Santa Cruz[4].

 

Ya en el momento de volver a salir a mar abierto, maniobrando, a la nao Santiago se le averió el gobernalle y, empujada por la marea, acabó por encallar. Pero no se hundió, de manera que sus treinta y siete tripulantes pudieron saltar a tierra sanos y salvos.

 

En tan inconveniente situación, los marineros se propusieron ir caminando por tierra a San Julián, a unas cien millas marinas, unos 185 km; aunque por lo difícil de ese empeño para la mayoría, se destacó a los dos hombres más ágiles y capaces, a fin de reconectar con Magallanes en San Julián, lo antes posible.

 

Al llegar la noticia del encallamiento al lugar de la invernada, en San Julián, Magallanes dispuso una expedición de socorro que pudo recoger a los náufragos; operación que duró varias semanas, al rescatarse todo lo aprovechable de la nao Santiago. Si bien no pudo reflotarse el barco, quedando de él sólo los despojos, que fueron arrastrados por el oleaje. Cabe la posibilidad de que todavía hoy mismo pudiera hallarse en aquellas aguas remotas algún resto de la nao Santiago.

 

 

 

En el Estrecho

 

Durante la larga invernada, el 21 de julio de 1520, el piloto y cosmógrafo Andrés de Sanmartín, desembarcó para tomar en tierra firme las

 

 

medidas astronómicas, de las que dedujo que se encontraban a una latitud de 49°18 Sur, la más meridional hasta entonces nunca alcanzada por europeos. Y pasado un mes, el 24 de agosto de 1520, tras una ceremonia religiosa, los cuatro navíos de la flota, ya sin la Santiago, salieron del Puerto de San Julián, para navegar hacia el Sur.

 

En el estuario del llamado río San Juan permanecieron hasta el 18 de octubre, ya en plena primavera austral y, como previendo que el gran momento estaba próximo, en ese lugar, antes de zarpar, oyeron misa y comulgaron, a los catorce meses de haber salido de Sevilla. Siguieron una costa baja y casi recta, sin que nada permitiera prever que hubiera una inmediata salida hacia el oeste, al océano descubierto por Balboa siete años antes, en 1513 y aún conocido como Mar del Sur.

 

Así las cosas, los navegantes arribaron al que llamaron Cabo de las Once Mil Vírgenes[5], distinguiendo desde allí una profunda abra de aguas oscuras, divisando a lo lejos, altas cimas cubiertas de nieve[6], que las tripulaciones contemplaron con recelo. A todos les pareció absurdo que a través de la ensenada después del cabo, rodeada de montañas se pudiese llegar al Mar del Sur: los pilotos manifestaron unánimemente que se trataría de un nuevo caso perdido, de una profunda incisión que tendría su cierre, y nada más[7].

 

Pero no fue así, porque el Cabo de las Once Mil Vírgenes, era, efectivamente, el inicio del tan buscado Estrecho, navegando entonces los cuatro barcos por aguas gélidas, en medio de un silencio sobrecogedor y una soledad que sólo se veía alterada por las hogueras nocturnas de la tierra meridional; que, por eso mismo, el Capitán General llamó Tierra de Fuego.

 

Navegando lentamente y con todas las precauciones por el sistema de avanzadillas sucesivas de una nave seguida de las demás, se superó la Primera angostura (ver mapa), para entrar en la Bahía Posesión (hoy Lomas). Siguieron por la Segunda angostura, y el pequeño mar interior de bahía de San Felipe. Hasta alcanzar una bifurcación marcada por la Península Fuerte Bulnes y la hoy llamada isla de Dawson: una bifurcación en la que tomaron el cauce de la derecha, entre la Península de Córdoba y las Islas de Santa Inés, para ya en directo llegar al océano, a través de un ramal alargado, de más de cien millas, muy estrecho y recto, con glaciares en las dos orillas. Pasaron la Isla de la Desolación, a cuyo final, al oeste, estaba la salida del Estrecho, en el Cabo Deseado. Allí se unieron la Victoria, la Trinidad y la Concepción. Pero no sucedió lo mismo con la nao San Antonio, pilotada por el portugués Esteban Gómez, que había desertado días antes, seguramente entre la Isla de Dawson y la Bahía de Córdova.

 

Al llegar a la salida del Estrecho, el 28 de noviembre de 1520, habían transcurrido 37 días para ir del Atlántico a la Mar del Sur, 305 millas marinas, aproximadamente 550 km[8]. Al salir, la mar estaba en calma, y de ahí el nombre de Pacífico que le dio Magallanes al nuevo océano.

 

 


[1] Stefan Zweig, Magallanes. La aventura más audaz de la humanidad, ob.cit., pág. 174 y sig.

[2] Ibídem, pág. 175 y sig.

[3] Carla Rahn Phillips, “La expedición Magallanes-Elcano”, en Actas del Congreso Internacional de Historia Primus cirdumdedisti me, V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, Valladolid, 20-22.III.2018, pág. 155.

[4] José Luis Comellas, La primera vuelta al mundo, 3ª ed., Rialp, Madrid, 2019, pág. 81 y sig.

[5] El nombre del citado cabo se debió, nuevamente, al santo del día, que era Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes. Al igual que luego sucedió con el propio Estrecho, que se denominó inicialmente de “Todos los Santos”, por haber entrado en él el 1° de noviembre de 1520.

[6] Stefan Zweig, Magallanes, ob.cit, pág. 185.

[7] Ibídem, pág. 185 y sig.

[8] María Antonia Colomar Albajar, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 168.