Fracaso, irresponsabilidad, incapacidad: el peligroso precedente de forzar unas elecciones

Elecciones sindicales USAL (Foto: Universidad de Salamanca)

La convocatoria de unas nuevas elecciones retrata a la clase política española en su momento más bajo. Los principales líderes han desdeñado el mandato claro de la ciudadanía, el de pactar en favor del país, y tras perder seis meses más prolongan la parálisis pública en un momento muy delicado.

Este lunes finaliza el plazo para intentar elegir un presidente del Gobierno y España se encamina a unas nuevas elecciones, las cuartas en cuatro años. Desde que aquel octubre de 2015 Mariano Rajoy anunciara, en una entrevista televisiva, que convocaría elecciones anticipadas los políticos españoles han sido incapaces de dar al país no ya un rumbo claro y firme de progreso, sino la mínima estabilidad. Bien al contrario, desde aquel día los intereses del Estado han sido relegados de manera progresiva en la escala de prioridades que manejan los líderes políticos, hasta llegar a un punto de no retorno. No hay  más que ver cómo se alcanza este lunes el fin del plazo constitucional, sin un solo movimiento, sin negociaciones, sin mostrar un solo rictus creíble de preocupación y entregados a otra cita electoral cuando han despreciado el resultado de la última.

 

El anuncio de Rajoy aquel lejano 2 de octubre de 2015 llegó en pleno descrédito de la clase política, ganada a pulso por la sucesión de escándalos de corrupción. Las revelaciones periodísticas y la resolución judicial de muchos de los casos enterraron en las urnas aquel diciembre el bipartidismo, con la irrupción de Podemos y Ciudadanos, pero en vez de pluralidad se dio paso a un largo período de indefinición que todavía dura. Tras aquellas elecciones, sin mayoría, hubo que esperar 315 días de gobierno en funciones para elegir un presidente, ya en octubre de 2016, cuando el propio Rajoy sacó adelante su candidatura con la abstención del PSOE. Ni dos años después, en junio de 2018, se convertía en el primer presidente relevado por una moción de censura, tras descartar la opción de dimitir por la sentencia condenatoria del caso 'Gürtel'.

 

Lo que vino después fue un gobierno más en minoría como aquel al que sustituyó, que no ha podido sacar adelante presupuestos ni de lejos y que también tuvo que anticipar elecciones ante su debilidad parlamentaria. De aquellos últimos comicios salió un panorama fragmentado, pero en menor medida, con un partido claramente más apoyado que el resto. Visto el calendario, y los años de inestabilidad, invitaba a un gran acuerdo para poner en marcha al país de una vez. Eso es lo que le dijeron los españoles en las urnas a los cuatro grandes actores políticos.

 

Sin embargo, los respectivos líderes políticos han desdeñado el mensaje del electorado y han tirado a la basura el resultado de aquella jornada, toda una falta de respeto a los ciudadanos, no sin antes haber sumado otros seis meses a la larga espera por un gobierno estable, que pudiera por lo menos ponerse en marcha. En su lugar, Pedro Sánchez, Pablo Casado, Pablo Iglesias y Albert Rivera han dedicado su tiempo al tacticismo, a cultivar sus recíprocos odios y a trabajar para sus partidos políticos. Nada de todo eso está entre las prioridades de los españoles.

 

La falta de un acuerdo es el mayor fracaso político de la historia de la democracia española, y el episodio guarda para sus protagonistas un lugar destacado en el libro del oprobio

 

La falta de un acuerdo es el mayor fracaso político de la historia de la democracia española, y el episodio guarda para sus protagonistas un lugar destacado en el libro del oprobio. En cualquier otro momento sus carreras políticas estarían acabadas; la dimisión no parece entre sus planes, pero puede que el 10-N reciban la puntilla de los españoles, que los toman ya como un mal menor. La actitud de quienes deberían guiar la política nacional ha sido una irresponsabilidad grave que puede tomar tintes dramáticos si los síntomas de desaceleración se confirman y arranca una recesión mientras los actores políticos nos llevan alegremente a otras elecciones, prolongando la preocupante parálisis del Estado unos meses más.

 

Ahora solo resta volver a votar, y hay que hacerlo más que nunca. No sirven las llamadas a una baja participación: la cita con las urnas es una enorme responsabilidad que tenemos todos los ciudadanos españoles. Así hay que entenderlo por encima de la altura de miras de los gestores de ese resultado. Puede que sea la única manera de que entiendan qué esperan los españoles de quienes se presentan a unas elecciones para ser presidente del Gobierno.