La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (III)
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La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (III)

Tercera entrega de este apasionante serial que firma el profesor Tamames

Seguimos hoy con la primera circunnavegación, en un resumen especial para los lectores de Tribuna.  Siempre dentro del plazo de los 500 años de aquella gran proeza, que se produjo entre 1519 y 1522. Dedicando la sesión de hoy a dos personalidades muy diferentes, que tuvieron enorme importancia a efectos de realizarse el gran proyecto de ir a las islas de la Especiería, y volver, por el hemisferio español, sin vulnerar los derechos portugueses del Tratado de Tordesillas. El primero de esos personajes fue el banquero burgalés, con muchos intereses en Portugal, Cristóbal de Haro; cuya parte de financiación en la armada de Magallanes/Elcano tuvo una importancia decisiva. Resultó ser toda una especie de motor de arranque –detrás de él estaban los grandes banqueros alemanes—, sin el cual seguramente Carlos I no habría mantenido sus posturas iniciales de gran riesgo financiero al asumir tres cuartas partes de la financiación global. El segundo personaje resultó ser todo lo contrario: no quería que el proyecto de la Especiería del lado español tuviera éxito, porque le ponía en riesgo su gran fuente de riqueza: Manuel I de Portugal, enemigo acérrimo de Magallanes, hasta el punto de atentar contra él en varias ocasiones. Veremos, pues, en esta tercera entrega de la serie, esos dos elementos del Dramatis Personae; decisivos a la hora de la historia en que volvemos a sumergirnos.

 

 

El papel de Cristóbal de Haro

 

La presencia de Haro en la negociación para las capitulaciones de Valladolid, tuvo su origen en el hecho de que, como Magallanes, el banquero también había sido víctima de la avaricia e ingratitud por parte del rey Manuel I de Portugal[1]. Surgiendo así un rencor propicio al proyecto de una nueva ruta a la Especiería. De ahí que el banquero asegurara su buena disposición para financiar, junto con sus amigos comerciantes y banqueros, toda la expedición si ello fuese necesario: si la Corte española y la Casa de Contratación no querían invertir directamente lo necesario[2]. Con lo cual reforzó la convicción de Carlos I de que el negocio era seguro.

 

En la historia de Cristóbal de Haro, para lo que aquí interesa, nos situaremos alrededor de 1500, cuando numerosos mercaderes castellanos se instalaron en Amberes. Entre ellos, uno fue el hermano de Cristóbal de Haro, de nombre Diego, que pasados unos años, casó con Francisca, la hija de quien acabó siendo secretario de Carlos I, Maximiliano Transilvano, a quien veremos en el capítulo 7 como el primer autor de una crónica del más largo viaje.

 

El propio Cristóbal se radicó en Lisboa entre 1505 y 1510, para operar en negocios portugueses al servicio de las familias alemanas Fúcar y Bélzar (nombres castellanizados de los banqueros alemanes Függer y Welser), y dentro del área lusa en expansión, Haro hizo fortuna explotando el azúcar de Madeira, y desde 1510 obtuvo del rey Manuel I el derecho de importar libremente mercaderías en Portugal durante 15 años, lo​ que le abrió las puertas de un lucrativo comercio con los establecimientos lusos del Océano Índico[3].

 

Además, por encargo del rey de Portugal, Manuel I, Cristóbal de Haro había financiado el ya aludido viaje exploratorio secreto comandado inicialmente por Diego Ribero (1513), que recorrió el litoral atlántico sudamericano en busca de un paso interoceánico, según hemos visto antes. Ribero, como Diaz de Solís, murió en Río de la Plata, en un combate con indígenas y le sucedió en el mando Enrique Frois o Flores, que en el viaje de vuelta hubo de navegar a la isla de Puerto Rico por el mal estado en que se encontraba su carabela. Allí, en 1513, fue apresado y enviado a Santo Domingo y más tarde, por intercesión del rey de Portugal, a la Casa de la Contratación en Sevilla, donde la tripulación permaneció presa hasta 1517[4].

