La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (I)
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La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (I)

Comienza el profesor Tamames un nuevo serial, en este caso dedicado a la primera circunnavegación del planeta

Dejamos atrás nuestra larga serie sobre la dictadura del General Primo de Rivera, para entrar hoy en un tema histórico. Se trata de la primera circunnavegación del planeta, una empresa española imperialmente auspiciada por el rey-emperador Carlos I/V. Que se produjo entre 1519 y 1522, hace medio milenio, con su actual conmemoración que terminará el próximo 2022. Como veremos, se trata de una historia que durante tres años movilizó esfuerzos inauditos, y con consecuencias geográficas y políticas decisivas. Se asumió el concepto de la esfera mundial, y se trazó el primer mapa del Imperio español de ultramar. Todo eso veremos con los lectores de Tribuna.

 

 

EL ESPEJISMO DE LAS ESPECIAS

 

Cabeza de Carlos I de España y V de Alemania, realizado circa 1520, por un anónimo artista flamenco. Se muestra al monarca con gran fidelidad en lo que respecta a sus rasgos faciales, claramente prognátivos. Fuente: Museo Nacional de Escultura (Valladolid). El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019.

 

Cuando Carlos I llegó a España (Villaviciosa, Asturias, 19.IX.1517), los comerciantes de toda Europa iban a Lisboa a buscar las especies para su ulterior distribución. Y recordaremos –adelantando hechos—, que en 1580, al ceñirse Felipe II la corona de Portugal, la ruta de las especias de Portugal-Holanda quedó prohibida para los neerlandeses, súbditos ya rebeldes de Felipe, desde 1568. Lo cual, en gran medida, fue la razón de que arreciara la guerra de los 80 años (1568/1648), entre España y las Provincias Unidas, la Holanda de entonces. 

 

El caso es que los precios de las especias llegaron a niveles muy altos, con un gran negocio para Lisboa. Y de ahí que Carlos I, nada más instalarse en la Corte de Valladolid (13.XI.1517), se planteara la forma de hacerse con el lucrativo monopolio de los lusos. En ese sentido, debe recordarse aquí que la búsqueda de las espe­cias, navegando hacia el occidente en vez de por el Este, no era precisamente algo nuevo, pues como ya vimos, el principal motivo del primer viaje de Cristóbal Colón en 1492, era precisamente llegar a la Especiería, con el hallazgo fortuito del Nuevo Mundo[1].

 

En 1475, el astrónomo y matemático alemán Regiomontanus había publicado, en sus Ephemerides, unas cartas sobre la base del mapa de Toscanelli. Llegando Colón a la conclusión de que sería posible alcanzar la Especiería, navegando hacia el oeste, con un recorrido mucho menor que bordeando toda África[2]. Y con la misma presunción, Fernando el Católico, después de la descubierta del Mar del Sur por Balboa en 1513, como rey regente de Castilla capitulaciones con el navegante Juan Díaz de Solís; concediéndole 4.000 ducados para armar una flota de tres navíos, de 30 a 60 toneles, y una tripulación de sesenta hombres. No se hizo referencia explícita al «Maluco», seguro que para no irritar a los lusos.

 

La armada de Solís salió de Sanlúcar el 8 de octubre de 1515 y, tras atravesar el Atlántico y bordear la costa de Brasil, descubrió el estuario del Río de la Plata, donde murió a manos de indígenas caníbales. De modo que, suspendida la expedición en 1516, dos de los tres navíos regresaron a Sevilla con los supervivientes, arribando el 14 de octubre. El rey Fernando no llegó a verlos: había muerto el 23 de enero de ese año. Pero Magallanes sí que conoció el episodio desde Lisboa, y quedó muy afectado por esas noticias. Como también debió animarle a ir a España el ya anunciado entronamiento de un nuevo rey, Carlos I.

 

Con base en Díaz de Solís y otras fuentes –las de la expedición secreta portuguesa de 1515, organizada por el banquero Cristóbal de Haro—, Magallanes formuló su hipótesis, no tan original: podría organizarse un viaje para ir a la Especiería a través del hemisferio español del Tratado de Tordesillas, sin entrar en el espacio luso, una travesía que sería más corta que ir a la India rodeando África. Lo que luego se revelaría, en su momento, como un cálculo errado, porque no se tenía idea exacta de las dimensiones de la Tierra, no conociéndose aún la existencia del Océano Pacífico, que no estaba en los mapas que Regiomontanus había tomado de Toscanelli: insistimos, lo mismo que le había pasado al propio Colón.

