Errores, aciertos y la gran tentación de la fiebre de las peatonalizaciones
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Errores, aciertos y la gran tentación de la fiebre de las peatonalizaciones

Una terraza  en Valladolid. JUAN POSTIGO

Ampliar el espacio público con el peatón en el centro de las políticas de movilidad debe ser la norma, pero hay que integrar la bicicleta y evitar convertir la excepcionalidad en ocupacion permantente para los negocios.

La crisis del coronavirus va a cambiar muchos de nuestros hábitos, costumbres y comportamientos personales que tendremos que adaptar a la obligación de la distancia social, la norma básica que va a regir las relaciones sociales por ahora, y puede que durante muchos meses. Ese espacio vital de 2 metros va a condicionar nuestro día a día porque, sí o sí, lo tenemos que integrar en nuestros hábitos como una salvaguarda de la integridad personal. Y esas precauciones se han trasladado a lo social y también a lo urbano: la fiebre de peatonalizaciones anunciadas es la mejor prueba.

 

En los últimos días hemos visto imágenes poco edificantes de una ciudadanía echada a la calle sin respeto a la distancia social. Sean o no efecto óptico, la realidad es que las ciudades se nos han quedado, de golpe, pequeñas. A dos metros por persona, incluso salvando a los integrantes las unidades familiares que pueden circular más 'pegados', calles, plazas y avenidas carecen de la superficie deseable. Bueno, en realidad, esto ya ocurría antes, pero ahora es evidente incluso allí donde disfrutábamos de amplitud.

 

La oportunidad de corregirlo la tenemos delante y parece que la solución son las peatonalizaciones temporales que muchas ciudades han anunciado. En buena parte del país han aflorado planes más o menos ambiciosos para ordenar el uso del espacio público bajo el prisma de la 'nueva realidad' y sus necesidades, empezando por amplir el espacio público que se nos ha quedado estrecho. Pero es que este debate ya existía y se ha estado demorando durante demasiado tiempo. Todos tenemos en mente esa acera excesivamente pequeña, esa calle diseñada solo para la circulación o la falta de arbolado, a pesar incluso de los avances de los últimos años.

 

No hay más que fijarse en los elementos del puzzle vial de Valladolid, Salamanca o Zamora: mobiliario urbano, calles en plataforma única, convivencia de coches y peatones, aparcamiento (o escasez del mismo), bicicletas, las omnipresentes terrazas o vehículos de carga y descarga pelean por un mismo espacio, y no siempre en sintonía. Y pese a ello, los esfuerzos por armonizar la situación, que los hay, han carecido siempre de una visión global y de una filosofía clara. Ha tenido que ser una pandemia la que haya 'decidido' de quién es el protagonismo, poniendo al ciudadano peatón en el centro.

 

Sobre esa base, nos hemos dado cuenta de que plazas y calles deben ser más amplias. Cobran aquí sentido las decisiones tomadas para cambiar el urbanismo, aunque algunas han dormido y duermen en cajones municipales de manera injustificada. Es el momento de sacar brillo a esos planes de peatonalización y de hacerlo mirando al futuro y con valentía. Ante la evidencia de que el espacio geográfico es finito, toca dar y quitar sin medias tintas.

 

Justo ahora que tenemos que poner en cuarentena el transporte colectivo, es obligatorio tener claro que el modelo del vehículo particular sirve solo para salir del paso: no tiene sentido incentivar el uso del coche, ni por motivos ambientales ni por gestión de la movilidad. En su lugar, el peatón debe ganar espacio y debe ser a costa del coche. Los medios con un balance contaminación/movilidad favorable (vehículos eléctricos, de movilidad personal, motocicletas) deben tener prioridad, pero hay que regularlos. Y hay que asegurar la movilidad personal: no se puede pedir a nadie que deje el coche en casa sin darle una alternativa eficaz y viable.

 

Lo mismo ocurre con la bicicleta, eterna asignatura pendiente en las ciudades, bueno, en las que no creen del todo en ella. En Italia, el Gobierno ha habilitado importantes subvenciones para comprar bicis nuevas, una apuesta clara por este medio para afrontar la nueva movilidad. No hace falta tener la tradición ciclista transalpina para darse cuenta de que hay que integrarla de una vez, pero no en carriles bici de ocio o marcados en las aceras: debe ocupar su sitio a la calzada, quitándoselo a los coches, y debe ser alternativa de movilidad urbana, no solo de deporte.

 

Peatones, bicicletas, más espacio, una nueva distribución urbano... La última clave es no sucumbir a las tentaciones. La Covid-19 han frenado en seco la actividad y sectores tan nuestros como la hostelería y el turismo lo han sufrido como ninguno. En aras de un alivio para la situación, los ayuntamientos han pensado en ocupar calzadas e incluso aparcamientos para expandir lo que ocupan mesas y sillas y asegurar la distancia higiénica, y también un equilibrio para que el peatón reciba la misma amplitud. Mientras dure la excepcionalidad es una buena alternativa, pero sin olvidar que la ocupación excesiva del espacio público era ya un problema antes del coronavirus.

 

Puede que las pautas de la cuarentena sobrevivan con nosotros en gestos inconscientes como lavarnos más las manos o toser en el codo, que nos haga renegar de espacios atestados, que dosifique nuestros besos y abrazos... Y que lo que empezó como una rareza se haga permanente, también en lo social y en el esquema urbano. Está claro, la pandemia va a cambiar nuestras ciudades y, aunque por ahora puede que sea temporal, es más que probable que algunas modificaciones se queden por tiempo indefinido, pero de ninguna manera de forma permanente. Es deseable, pero solo acertaremos si evitamos repetir errores de pasado.