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El temor a un desbloqueo en falso

Pedro Sánchez, durante su discurso de investidura de este sábado. Foto: EP

Parece que todo está listo para que este martes Pedro Sánchez sea investido nuevo presidente del Gobierno para formar un Ejecutivo con Unidas Podemos sustentado por una mayoría parlamentaria numéricamente insuficiente que obligará a recurrir a los votos de una panoplia de formaciones, algunas, de dudoso currículo constitucional, y otras, con un reciente y cargado historial de reproches judiciales. La sucesión de condicionantes es motivo suficiente para preguntarse sobre la solidez y la estabilidad de un gobierno que tiene la obligación de sacarnos del bloqueo institucional de los últimos años, y que quiere hacerlo con una agenda de reformas valorada en miles de millones de euros a la que debe buscarle un encaje que pase el examen de Europa.

 

Para tan titánica tarea, Pedro Sánchez ha elegido campo, reglas y compañeros de equipo. La 'querencia' natural le llevó a firmar con un socio al que negó durante meses lo que le acabó concediendo 24 horas y casi 140 millones de euros después, una vez culminadas las segundas elecciones generales de 2019, y las cuartas de un largo vagar de interinidades gubernamentales. En este prolongado período, la situación casi permanente de 'en funciones' ha lastrado al país, que no ha hecho sus 'deberes' como debe y que se presenta ante lo que ya es una ralentización económica sin un gobierno que haya tomado las decisiones que tocaban.

 

El panorama descrito, político y económico, invita al temor. Con los escaños sobre la mesa, el Gobierno contará con la ventaja de estar en plenas facultades, pero parlamentariamente carece de la fortaleza suficiente para sacar adelante por sí solo su programa. Tiene a favor el uso decretos y otros resortes, con lo que eso supone, pero sigue dependiendo de lo que Sánchez llama socios, y sus detractores califican directamente de 'enemigos'. Los mismos que, quizás, no tienen la sartén por el mango, pero sí van a decidir a qué le dan calor y a qué le prenden, directamente, fuego parlamentario. Empezando por los imprescindibles presupuestos.

 

El encaje de los límites de déficit y el cumplimiento de las exigencias de Europa va a ser un reto gigante a la hora de aprobar las próximas cuentas. El desvío de gasto que requieren algunas de las políticas sociales anunciadas llevan a preguntarse si hay poso para ponerlas en marcha, reformas que hayan llenado la caja y que aseguren el flujo constante de financiación de lo público en el futuro. Claro que hay que subir el SMI, las pensiones, los sueldos, las inversiones públicas... pero, ¿están las empresas preparadas? ¿Soportará la economía la recaudación extra que se precisa? Es muy dudoso. Y luego está el más difícil todavía, el encaje político.

 

Sánchez sabe que tiene que aprobar unos presupuestos este 2020, pero su fuerza parlamentaria es insuficiente; ha tenido que firmar pactos (y concesiones) con fuerzas variadas de un Congreso atomizado como nunca, con multitud de fuerzas regionales y hasta provinciales que, seguro, le han dado una vuelta de tuerca al clásico 'qué hay de lo mío'. Y ni siquiera eso bastará, porque las grandes exigencias le vendrán, sin duda, de sus 'aliados' catalanes que ya le han arrancado 'la mesa' de negociación y que están en posición de tumbar presupuestos y hasta gobierno, por mucho que llamen a frenar a la derecha.

 

Este es el riesgo mayúsculo al que se enfrenta Sánchez: dejar al país sin cuentas y, por tanto, en el bloqueo permanente. Disolver ahora el atasco institucional es imprescindible, y un desbloqueo en falso sumaría no solo meses preciosos de inacción (los que va a llevar intentar aprobar los presupuestos) sino que podría dejar a España al borde de otras elecciones que, como ha ocurrido con las dos últimas, acaben manteniendo los equilibrios izquierda/derecha como están. Insuficiente para una situación política dominada por el frentismo y la descalificación.

 

La realidad parlamentaria ha demostrado durante los últimos años que los bloques ya no hacen la suficiente diferencia, y es ahí donde quedó abonado el terreno para un terreno sin explorar: el de los acuerdos de Estado. Esta vía alternativa, la del gobierno constitucionalista (un gobierno de concentración a la española), daría solidez y solvencia a un gobierno justo ahora que se antoja más necesario que nunca. Curioso que, pese a las llamadas al patriotismo por los dos lados, no se haya contemplado seriamente. Puede que un gobierno así, con o sin tecnócratas, retratara de manera demasiado cruda el fracaso de los grandes líderes políticos estatales. Ha vencido otro temor: el de quedarse fuera de juego.