El legado de Mañueco

Fernández Mañueco (Foto: De la Peña)

Permitir que los afiliados voten de manera directa al próximo presidente podía haber colocado al PP de Castilla y León a la cabeza en términos de democracia interna. La ocasión ha tenido lugar este viernes y sería digna de celebración, pero en su lugar el partido ha protagonizado un lío importante que no permite presumir de ejemplaridad en el proceso.

Lo que tenía que haber sido una cita modélica con las urnas no ha sido participativa, abierta ni transparente. En su lugar, deja muchas dudas sobre el legado (tóxico) que recibe el nuevo dueño del sillón que durante 16 años ha ocupado Juan Vicente Herrera en forma de una fractura latente y una movilización ínfima, muy lejos de las cifras electorales de los populares.

 

Durante unos días pareció que la cita de los afiliados con las urnas iba a ser suficiente para resolver la cuestión sucesoria entre Antonio Silván y Alfonso Fernández Mañueco. Se habló incluso de dejarlo todo resuelto este viernes y que el Congreso fuera un paseo triunfal para el ganador, que habría cedido la secretaría general al derrotado. Pero la realidad es que no se dan las condiciones idóneas para dar el asunto por finiquitado, ni siquiera tras la clara victoria del salmantino.  Así que habrá que esperar a la celebración del congreso el día 1 de abril y tirar de hilo y aguja hasta entonces. Las sospechas de pucherazo, la falta de ‘fair play’ entre los candidatos (en sólo una semana ha habido demasiada guerra sucia) y la pírrica cifra de afiliados desaconsejan zanjar una decisión de tanta importancia con un proceso con tantas sombras.

 

Antes, se deben depurar, y pronto, las responsabilidades sobre lo ocurrido. El actual secretario general autonómico, y candidato a la presidencia, Fernández Mañueco, debe ser el primero en pronunciarse. Máximo responsable de la organización interna, las condiciones en las que ha llevado al partido a esta cita no le dejan en buen lugar. En pocos días hemos descubierto que sólo uno de cada cuatro militantes de los que presume el PP regional estaba al día de cuotas, que en cada provincia se paga una cantidad diferente y que en algunas los miembros de NNGG no pagan. El lío con las listas de inscritos en León y Valladolid y la pírrica movilización han sido el peaje a pagar por este descontrol. El sistema a doble vuelta, auspiciado por Fernando Martínez Maíllo, ha llegado a esta cita cogido con pinzas y sin desarrollar, como uno de esos experimentos con gaseosa de los que abjura el zamorano: puede que su mal funcionamiento sea la excusa futura para descartar más consultas.

 

Todo esto viene arrastrado desde hace cinco años, las anualidades que tenían pendientes miles de afiliados. Es el mismo tiempo que Fernández Mañueco lleva cebando el sortilegio de la sucesión, el objetivo al que ha dedicado toda su atención, el que ha puesto muy por encima de la apertura del partido a sus bases en su escala de prioridades. El resultado de la falta de control y celo es el guirigay del censo para elegir al nuevo presidente. En su campaña ha dicho ser el candidato de la militancia, la misma a la que ha permitido durante años saltarse sus obligaciones económicas para con el partido; ahora miles de esos militantes a los que apela se han esfumado, bien porque no quieren, no pueden o no se les ha dejado pagar la cuota. Eso no es mirar por los afiliados más que cuando interesa y para lo que interesa. En su lugar, se queda con una cifra de que no llega ni al número de concejales conseguidos por el PP en Castilla y León. Insuficiente para legitimar sus aspiraciones, ni las de nadie: 6.000 votos no son nada frente a los 500.000 que logró el PP en 2015 en las municipales. De hecho, 6.000 votos no son más que una pequeña parte de los afiliados declarados.

 

Por el camino, y todo indica que desde hace meses, el propio secretario general ha ido fraguando sus alianzas al viejo estilo. Las afecciones inmediatas de Segovia y Soria, el “apoyo sin fisuras” de Salamanca, las fotos rodeado de cargos orgánicos e institucionales, la cantinela contra el supuesto centralismo de Valladolid alimentada por los oportunos corifeos mediáticos y que no es más que un ‘quítate tú para ponerme yo’… así lo evidencian. En lugar de con los militantes, Fernández Mañueco ha cimentado sus opciones en los viejos pactos de siempre con los ‘barones’ del aparato provincial, conciliábulos a puerta cerrada, sin luz ni taquígrafos. En lugar de por el partido, ha trabajado con ahínco por sus propios intereses. De nuevo, muy lejos de lo que pregona.

 

Así que lo que le quedará al heredero de Herrera es un partido encogido y, probablemente, fracturado como nunca antes: la guinda fue llevarse a Fernando Rodríguez, hombre de confianza en el Ayuntamiento de Salamanca, a enredar en la sede de León. También lega un partido tensionado por un enfrentamiento soterrado que ha destruido a candidatos/as y que amenaza la estabilidad de gobierno en vez de asegurarla. Un partido que va a elegir a un presidente con un censo que no llega a las 7.000 personas. Un partido de taifas en el que las estructuras provinciales no son simétricas: ni pagan, ni cuentan ni funcionan igual, y todavía están atadas a intereses puramente personalistas (y los congresos provinciales son el siguiente campo de batalla). Es el resultado del lustro entre congresos en el que, es evidente, nadie ha llevado las riendas. Si Herrera se ha autoinculpado del delito de no poder atender más al partido, en favor de su labor en la Junta, Fernández Mañueco también debería hacer examen de conciencia tras el desastre de este proceso, a todas luces, muy mejorable.

 

Arreglar todo esto será tarea del que venga. Puede incluso que le toque al propio Fernández Mañueco. Y puede que lo tenga que hacer el perdedor esta vez. La democracia interna es el camino, pero no la versión que se ha dado por buena: este espectáculo no se puede repetir porque no hay vuelta atrás. No valen los viejos sistemas, ni los viejos disfrazados de nuevos. El PP CyL tiene que aprender a manejarse entre urnas más que en despachos cerrados.