La otra crisis: errores, críticas y gestos de humanidad de la clase política
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La otra crisis: errores, críticas y gestos de humanidad de la clase política

La ministra de Defensa, Margarita Robles. Foto: EP

Los políticos deben demostrar si son capaces de estar a la altura que la situación exige: algunos lo han logrado, otros no parecen dispuestos. Si fallan, su redención será complicada.

La crisis sanitaria del coronavirus va a poner a prueba durante los próximos meses, y puede que años, la resistencia de todas las estructuras de nuestra sociedad, desde los servicios sociales a las libertades públicas, y el estamento político no va a ser ajeno a esta prueba de carga. En realidad, nuestros políticos llevan años bajo los focos, jugándose una credibilidad menguante y sin protagonizar grandes progresos, y los grandes perjudicados somos los ciudadanos. Los años de bloqueo, la gresca continua, el avance de los populismos y la corrupción han llevado a la clase política a su nivel más bajo de estima social. El desafío histórico que está suponiendo esta pandemia global es un momento para la altura de miras, y por qué no, para reivindicar las necesidad de la buena política, pero por ahora el resultado es muy desigual.

 

En el comportamiento de buena parte de nuestros políticos se aprecia un desconocimiento de cuándo, dónde y cómo se tienen que hacer las críticas. Esto es algo que falta desde hace tiempo, y se nota en la pérdida de la llamada cortesía parlamentaria, una habilidad dialéctica que permite hacer la labor que toca, de gobierno o de oposición, defendiendo los postulados propios sin destrozar los del adversario político. Los discursos de los últimos tiempos, llenos de palabras gruesas, cuando no insultos, en los que el menosprecio es estrategia habitual, son la prueba más evidente de las carencias de muchos de los que ocupan ahora escaño. Lo vemos tanto en los hemiciclos como ante los micrófonos o en las redes sociales, donde muchos se retratan en actitudes poco favorables. Justo lo contrario de lo que les corresponde como obligación, que es enseñarnos el rumbo hacia un futuro con muchas sombras.

 

Ese saber hacer se ha echado en falta en los pocos momentos de estabilidad parlamentaria de los últimos años, pero lo más grave es que ni siquiera la delicada situación actual ha animado a muchos de nuestros políticos a demostrar que saben comportarse. Lo hemos visto, por desgracia, con cada uno de los fallos que el propio Gobierno asume. La gestión de la crisis sanitaria, social y económica está llena de errores e imprecisiones, borrones en un libro que cada país ha tenido que empezar a leer y que se encontraba totalmente en blanco.

 

Los patinazos han sido importantes, de los mayores, la decisión de las salidas de los niños desde este domingo. Tras semanas de tira y afloja, el lío de edades, horas y condiciones ha dejado mal a todos los que han participado. Lo único bueno de esta medida ha sido la voluntad de rectificación. Y eso debería haber bastado para evitar las críticas vertidas, de tono muy contundente, difícilmente válidas incluso en otro momento, totalmente inaceptables en el actual. Y no estamos hablando de tapar las vergüenzas de un Gobierno que, cuando llegue el momento, deberá explicarse, sino de evitar las acusaciones de genocidio o las querellas judiciales cuando están muriendo miles de personas.

 

En su lugar, y por fortuna, brillan con luz propia actitudes y comportamientos edificantes, también en la denostada clase política. Responsables que no solo pregonan la lealtad, sino que la practican en todo momento. Es el caso del alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeyda, que va a demostración diria de cómo ser capaz de pedir unidad y no darse la vuelta al segundo para criticar. O el de la ministra Margarita Robles, que al frente de todo un Ministerio de Defensa ha dado una cruda prueba de honestidad, sensibilidad y humanidad. O uno muy cercano, el de la consejera de Sanidad de Castilla y León, Verónica Casado, que se niega a convertir los errores del Gobierno central en carne de política, toda una demostración de clase y saber estar. Así que hay esperanza.

 

El desafío al que se enfrenta nuestro país es mayúsculo, es difícil que en el próximo siglo nuestra sociedad tenga que volver a enfrentarse a una situación tan dura. Si ni por esas es capaz nuestra clase política de practicar la responsabilidad, mal vamos. Y responsable ahora es construir la unidad, asegurarse de que nuestra sociedad es todo lo fuerte que necesita para derrotar a su enemigo y dejarse de trucos falsos. Practicar la política en mayúsculas. Están obligados a dar la talla, a estar a altura, y para algunos parece muy complicado. Esa es ahora su primera gran obligación. Para lo demás, habrá tiempo.