El lio de los idiomas o la Torre de Babel

Diario del joven periodista abulense Rodrigo San Pedro en el Mundial de Ciclismo que se está celebrando esta semana en el ciudad noruega de Bergen. 

El Centro Mundial de Ciclismo (World Cycling Centre) es un organismo dependiente de la UCI (Unión Ciclista Internacional) que está ubicado en Aigle, Suiza y cuyo objetivo fundamental es formar y ayudar a jóvenes ciclistas de todo el mundo cuyas federaciones no tienen los medios suficientes para su entrenamiento perfecto. Cada año, en este centro de alto rendimiento se preparan unos 100 atletas en las tres disciplinas olímpicas de ciclismo (pista, carretera y BMX).

 

En los mundiales de ciclismo siempre tienen una participación destacada en las categorías inferiores y en la prueba femenina. Es una gran familia con miembros venidos de todos los rincones del mundo, hay asiáticos, sudamericanos, africanos y ciclistas de países del sureste de Europa. Para afrontar los mundiales este organismo suele alquilar una (o varias) casa grande que usan como cuartel general (desde donde escribo estas líneas).

 

En Noruega la casa tiene dos plantas, ocho habitaciones, un salón gigante, un gran patio y está a los pies del lago Svartediket, a unos diez kilómetros de la ciudad de Bergen, donde se disputan las diferentes pruebas del mundial. En la casa los ciclistas duermen, los mecánicos ponen a punto las bicicletas, los entrenadores realizan las reuniones y yo les alimento a todos.

 

Cuando vives más de una semana con 25 personas (hasta entonces desconocidas) en una casa grande pero compartiendo habitación, sin ningún tipo de intimidad, en un caserío que sólo tiene dos baños -y sin pestillo-, la convivencia se hace más intensa que en Gran Hermano. Además, y cómo todos venimos de una parte diferente del mundo, es un flujo de idiomas alucinante. Es tal la cantidad de lenguas que se hablan dentro de la casa que en ocasiones no entiendes ni cuando te hablan en castellano, el otro día me vi diciendo a una mexicana:

- “Sorry, in english?”.

 

La corredora me dijo algo como:

 

- “Rodrigo, la heladera está vertiendo agua, se han dañado los galones”.

 

Me quedé perplejo, había entendido agua, dañar y verter pero me pilló a bote pronto y no comprendí a que se refería. (El frigorífico se estaba encharcando porque una de las botellas estaba rota y perdía agua).

 

Hay ocasiones en las que saber Lengua de Signos es casi más importante que hablar idiomas; los etíopes hablan en amhárico y nadie los entiende, los argelinos y franceses no hablan inglés y hay un chico de Mongolia que se cree que habla español porque sabe decir “gracias amigo” y  “por favor, señor”. Con los sudamericanos hablamos en castellano, bueno en español como ellos dicen, y las reuniones con los corredores son en tres idiomas:

 

Los entrenadores tienen que tripitir las charlas: primero en francés, luego en inglés y por último en castellano, a continuación, aquellos ciclistas que entienden algunas de esas lenguas traducen a sus compañeros, por ejemplo en el amhárico, para que todo el mundo –y nunca mejor dicho- se entere de los aspectos tácticos de la etapa.

 

Yo me quedo con que es un buen ejemplo de integración, es como la ONU pero en pequeño y con ciclistas, una pequeña Torre de Babel en el corazón de Noruega.  Mañana os cuento -en la lengua que queráis-  cómo comer pasta, arroz y pollo durante más una semana sin morir en el intento.

 

Ah, que se me olvidaba: Si hablas inglés, con la gente local no hay ningún problema. Los noruegos, son muy buenos anfitriones, en inglés te entienden perfectamente, en el supermercado, en cualquier comercio de la ciudad y aunque preguntes a una abuelita de un pueblo perdido entre los fiordos y los lagos de Bergen, ella te responderá sin mayor problema en inglés. No quiero ni imaginar a un noruego preguntando algo en inglés en mi pueblo, Mingorria…

 

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