La impresentable bronca política por el toque de queda en plena tercera ola
Cyl dots mini

La impresentable bronca política por el toque de queda en plena tercera ola

Un agente de la Policía Nacional atiende a un ciudadano en el toque de queda del sábado. Foto: Ical

Añadir más ruido, politizar la pandemia, retrasar las decisiones y acabar en los juzgados no va a frenar la tercera ola ni reducirá la cifra de enfermos y muertos: los políticos de todo signo nos vuelven a fallar.

La cuesta de enero se adivinaba complicada, pero en realidad se ha convertido en un caos aterrador. Al crecimiento imparable de los contagios y los enfermos y el, por ahora, progresivo aumento de los fallecidos, se suma el descontento de los sectores económicos afectados por las restricciones y un creciente desaliento entre los ciudadanos por el constante cambio de normas y escenarios: la negra perspectiva de una crisis sanitaria, económica y social se cierne sobre nosotros sin que nadie parezca en disposicion de evitarlo, más bien al contrario. La sensación es como la de ponerse en bucle la escena más memorable de 'Una noche en la ópera', esa que ha pasado a la historia como paradigma del barullo y la confusión. Pues bien, ese camarote por el que desfilan las ocurrencias de los hermanos Marx es en estos momentos críticos el cubil en el que los responsables políticos que dirigen las administraciones son incapaces de ponerse de acuerdo, y no puede estar más lleno.

 

El último capítulo está siendo el del toque de queda anticipado de Castilla y León. El Gobierno de la Junta decidió iniciarlo a las 20.00 horas en un nuevo intento de frenar el avance imparable del Covid, objetivo loable sin duda. Amparados en los pésimos datos epidemiológicos, Mañueco, Igea y Casado anunciaron y aprobaron casi de inmediato un nuevo paquete de medidas, el enésimo, para reducir la interacción social, el origen comprobado de gran parte de los brotes y contagios que están disparando la enfermedad hacia una violenta tercera ola. No hay duda, esto hay que pararlo y tiene que ser cuanto antes por una sencilla razón: ya es tarde. Los hospitales ya están muy llenos y siguen acelerando hacia el colapso. Ahora no queda otra que intentar evitarlo como sea, y si tiene que ser con dos horas más de toque de queda, que sea.

 

No obstante, el fundamento de esta decisión hay que buscarlo, como tantas veces han reconocido desde la Junta, con quince días de anticipo. Es el tiempo que se toman los nuevos casos positivos, los ingresos en planta y en UCI: los contagios que se suman hoy, el domingo o desde el 7 de enero no hay que buscarlos en este fin de semana de terrazas bajo cero, sino en las reuniones y la movilidad de Nochebuena, Navidad, Nochevieja y, en un futuro, Reyes y rebajas. Sí, los contagios que ahora nos escandalizan son los de las navidades. No debe sorprendernos porque lo sabíamos.

 

La solución, y es triste decirlo a posteriori, la conocemos ahora y la conocíamos entonces: haber sido todo lo duros que se pudiera con las medidas para la época de más movilidad y contacto sociofamiliar del año, y todo lo responsables que fuera necesario, porque todos tenemos nuestra parte de culpa. Los datos, aquellos días, no justificaban la decisión y si no se tomó fue con la esperanza vana de quien sabe lo que iba a ocurrir: sabíamos que lo que hiciéramos en Navidad se reflejaría en enero. Pero lo más importante es que ahora ya da igual. En realidad lo más impresentable es lo que ha ocurrido después.

 

Con Castilla y León y todo España acorralada de nuevo por el virus, Junta y Gobierno central han decidido jugar al gato y el ratón, a buscarse y encontrarse, y sólo podemos lamentarlo. La Junta ha forzado los límites estrictamente legales de la medida, sin duda buscando una solución, y lo hace acusando al Gobierno, y puede que con razón, de tardar en reaccionar. El Gobierno, por su parte, ha pasado en horas de abrirse a negociar cambios que tengan encaje legal a denunciar a Castilla y León ante el Supremo. Y todo esto huele a política de la peor.

 

La catarata de reproches, argumentos y contraargumentos demuestra que ninguna de las partes acierta. A estas alturas nadie puede pensar que la solución es llevar este asunto al Supremo y acabar donde se han sustanciado el 'procés' o la ilegalización de partidos, por hablar de dos tareas recientes del alto tribunal. A la ciudadanía, atemorizada con lo que se avecina, le da igual quién tiene o no tiene razón, diga lo que diga el Supremo. Es más, la decisión del alto tribunal no va a frenar la pandemia tenga quien tenga la razón. Lo que tenemos entre manos ahora no va de eso, sino de entenderse y ayudar. Bordear la ilegalidad para tomar una decisión unilateral de inciertas consecuencias es tan inútil como tender la mano y después recurrir al Supremo. Hace falta tomar decisiones claras, sobra montar otro lío.

 

Añadir más ruido, politizar la pandemia, retrasar las decisiones y acabar en los juzgados no va a frenar la tercera ola ni reducirá la cifra de enfermos y muertos: es irresponsable haber aplicado a una pandemia en la que nos va la vida y el futuro las mañas del peor de los defectos de la política actual.

 

De todos los males que asolan desde hace unos años a la España democrática, este el más dañino: la bronca política. Es el recurso más pobre de nuestros representantes y sus partidos. Retrata con insistencia sus incapacidades mientras los ciudadanos asistimos, atónitos, una y otra vez, a la ceremonia de la confusión, la irresponsabilidad y la insensatez. En marzo pareció que la vituperada clase política iba a hacer acto de contrición con la pandemia del Covid, pero la tregua duró muy poco y hace meses que sucumbieron a una tentación que parece irresistible para ellos.

 

La bronca política es el epítome trágico de nuestra vida pública y sus protagonistas. Una inclinación destructiva que arrasa con todo, que desnuda las flaquezas de nuestros políticos y dirigentes. Un tufo partidista que, en este caso concreto, impregna un intercambio de deslealtades bochornoso, la querencia por buscarse (y encontrarse) que empuja una y otra vez a cargos de todo rango al uso del 'y tú más', a la incongruencia, a la inconsistencia y a la politica de corto plazo y pocas miras. Es triste decir que pocos o ninguno se salvan porque todos o casi todos cometen este pecado. Con el Covid lo han hecho, así que poco más se puede esperar.