 

Magallanes tenía in mente para ese proyecto la descubierta del Mar del Sur por Balboa en 1513; y el hecho de que la distancia real de Malaca a las Molucas, la habían acortado los portugueses en sus tergiversaciones cartográficas, para que la zona cayera en su propio hemisferio de Tordesillas, lo que daba más fuerza a su hipótesis de que el Maluco estaba en el hemisferio español.

 

Aparte de eso, en 1511, por decisión de Alfonso de Albuquerque, Portugal había conseguido alcanzar las Molucas; expedición que permitió apreciar la gran riqueza local de especias, y sobre todo de clavo, la más valiosa.

 

Tres años después, en 1513, seguramente con anterioridad a Díaz de Solís, Cristóbal de Haro, banquero burgalés entonces residente en Lisboa –que después figurará mucho en esta narración—, promovió una expedición secreta con Diego Ribero y Enrique Frois— que alcanzó el estuario del Río de la Plata, pero que no fue más allá del paralelo 42ºS, ni vislumbró el paso del Atlántico al Mar del Sur; a pesar de lo cual dijeron que sí habían dado con él. Una información falsa, pero que Magallanes utilizaría para convencer al rey Carlos I de que la expedición que él proponía sí daría con el ansiado paso interoceánico[3].

 

Así pues, cuando Carlos I se estableció en Valladolid, ya había un ambiente favorable a de buscar el paso. Y el nuevo rey, rodeado como estaba de consejeros, en conexión con banqueros alemanes y financieros holandeses, ciertamente sabían bien qué significaba el mercado de las especias[4]. En otras palabras, el joven monarca tuvo claro lo que podría suponer ese negocio, y por ello atendió tan inmediatamente a Magallanes en su Fernando de Magallanes, según grabado, más imaginario que realista, anónimo, del siglo XVI. Fuente: Benito Valdés (Ed.), Primera Circunnavegación del globo, Instituto de Academias de Andalucía, Málaga, 2019.viaje a la Corte en Valladolid, en 1518.

 

 

Fernando de Magallanes, según grabado, más imaginario que realista, anónimo, del siglo XVI. Fuente: Benito Valdés (Ed.), Primera Circunnavegación del globo, Instituto de Academias de Andalucía, Málaga, 2019.

 

QUÉ IDEÓ HERNANDO DE MAGALLANES

 

Aunque sea breve, veremos un esquema biográfico del gran navegante. Nacido en la proximidad de Oporto, en 1480, en una familia de hidalgos con asiento en la Corte del rey de Portugal, en la que el joven Hernando entraría como paje de la reina Leonor, esposa de Juan II (para los reyes portugueses, ver el cuadro genealógico del capítulo 9).

 

Viajes y vicisitudes entre Oriente y Occidente

 

Contagiado del ambiente de las grandes navegaciones lusas, muy joven, Magallanes adquirió conocimientos geográficos y náuticos, y sus primeros movimientos conocidos corrieron parejos a la expedición del Almirante Francisco de Almeida a India (1505). En la que estableció lazos de amistad con Francisco Serrao (Serrano, en las referencias españolas) del que recibiría valiosos conocimientos, haciendo juntos un viaje hasta las propias Molucas[5]. Serrano iría después en el más largo viaje.

 

Magallanes tuvo una confidencia de Francisco Serrano, en el sentido de que él mismo había calculado, en menos, la distancia entre Malaca y las islas de las especias, en la idea de que el Maluco quedara dentro del Antimeridiano de Tordesillas, a favor de Portugal. De modo que siendo mayor esa distancia en la realidad, las Molucas estarían en el hemisferio español.

 

En su gran viaje a Oriente todavía de juventud, Magallanes participó en una serie de acciones de descubiertas y episodios bélicos, como la toma de Mombasa, África occidental (hoy Kenia); y en el combate de Diu (India), en el cual, el citado almirante Almeida aplastó el poderío naval turco en el Océano Índico. Asimismo, tomó parte en la armada de Diego López de Sequeira a Sumatra; y en 1511 fue parte de la expedición organizada por el virrey Alfonso de Alburquerque para la conquista de Malaca, en los estrechos del mismo nombre, empresa en que se portó valientemente y fue herido. Allí, los portugueses organizaron su propio mercado de las más apreciadas especias, con género que llegaba desde las islas del Maluco, más de mil millas al Este, entre Borneo y Nueva Guinea[6].

