La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (IX)
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La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (IX)

Nueva entrega del serial sobre la primera circunnavegación que firma el profesor Tamames. 

Proseguimos hoy con la circunnavegación que se hizo hace 500 años, entre 1519 y 1522, y en la revisión de ese largo viaje, llegamos hoy a un lugar decisivo, en el momento más aciago: la muerte de Magallanes en la isla de Mactán. También veremos la traición que se produjo por el rey cacique de Cebú, con la muerte de una treintena de españoles, en una emboscada más que traicionera. Y más adelante, entramos en lo que fue la fase siguiente a la muerte del capitán general, con la elección definitiva de Elcano como piloto de la expedición, ya con su único barco, la nao Victoria.  

 

 

Muerte de Magallanes en Mactán

 

Cebú funcionaba como mercado para los productos de su interior y de las islas del entorno, de abundantes recursos. Localmente se criaban cerdos, se producía mijo, arroz, caña de azúcar, frutas muy variadas, y vino de palma. También se traficaba con canela, jengibre y artículos de seda procedentes de las Molucas[1]. En Cebú, con la ayuda como intérprete de uno de los dos esclavos personales de Magallanes, el rajá Humabón aceptó cerrar un acuerdo con el representante del rey de España.

 

En esa nueva situación, de echar raíces antes de llegar a las Molucas, Magallanes debió pensar en sus expectativas, sus cálculos errados, con una notable inquietud: «Ya he conseguido el paso que buscaba, ahora quiero algo más que las especias. Necesito establecer nuevas alianzas y hacer méritos ante el rey»[2], seguramente soñando en tener, en administración, su propio Reino. En ese sentido, no se cansó de cristianizar aborígenes, y les regaló una imagen de un Jesús de pocos años –el Santo Niño de Cebú—, que según sus más devotos obraba milagros. El rey Humabón se convirtió al cristianismo, jurando fidelidad al rey-emperador. Él y su esposa fueron bautizados con los nombres del rey de España y de su madre: Carlos y Juana.

 

Algunos historiadores, como James Alexander Robertson[3], consideran que el intento inicial de Magallanes de convertir a los nativos de Cebú, produjo escaso efecto: «el gran bautizo celebrado por el cura secular que acompañaba a la expedición, fue juzgado más bien, por la población indígena como un entretenimiento montado para disfrute general, y no como un propósito de una verdadera comunión espiritual»[4].

 

Muerte de Magallanes. Imaginaria pintura del siglo XIX sobre la batalla de Mactán, donde Magallanes perdió la vida.

 

Lo que sí es seguro es que Humabón, que no era musulmán sino animista, había acumulado toda una valiosa experiencia en sus luchas contra imanes y guerreros islámicos, lo que le permitió percibir el cristianismo como una religión fácil de abrazar, al igual que sucedió a los demás jefes locales. Excepto el caso del cacique de la muy pequeña y próxima isla de Mactán, de nombre Lapu Lapu, quien rehusó convertirse a la religión verdadera de los españoles, desafiando así a Magallanes, que decidió enfrentarse con el renuente líder nativo; en contra de todas las prescripciones de las Capitulaciones de Valladolid, en el sentido de no guerrear contra las autoridades nativas.

 

Se vio la forma de entablar batalla con los fieles de Lapu Lapu, en la gran playa de la propia isla de Mactán, cometiendo Magallanes el mayor error de su vida: 70 españoles contra más de 1.500 indígenas, un choque en que el gran navegante, reconocido por los nativos como el jefe de toda la tropa invasora, perdió su vida. Todo un suceso imprevisible, producto de las fantasías de quien tal vez pensaba estar conquistando su propio reino.

 

El cacique o rajá Humabon, tan amistoso a la llegada de los españoles a Cebú. Y tan traicionero tras la muerte de Magallanes

 

La traición y matanza del cacique de Cebú

 

Tras la inesperada muerte del Capitán General, fueron nombrados responsables de la flota los dos lusos más adictos a Magallanes: Duarte Barbosa y Juan Serrano, aunque en medio de las vicisitudes que se sucedieron no llegaron a tomar posesión de los cargos. Y precisamente Barbosa se encontró con el esclavo de Magallanes, el intérprete Enrique, que en vez de llorar a su amo estaba felizmente tomando el sol en la cubierta de una de las naos, como si nada hubiera pasado. Y sin más, Barbosa le llamó perro sarnoso, por no reverenciar la muerte del gran navegante, al tiempo que le encomendó acercarse a la isla de Mactán y conseguir la devolución del cuerpo de su jefe, gestión que resultó inútil[5].

