El error del sálvese quien pueda (y el antídoto de la cordura)

Verónica Casado, consejera de Sanidad de la Junta de Castilla y León.

La descarada 'carrera' de la desescalada destila una gran insolidaridad, el desprecio por una situación que todavía es delicada y una disparidad de principios preocupante que retrata a quienes abogan por salir 'a toda costa'.

Este lunes, 26 zonas básicas de salud de Castilla y León probarán el primer bocado de eso que se ha llamado 'nueva realidad' y que no es otra cosa que nuestra vida de antes del 16 de marzo pero en versión estrechada por el coronavirus. Tenían que haber sido muchas más, pero un malentendido o un cambio de parecer de última hora lo ha impedido. En todo caso, los municipios afectados serán el objeto de un ensayo controlado sobre cómo vamos a tener que comportarnos de ahora en adelante, y por mucho tiempo, una prueba a escala y en condiciones controladas en la que esa 'España vaciada' que resistiendo al virus ha ganado, sin pretenderlo, la irresponsable carrera en la que algunos han querido convertir el asunto de la desescalada.

 

Cuando el Gobierno anunció el cronograma del plan para revertir el confinamiento general todas las miradas se pusieron en este 11 de mayo. Las preguntas sobre qué se podría hacer y qué habría que cumplir para pasar de fase quedaron muy pronto atrás en beneficio de un único interés: ser parte de los que cogieran ese tren, y hacerlo sin esperar. 

 

El objetivo podía ser legítimo. Nadie quiere sufrir el estigma del 'quedarse atrás', un escenario poco deseable sanitaria, social y económicamente. Hasta ahí, correcto. El problema es que determinados colectivos, sectores y administraciones parecen dispuestos a moverse de fase a cualquier precio. Algunas demandas y actitudes económicas y sociales invitan más a un 'sálvese quien pueda' muy insolidario y extremadamente erróneo y peligroso. 

 

El caso evidente es el de Madrid. Foco central del virus, con 6,6 millones de habitantes y muchos problemas para contener la enfermedad, se descolgaba con la petición de salir en bloque. No era la única, porque la mayoría optó por lo mismo: pedir por arriba, dado que nada lo impedía. El Gobierno del mando único lo ponía fácil, de nuevo, y si esta vez se hizo con menos precipitación, han vuelto a faltar criterios y claridad (por no hablar del anuncio el viernes con retraso y a última hora) y eso ha abonado la carrera sin control por pasar de fase.

 

Madrid presentaba un documento sin firma, sin datos claros y con umbrales insuficientes, que no lograba ni el consenso interno de su propio gobierno, en el que se ha producido un gran cisma porque la decisión presidencial sostenía la intención de pasar de fase en un único motivo: seguir confinados hace un gran daño a la economía. 

 

El daño de la crisis del Covid-19 a empleos, empresas o PIB es indiscutible, y va a durar tanto o más que el virus entre nosotros. ¿Es un bien mayor que el de la salud? Opiniones hay para todos los gustos, porque son dos cuestiones íntimamente relacionadas. Pero, ¿y si bajo la aparente duda entre salud y dinero subyace la voluntad de no respetar unas reglas? 

 

Entonces, y por más que el Gobierno no haya sido del todo preciso en los requisitos de la desescalada, el sálvese quien pueda es un gesto de insolidaridad pavoroso. Y sumamente irresponsable, para más señas, cuando se pretende negar la peligrosa realidad sanitaria actual a una ciudananía a la que se debe proteger con una gestión de la que no se dan cuentas claras. Las sospechas son terribles: manipulación de datos, rebaja de alarma y, al final, jugar con una cuestión tan delicada como la propia vida. A estas alturas, tras la negativa del Gobierno a aceptar el plan de Madrid, no se sabe si además de salir antes que nadie a costa de lo que fuera la petición tenía un aire desafiante y objeto de gresca política. Quizás sea lo último: este domingo, la guerra se ha recrudecido y varias comunidades han pedido pasar por la bravas.

 

Aquí en Castilla y León no somos ajenos a la polémica, pero se ha encarado con un espíritu y principios totalmente diferentes. El coronavirus ha golpeado con fuerza, y la comunidad no puede negarlo, pero la diferencia es que no se dedican energías a desmentir la cruda realidad, la de los miles de muertos en hospitales y residencias que se ha cobrado la enfermedad. En su lugar se pone la salud y la vida por encima de todo, porque nadie puede asegurar que la carrera por desescalar antes que nadie no nos vaya a devolver a la senda de las muertes y acabe con una ruina aún mayor que la que se pretende evitar con prisas. 

 

Por coherencia con este planteamiento, la consejera Verónica Casado presentó la propuesta más cautelosa del país. Solo hay que haberla visto pidiendo "cuarentena social" durante 50 días, una y otra vez, explicando cómo lavarse las manos, cómo ponerse la mascarilla, cómo desinfectar la compra... para saber que no podía hacer otra cosa que medir con mucho tiento la desescalada, sabedora por sus lágrimas de lo duro que es perder médicos, mayores y enfermos. Precisamente por esta coherencia y por la lealtad demostrada, no se entiende el barullo del viernes por la tarde-noche al 'pasar' el Gobierno de la propuesta ampliada de la Junta para dejar las zonas que avanzan en 26, cuando se suponía que había "sintonía" y un acuerdo. Lo apuntamos al nutrido capítulo de patinazos de la gestión única.

 

La prudencia y el respeto a una enfermedad desconocida recomiendan una desescalada con mucho tiento, por más que sea un reconocimiento implícito de que no estamos listos, de que la situación sigue siendo mala, también en cuanto a sanidad pública. Todavía habrá quien afirma que eso es quedarse atrás, haciendo buena la filosofía con la que en realidad se busca solo salvar el pellejo y el negocio propio sin importar las vidas que se dejan atrás.