La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (IV)
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La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (IV)

El profesor Tamames firma la cuarta entrega sobre su serial de la primera vuelta al mundo en barco. 

Para que lo sepan todos los lectores de Tribuna: las últimas noticias son que el buque-escuela Juan Sebastián Elcano está hoy fondeado en Manila, la capital de Filipinas, en su viaje de vuelta al mundo, evocando la primera circunnavegación Magallanes-Elcano. Por nuestra parte, seguimos con la narrativa de la expedición, y entramos en lo que fueron sus largos preparativos, pues no en vano se calculó que la trayectoria de ida y vuelta, siempre por el hemisferio español, llevaría un tiempo no menor de dos años. En la larga organización de la travesía, el primer incidente serio fue que Magallanes dejó en tierra a su compañero el cartógrafo Faleiro. Un acontecimiento que se produjo con el propósito de embarcar a Juan de Cartagena, que había de ocupar un puesto principal, tan importante como el de Magallanes, de veedor del rey. Seguirá el tema del avituallamiento de las cinco naves, y de las cualidades y problemas de una tripulación de casi 250 hombres.

 

 

PREPARATIVOS DE LA EXPEDICIÓN

 

Incluimos los detalles de toda la expedición con las naves, sus planas mayores, avituallamiento, marinería contratada y una serie de episodios. Se compraron, previa expropiación, las cinco naos, lo que se hizo en el norte de España, en Vizcaya y Guipúzcoa. Y de inmediato, navegaron a Sevilla a fin de ponerlas a punto en sus atarazanas. Posteriormente, fueron reuniéndose los elementos que habían de ser cargados en los barcos, desde las piezas de artillería y su munición, hasta la vajilla; pasando por víveres e instrumentos de navegación. Sin olvidar la llamada mercancía de rescate (espejos, cuentas de cristal, objetos de metal, vestimenta, etc.), se llevaba al objeto de tratar con los naturales una vez llegados al área de las Molucas.

 

Los casos de Faleiro y Cartagena

 

Ya estando los preparativos muy avanzados, cabe reconstruir la tensa escena que tuvo lugar en la Casa de la Contratación, cuando sus oficiales Matienzo y Recalde convocaron a Magallanes para mostrarle las cartas que acababan de llegar del rey, fechadas en Barcelona el 26 de julio de 1519, con cuatro órdenes diferentes.

 

Rui Faleiro, el más distinguido cosmógrafo y cartógrafo portugués en aquellos tiempos de la primera circunnavegación. En cierto modo fue traicionado por su propio mentor, Magallanes, a cuya ascensión tanto había contribuido

 

En la primera de ellas, Carlos I daba orden para que Ruy Faleiro se quedase en Sevilla, siendo sustituido en su cargo por Juan de Cartagena, evitando de ese modo un mando excesivamente luso. Luis Mollá, capitán de navío de la Armada española, y autor de una epopeya ficcionada sobre el más largo viaje, cree que Faleiro fue apartado por la propia Casa de Contratación, al frente de la cual el obispo Rodríguez de Fonseca, preconizó una importante criba de portugueses.

 

Faleiro, que tenía mala fama de bebedor y mujeriego, fue sustituido por Juan de Cartagena, como representante directo del rey en la expedición, con nivel análogo al del propio Magallanes, nombramiento que se debió, según rumores, al hecho de que Cartagena era hijo ilegítimo del obispo Rodríguez de Fonseca. Cosa que al capitán general no le complació para nada, empezando las disputas bien pronto, cuando Cartagena llegó a Sevilla en julio de 1521, junto con Cristóbal de Haro, con las consecuencias que luego veremos.

 

No está claro lo que el rey (o el obispo Rodríguez de Fonseca) tenían in mente con la idea de que Cartagena sería «conjunta persona» con Magallanes[1]. Un tema sobre el cual los historiadores siguen discutiendo, coincidiendo en que Cartagena quedaba en pie de igualdad con Magallanes, en sustitución de Faleiro. Ante esa suposición, Magallanes protestó en elevado tono en las cartas intercambiadas con la Casa de la Contratación, pero antes de embarcarse tuvo que aceptar a Cartagena, por lo menos en apariencia[2].

 

En la segunda de las misivas reales, se ordenó que los oficiales de la Casa de la Contratación nombrasen a los despenseros. Señalándose en la tercera instrucción que los escribanos continuasen siendo los que había elegido Magallanes, siempre y cuando los designados fuesen naturales de los reinos propios de Carlos I y, por lo tanto, no lusos.

 

 

 

En la cuarta indicación del rey, se insistió en el tema más conflictivo, el gran número de portugueses pendientes de enrolarse[3], disponiéndose que cada uno de los capitanes de las naos no llevasen más de cuatro o cinco marineros de esa nacionalidad por barco: los excedentes debían ser despedidos. Magallanes redujo algo, más bien poco, el número de sus compatriotas que quedó en 26 (véase cuadro adjunto con los detalles por barco y nacionalidades).