 

El caso es que el esclavo, tal vez enloquecido por la muerte de su amo, y alterado por las vejaciones recibidas de Barbosa, con espíritu de venganza, y seguramente también para lucrarse, decidió nada menos que acabar con el más largo viaje, ofreciendo al rajá Humabón que se quedara con los grandes barcos y sus valiosos armamentos. Para lo cual indujo al cacique a invitar a los principales de la expedición a una gran fiesta en homenaje al lejano rey-emperador Carlos I/V. Convencidos de ello, los expedicionarios invitados al ágape del cacique bajaron a tierra: en total, veintinueve hombres; entre ellos, los más expertos guías y pilotos de la armada, con Barbosa a la cabeza, como uno de los sucesores inmediatos de Magallanes.

 

La comitiva de invitados se dirigió al lugar previsto para el festejo, un claro en un bosquecillo de palmeras, donde el rey de Cebú había mandado prepararlo todo[6]. Allí, los nativos se abalanzaron sobre sus huéspedes sin que estos pudieran ofrecer verdadera resistencia, pareciendo como que, a la postre, Humabón se hubiera librado, de un solo golpe de sus invitados más eximios, convirtiéndose de este modo en dueño de las corazas y armas que portaban los expedicionarios.

 

 

 

De los que acudieron a la letal fiesta sólo se salvó el piloto Juan Lopes Carvalho, por haber decidido regresar pronto a donde estaba fondeada la flota. Allí, en una de las naos se encontraba Pigafetta, recuperándose de una herida de lanza sufrida en la batalla de Mactán, y que por ello no había ido a la celebración.

 

José Serrano, también auspiciado para suceder a Magallanes, en el último instante pudo desembarazarse de los asesinos, y salió corriendo hacia donde estaban ancladas las tres naos, de modo que al llegar, advirtió a gritos del desastre que se le venía encima. Pero los nativos, le dieron alcance y le rodearon y lo ataron. El portugués gritó con todas sus fuerzas, para que sus compañeros suspendieran el cañoneo que habían emprendido frente al poblado de Humabón. Y viendo cómo peligraba su vida, salvo que mediara un rescate, pidió por el amor de Dios que se le enviara un bote para salvarlo, pero nada de eso se hizo. Los tres barcos se dieron rápidamente a la vela, y Serrano, viendo que le abandonaban, formuló su más tremendo juramento:

 

  • ¡En el día del juicio final os demandaré ante el trono de Dios por esta traición canallesca![7].

 

Después de la tragedia: desde Cebú rumbo a no se sabe dónde

 

Las tres naos consiguieron salir del trance, dejando atrás Cebú, para en navegación de sólo diez millas llegar a la isla de Bohol (volver al mapa de Filipinas). Y allí fue donde el mentado Juan Lopes Carvalho –ya sucesor efectivo de Magallanes como Capitán General tras la muerte de Barbosa y el rapto de Serrano—, hubo de tomar una decisión drástica: sin tripulación suficiente tras las matanzas de Mactán y Cebú (nueve hombres primero, y luego 37) era imposible mantener las tres naos en navegación.

 

Se decidió, pues, que de la nao Concepción, la que estaba en peor estado, fueran retirados sus aparejos más útiles, clavazón, maderas, subsistencias, instrumentos, etc. Luego, el buque fue pasto de las llamas, quedando ya sólo dos naos (Victoria y Trinidad) para continuar la expedición. Al contar hombre por hombre, los componentes de la tripulación, al salir de Cebú, eran 115 de los 245 embarcados en Sevilla.

 

Y aquí termina la historia de la expedición Magallanes, muerto en Mactán, creándose una situación de verdadera emergencia para los menguados navegantes. Pero siguiendo la expedición a pesar del inesperado final de su capitán general. El más largo viaje seguiría, hasta su final.

 

 

 


[1] Danilo Madrid Gerona, “El desembarco…”, ob.cit., pág. 211.

[2] Emma Lira, “La primera vuelta al mundo. 500 años de la expedición Magallanes-Elcano”, National Geographic, septiembre 2019.

[3] James Alexander Robertson, «Catholicism in the Philippines», The Catholic Historical Review, vol. nº 4. Enero 1918, p. 376.

[4] Danilo Madrid Gerona, “El desembarco…”, ob.cit., pág. 215.

[5] José Calvo Poyato, La ruta infinita, ob.cit., p. 376 y sig.

[6] Stefan Zweig, Magallanes, ob.cit., pág. 244.

[7] Ibidem, pág. 246.