 

Por otra parte, Cristóbal de Haro, que como ya vimos contaba con autorización real para los negocios en la costa de Guinea, no obtuvo resarcimiento cuando por allí sufrió el hundimiento de siete barcos a manos del pirata portugués Esteban Iusarte, en versión del ya mencionado Maximiliano Transilvano[5]. Siendo cierto que en 1517 Haro regresó a España mientras que Iusarte fue capturado por Castilla a petición del rey de Portugal, y ejecutado en Oporto. En Lisboa, Cristóbal dejó a cargo de sus asuntos a su primo Nicolás de Haro.

 

Debe relacionarse que Cristóbal de Haro, ante la posibilidad de que Magallanes no encontrase el paso oceánico –como plan B, que se diría ahora—, previó, junto con el Obispo Rodríguez Fonseca, armar otra expedición para que explorase la costa occidental centroamericana. Expedición a cargo de Gil González Dávila y Andrés Niño, que partió de Sanlúcar de Barrameda una semana antes que la de Magallanes, con destino al actual Panamá; para desde allí, atravesando por tierra el istmo, seguir con naves construidas en esas nuevas tierras para el norte[6].​

 

Con autorización de la Corona, Cristóbal de Haro también armó una flota, bajo el mando de Diego García de Moguer, cuyo fin último era también la Especiería, con el derrotero seguido por Magallanes. La expedición zarpó de La Coruña en 1526 –no confundir con la Loaysa/Elcano—, que no cumplió esa instrucción: exploró el interior de la cuenca del Río de la Plata, donde colaboró, no sin cierto enfrentamiento previo, con una expedición de Sebastián Gaboto[7].​

 

La participación económica de Cristóbal de Haro en las actividades de la corona española llegó a tener un peso considerable en la Corte, y valiéndose de ese ascendiente, Haro habría contribuido a un cuarto intento de llegar a la Especiería, cuando en 1527 se puso de acuerdo con Pedro de Alvarado gobernador, capitán general y luego adelantado de Guatemala. Haro, todavía en la Casa de Contratación de las Especias de La Coruña, obtuvo de la Corona la concesión de esa nueva expedición a la Especiería. Navegación que finalmente se frustró debido a la muerte de Alvarado y a la venta de esas islas a Portugal dos años después por el Tratado de Zaragoza, según veremos[8].

 

Particularmente en los últimos años de su vida, Haro mantuvo un asiduo intercambio epistolar con Carlos V, registros que se han conservado, demostrándose, por ejemplo, que en el periodo de 1540-41, Haro organizó una serie de espionajes internacionales para el emperador. Entre ellos, uno sobre la conveniencia de enviar una flota espía hacia la costa norte de Francia, pues se rumoreaba que allí se aprestaba una expedición a la actual América del Norte comandada por Jean Cartier.

 

Así las cosas, al final de las Capitulaciones de Valladolid se acordó que un consorcio del rey y de armadores y banqueros asumiera lo principal de los gastos de la empresa: de un coste total de 8.334.335 maravedíes; el rey Carlos se arrogó 6.454.209, el 77,44 por 100, en tanto que el banquero Cristóbal de Haro, pasó a responder del resto, 1.880.126 maravedíes (22,66 por 100). En todo caso, Cristóbal de Haro fue el financiador global de la expedición y se ocupó de la liquidación de la carga que se llevó a Sevilla para las cinco naos[9].

 

 

El rey de Portugal contra Magallanes

 

Alvaro da Costa, el embajador de Portugal en Castilla, mantuvo a su rey, Manuel I al tanto de los movimientos de Magallanes desde su llegada a Sevilla, y, después de la firma de las Capitulaciones de Valladolid, siguió de cerca la organización de las cinco naves, sin aceptar una nueva ruta a las islas de las Especias que pudiera romper el monopolio luso. Que ya por entonces proporcionaba a Portugal grandes recursos anuales; a pesar de que sus flotas se habían abierto camino hasta Malaca, pero no definitivamente al Maluco[10].