 

A su vuelta de Malaca a la India, Magallanes tuvo negocios en los que se arruinó, regresando entonces a Portugal, ansioso de recuperar su anterior nivel patrimonial. Para lo cual participó en nuevas aventuras, y concretamente en una expedición lusa a Marruecos, donde fue gravemente herido en la batalla de Azamor (1513). Que le dejó una leve cojera que habría de soportar el resto de su vida, secuela que parece empeoró su mal humor congénito y su desconfianza de casi todo.

 

Casa de contratación de Sevilla, hoy Archivo General de Indias

 

Fue entonces cuando se le asignó una tarea, en compañía de otro oficial, el puesto de cuadrileiro, a fin de cuidar del ingente botín de caballos y demás hacienda tomado a la morisma. Menesteres en los que se produjo el incidente de que una noche desaparecieran algunas caballerías, circulando el rumor de que Magallanes las había vendido a los enemigos[7].

 

Como consecuencia de ello, Don Hernando no recibió ninguna reparación del rey. Siendo cierto que entonces inquirió al monarca sobre si podía servir en otro país donde se le dispensara mayor atención, a lo que Juan II respondió con frialdad, dando a entender que la cosa le era más bien indiferente[8]. Aunque luego, Manuel I le consideró un proscrito, estigmatizándole como traidor, por ser lo que se llamaba suo rege tránsfuga[9]; algo que destacó el gran poeta Camoens, en As Lusiadas.

 

En ese contexto, y retirado un tiempo a su Oporto natal, debió madurar su proyecto de navegar a la Especiería por el hemisferio español. Y lo hizo, ya en Lisboa, en íntima relación con Rui Faleiro, notable cosmógrafo, que había escrito un tratado para la determinación de las longitudes a efectos de navegación[10]. Con su ayuda, Magallanes fundamentó su proyecto, pero cuando empezó la verdadera acción, Rui Faleiro no acompañó a Magallanes en su viaje a Sevilla, donde el navegante arribó el 20.X.1517. El cartógrafo se quedó en Lisboa para resolver algunos problemas judiciales, relacionados con acusaciones de violencia por su parte, en cierta aventura amorosa. Así, Magallanes, que no perdió el tiempo en Sevilla, asumió el máximo protagonismo en la idea del gran viaje al Maluco, lo que condujo a creciente desconfianza entre ambos socios[11].

 

 

Seguiremos la semana próxima, y como siempre, los lectores de Tribuna podrán comunicarse con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.

 

 


[1] José Luis Martínez, Hernán Cortés, Fondo de Cultura Económica, México, 2006

[2] Álvaro Bermejo, Juan Sebastián Elcano. Las raíces del Horizonte, texto inédito, cedido por su autor.

[3] Sergio Sardone, “El ‘Maluco’. La financiación de las expediciones, 1518-1529”, en Actas del Congreso Internacional de Historia Primus cirdumdedisti me, V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, Valladolid, 20-22.III.2018, pag. 226.

[4] Enriqueta Vila Vilar, “El inicio de un asombroso viaje”, ABC, 10.VIII.2019

[5] José Cervera Pery, “Fernando de Magallanes, perfil humano de un navegante”, en V Centenario de la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, Revista General de Marina, tomo 277, agosto-septiembre 2019, pág. 268.

[6] José Luis Comellas, La primera vuelta al mundo, 3ª ed., Rialp, Madrid, 2019, pág. 31.

[7] Stefan Zweig, Magallanes. La aventura más audaz de la humanidad, Editorial Maxtor, Valladolid, 2017, pág. 59.

[8] Stefan Zweig, Magallanes..., ob.cit., pág. 63.

[9] Ibidem, pág. 69.

[10] Tratado del Esphera y del Arte de Marear, con licencia para su impresión por diez años concedida por la reina doña Juana desde Tordesillas en 1532, vio la luz en Sevilla en 1535

[11] José Calvo Poyato, La ruta infinita, HarperCollins, Madrid, 2019, p. 86