 

En ese contexto, la desconfianza entre portugueses y españoles provocó un serio incidente durante los preparativos de la expedición. Más concretamente, el 22 de octubre de 1518, durante la maniobra de varada de las naos a orillas del Guadalquivir, Magallanes, siguiendo la tradición, colocó en el cabestrante de una de ellas su escudo de armas. Resultando que los asistentes a la operación lo confundieron con el blasón de Portugal, provocándose entonces un tremendo revuelo. Los funcionarios de la Casa de Contratación de Sevilla, y el Cabildo de la ciudad intervinieron; obligando al Capitán General quitar aquellos símbolos, si bien es cierto que en su defensa acudieron el tesorero de la Casa de Contratación, Sancho de Matienzo, y el piloto Juan Rodríguez Mafra, que salió herido en la refriega[4].

 

Aprovisionamiento de las naves

 

Las labores finales de Magallanes preparando la expedición fueron muchas y arduas: recorrer buque a buque, revisándolo todo. Durante el día había de luchar con los funcionarios y suministradores, y por la noche, temía haber olvidado algo, o tal vez imaginaba que los barcos, como seres vivientes, experimentarían mil y una vicisitudes: los temporales podían rajar las velas y hacer pedazos las jarcias; el agua siempre estaba para carcomer la madera y oxidar el hierro; la oscuridad gastaría el aceite y las bujías. Era preciso, pues, que hubiese doble y múltiple repuesto de cada pieza, cada ancla, y fueron necesarias cuarenta carretadas de madera para reparar enseguida cualquier daño y renovar cada cuaderna; así como disponer de toneladas enteras de pez y brea, y cera y estopa para calafatear[5].

 

También se hubo de hacer provisión de brújulas, agujas para ellas, relojes de arena (ampolletas), astrolabios, cuadrantes y planisferios. Y para la contabilidad habían de llevarse quince libros, como también hubieron de acopiarse medicamentos y utensilios para la farmacia, escarificadores para los sangradores, esposas y cadenas para los insubordinados. E incluso se pensó en el esparcimiento, llevando cinco grandes tambores y veinte instrumentos musicales entre tamboriles, violines, pífanos y gaitas[6].

 

La intrépida marinería[7]

 

Ni Albo ni Pigafetta –dos de los autores más significativos por sus crónicas del más largo viaje— dieron cifra exacta de los embarcados en la expedición, que largó velas del muelle de las Mulas, del sevillano barrio de Triana el 10 de agosto de 1519; día de San Lorenzo, bajo un sol de castigo. Por su parte, el historiador vasco José Ignacio Tellechea da la cifra en doscientos cincuenta hombres, y el también historiador vasco Ignacio Arteche la sube hasta doscientos sesenta y cinco. Finalmente, en su exhaustivo estudio Elcano, los vascos y la primera vuelta al mundo, Daniel Zulaika la fija en doscientos cuarenta y tres[8].

 

Aunque en la firma de las Capitulaciones de Valladolid se fijó un número de 234 tripulantes para la armada, en el documento del acuerdo final aparecen 239. Número que, por lo demás, varió por altas y bajas de última hora en Sevilla, Sanlúcar y Tenerife. La cifra que más se baraja sitúa el número en torno a 245 tripulantes.

 

De esa tripulación global, alrededor de dos tercios, 169, eran españoles. Con una amplia mayoría de andaluces y vascos[9]. Entre los extranjeros, los más numerosos eran los italianos, con 27 individuos, y los portugueses, con 24. También se embarcaron griegos y alemanes, y una serie de esclavos malayos, moriscos, africanos, así como algún que otro criado procedente de India.

 

Por profesiones, sabemos las de los dieciocho supervivientes de la nao Victoria: el capitán, Juan Sebastián de Elcano, marino; tres contramaestres: Francisco Albo, Miguel de Rodas y Juan Acurio; un sobresaliente, Antonio Pigafetta; un barbero, Hernando de Bustamante; un lombardero, Hans de Aquisgrán; tres grumetes: Juan de Arratia, Juan de Santander y Vasco Gomes; un paje, Juan de Zubileta; y siete marineros: Diego Gallego; Martín de Iudicibus, Nicolás de Nápoles, Miguel Sánchez, Antonio Hernández Colmenero, Juan Rodríguez, y Francisco Rodríguez[10].

 

De los 18 supervivientes que retornaron en la nao Victoria, eran españoles once: los cuatro vacos Juanes: Elcano, de Guetaria; Acurio, de Bermeo; Arratia, de Bilbao, y Zubileta, de Baracaldo[11]; tres andaluces, dos de Huelva (Juan Rodríguez y Antonio Hernández Colmenero) y uno de Sevilla (Francisco Rodríguez); dos gallegos (Diego Gallego y Vasco Gómez); un cántabro, Juan de Santander y un extremeño, Hernando de Bustamante. Seguían los griegos: Albo, de Quío; Nicolás, de Nápoles y dos Migueles, propiamente de la isla de Rodas, que por entonces era posesión veneciana. Había también tres italianos (Pigafetta, Iudicibus y Antonio Lombardo); y un alemán, Hans de Aquisgrán.