                                                                       

Alvaro da Costa, para denigrar la empresa del Maluco, llegó a decir que las naves eran “galeones muy viejos y remendados. Yo me horrorizaría si con ellos tuviera que viajar nada más que hasta las islas Canarias, pues sus costillas son blandas como la manteca”. Pero Magallanes sabía bien de la gran eficacia de los carpinteros de ribera, vascos primero en la construcción; y andaluces, en las adaptaciones para mejorar barcos y remozarlos debidamente[11].

 

Cuando los barcos estaban acondicionándose, hubo un incendio en las atarazanas de Sevilla, episodio que cabe atribuir a los portugueses. En parte, como una venganza por lo sucedido cuando hubo otro incendio en Lisboa, de dos carracas que habían atracado en el Tajo para abastecer a la referida expedición secreta al Río de la Plata, en 1514, con fuego que al parecer fue promovido por agentes secretos de Castilla para impedir el proyectado viaje[12].

 

A pesar de todo, Carlos I dio garantías al rey de Portugal, en la carta que le escribió el 28 de febrero de 1519 de que en la expedición para nada entraría en el hemisferio luso.

 

 

Seguiremos la próxima semana, porque la circunnavegación, podría decirse en plan coloquial, tiene todavía mucho carrete. Y como siempre, los lectores de Tribuna pueden dirigirse al autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.

 

 


[1] Como se subrayó en la Revista de Occidente, treinta y cuatro nutridas páginas contiene el libro de Ramón Carande dedicado a Bancos y ferias: “Noticias y puntos de vista completamente nuevos. Se remansa en el análisis de los Bancos de Sevilla y los demás banqueros de más renombre: los Espinosa, Domingo de Lizarrazas, Pedro de Moya y otros”. Pero en cambio no se ocupó, extrañamente, de Cristóbal de Haro. Antonio Ballesteros Bretta, “Carlos V y sus banqueros”, en Revista de Occidente, Madrid, 1943.

[2] Stefan Zweig, Magallanes, ob.cit., pág. 98.

[3] Raymond Fagel (2012). «Los mercaderes españoles en Flandes y la corte: poder económico y poder político en dos redes de intermediarios». https://reposi-torio.uam.es/bitstream/handle/10486/1119/16922_A9M.pdf?sequence=1

[4] Rolando Agustín Laguarda Trías, El predescubrimiento del Río de la Plata por la expedición portuguesa de 1511-1512, Agrupamento de Estudos de Cartografia Antiga, Junta de Investigações do Ultramar, Lisboa, 1973.

[5] Maximiliano Transilvano, «Relación», 1523.

[6] Adelaida Sagarra Gamazo, «La trastienda atlántica. Hombres del rey en Tierra Firme y Mar del Sur (1514-1540)», Anuario de Estudios Atlánticos, Las Palmas de Gran Canaria, 2014.

[7] María Julia Gandini, «Las sirenas del Plata: nuevos rumbos de las expediciones de Sebastián Caboto y Diego García de Moguer en el Mar Océano Austral (1526-1530)», Revista Escuela de Historia, Universidad Nacional de Salta, Facultad de Humanidades, Escuela de Historia, julio de 2016. Señalemos que en un momento ulterior de su vida, en una expedición por el Índico, descubrió el archipiélago Chagos, con la isla de Diego García, que lleva su nombre. Al regreso de ese viaje, murió frente a las costas sudafricanas, en 1544.

[8] Esa es la misma expedición en que participara Ginés de Mafra, después de su vuelta al mundo con Magallanes, y siete años del retorno a España desde las Molucas.

[9] Juan Gil, “La propuesta de Magallanes y Faleiro y el apresto de la Armada”, en La primera vuelta al mundo, Taberna Libraria, Madrid, 2019, pág. 18 y sig.

[10] Stefan Zweig, Magallanes, ob.cit, pág. 105 y sig.

[11] Stefan Zweig, Magallanes, ob.cit, pág. 112.

[12] Ibidem, p. 44 y sig.

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