 

Junto a esos 18, llegaron a Sevilla, además, al menos tres indígenas, que no se introducían en la cuenta por su condición de servidumbre: un tal Juan Cermeño, que recibió subsidios para “su comer y vestir se”; Francisco, un esclavo al que se pagaron las exequias cuando falleció tras intentar fugarse; y un Manuel, “principal y sabio”, malayo, a quien no se le permitió regresar al Maluco.

 

En la expedición se oían muchas lenguas, como en la torre de Babel. Algo perfectamente normal por entonces, pues, aunque para las tripulaciones sólo se querían españoles, las autoridades habían de ser flexibles y admitir a buen número de extranjeros que quisieran embarcarse, con tal de que no fueran herejes. Lo normal era que por lo menos el 20 por 100 de los marineros fueran no nacidos en los reinos de la Monarquía Hispánica[12].

 

Magallanes se expresó siempre en términos de que había intentado reclutar a marineros y especialistas naturales de la Corona de Castilla, como así mandaban las Capitulaciones de Valladolid; pero ni en Sevilla, ni en Málaga, ni en Cádiz, ni en los puertos de la costa de Huelva acudió suficiente número de españoles, o asimilados al pregón de convocatoria por el que se manifestaban las conveniencias de alistarse. La gente de mar autóctona se quejó de que el sueldo era escaso y el peligro grande, y de ahí que resultara obligado reclutar extranjeros con alguna experiencia marinera.

 

En el listado de tripulantes de la armada, los hombres estaban agrupados por barcos y, dentro de estos, por categorías: oficiales (capitanes, pilotos, escribanos, maestres, contramaestres, alguacil en la nao capitana), especialistas (cirujanos, barberos, carpinteros, despenseros, calafates, toneleros), marineros, lombarderos (artilleros), grumetes, pajes, criados… y sobresalientes, como Pigafetta[13].

 

En definitiva, de los hombres que partieron de Sevilla, quitando el medio centenar que desertaron en la nao San Antonio durante el cruce del Estrecho de Magallanes, solo regresaron a Sevilla 18 en la nao Victoria, y 12 más retornaron de Cabo Verde cuando pronto los portugueses terminaron liberándoles.

 

En cuanto a la desgraciada tripulación de la Trinidad, de su proyectado viaje Molucas/Panamá de cincuenta, solo volvieron a España cuatro hombres, entre ellos, su capitán Gonzalo Gómez de Espinosa y el piloto-cronista Ginés de Mafra[14].

 

No hay duda que tenía razón quién acuño el viejo dicho marinero del siglo XVI: “La mar es mina do muchos se hacen ricos, y un cementerio do infinitos están enterrados”.

 

 

Seguiremos la próxima semana, y en el interim los lectores de Tribuna podrán conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.

 

 

 

 


[1] Luis Moyá, La flota de las especias, Almuzara, Córdoba, 2017.          

[2] Carla Rahn Phillips, “La expedición Magallanes-Elcano”, en Actas del Congreso Internacional de Historia Primus cirdumdedisti me, V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, Valladolid, 20-22.III.2018, pág. 154.

[3] Juan Gil, “La propuesta de Magallanes y Faleiro y el apresto de la Armada”, ob.cit., pág. 28.

[4] Guadalupe Fernández Morente, “Los preparativos”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 91 y sig.

[5] Stefan Zweig, Magallanes, ob.cit.,, pág. 119.

[6] Ibídem, pág. 125 y sig.

[7] El tema de los intérpretes también fue importante en los preparativos, y entre ellos, el primer lugar correspondió a Enrique, originario de Malaca, y criado de Magallanes; de etnia malaya. Juan Gil, “La propuesta de Magallanes …”, ob.cit., pág. 32.

[8] Álvaro Bermejo, Juan Sebastián Elcano…, ob.cit.

[9] Pablo E. Pérez-Mallaína Bueno, “Los hombres del viaje más largo”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 105 y sig. Los datos referentes a los tripulantes que se exponen seguidamente se han tomado de Fernández de Navarrete, 1964, pp. 421-429, 462-463 y Fernández Vial, I., Fernández Morente, G. La primera vuelta al mundo. La nao Victoria. Sevilla: Muñoz Moya editores, 2001, pp. 77-81, 251-280.

[10] Alex Pella, “El regreso a Sevilla”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 247 y sig.

[11] María Jesús Cava Mesa, “Los tres vizcaínos que volvieron con Juan Sebastián Elcano”, Bilbao, agosto 2019.

[12] P E. Pérez-Mallaína, Los hombres del océano, Diputación Provincial de Sevilla-Expo'92, 1992, p. 63.

[13] Braulio Vázquez Campos, “Relación de tripulantes”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 113.

[14] Pablo E. Pérez-Mallaína Bueno, “Los hombres del viaje más largo”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 109.

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