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El delicado equilibrio entre la salud y los colores políticos

El presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, junto al vicepresidente Francisco Igea y la consejera de Sanidad, Verónica Casado. Foto: Ical

La descarada guerra política en torno a las normas para confinar Madrid y grandes ciudades demuestra la cohesión y coherencia del Gobierno PP/Cs en Castilla y León.

El confinamiento perimetral de Madrid ha desatado una algarada política en la que todas las partes implicadas están haciendo un ridículo de dimensiones globales en una disputa cargada con la peor inquina partidista y que está muy lejos de los cantos a la unidad y la conservación de la salud que, en teoría, debían guiar la atropellada gestión de la crisis sanitaria y económica del Covid. El descarado uso partidista de la situación cierne una sospecha cierta sobre las intenciones de unos y otros y siembra la duda sobre la ejemplaridad de las posturas tomadas, y las medidas que se proponen. Un barro político que amenaza con salpicar incluso a los más cautos, como es el caso de Castilla y León.

 

Ha sorprendido el hecho de que el gobierno de la Junta de Castilla y León haya votado a favor de las medidas diseñadas por el Ministerio de Sanidad para los confinamientos perimetrales de las grandes ciudades. Suponemos que la la sorpresa estriba en que rompía la 'unidad' de criterio con otras comunidades del PP que rechazaron la medida, pero lo sorprendente hubiera sido lo contrario. No sabemos en cuántos casos esa unidad para rechazar medidas del Gobierno es impostada y está detrás de ella la dichosa disciplina de partido, pero es fácil sospechar que en muchos casos, lo nieguen o no.

 

Hace tiempo que la Junta pedía unos criterios únicos para actuar ante el aumento de casos en grandes poblaciones, y tampoco es la primera vez que solicita alternativas para frenar la alta movilidad que irradia Madrid. Además, la propia consejería de Sanidad tienen sus propios criterios para los grandes municipios, muy similares a los que maneja el Gobierno central, y que Castilla y León usará como base en caso de tener que confinar alguna ciudad en el futuro. Así que lo raro hubiera sido rechazar ahora el instrumento común y claro que lleva pidiendo desde mayo el propio presidente regional.

 

Minutos después de que la consejera Casado defendiera el 'sí' de Castilla y León a las medidas que ponía sobre la mesa el Ministerio de Sanidad, ya estaba en marcha el 'run run' de las lecturas partidistas. Con Madrid en cifras escandalosas y capitales como Salamanca, Valladolid y León con cifras demasiado próximas al riesgo de confinamiento, la 'comidilla' es que una comunidad del PP votaba a favor de unas medidas impulsadas por el Gobierno del  PSOE. El juego de cuestionar las decisiones por un mero hecho de colores políticos, ni más ni menos. Un juego simplista e irresponsable, siempre, y más todavía en esta situación.

 

Simplista porque limita la acción de un gobierno regional a respetar las consignas que, desde Ferraz o desde Génova, tanto da, envíen los gabinetes de turno. Hace tiempo que los votantes disntiguien con su apoyo a los 'barones' de uno y otro signo que demuestran su capacidad para ver más allá de la cita con las urnas y que, para bien o para mal, actúan por su cuenta: es preferible un gobierno con los pies en su territorio y capacidad de acción propia que uno que se llimite a los argumentarios de laboratorio.

 

La terrible disciplina de partido, que es la tumba del descrédito político, es para otra cosa, y no conviene confundir el manual de uso. Menos mal que Francisco Igea y Verónica Casado lo han dejado claro, muy claro. La ironía de Igea sobre las presiones políticas que, supuestamente, les tocaba recibir por haber cometido la osadía de votar a favor de lo que llevaban tiempo pidiendo la ha despejado el vicepresidente con una frase que tiene un claro destinatario: "Este gobierno siempre ha hecho lo que dice Casado... Verónica Casado".

 

No sabemos cómo habrá sentado la frase al otro Casado, Pablo Casado, líder del PP, y si este habrá llamado a Mañueco, pero la situación no es cómoda y exige templanza y equilibrio. Mañueco ha salido a respaldar a quien ha llevado el peso de la gestión sanitaria de la pandemia, una consejera como Verónica Casado a la que todos los partidos tenían en sus quinielas y que, finalmente, formó parte de la cuota de Ciudadanos. El presidente regional ha defendido votar a favor de un decreto que ha acabado por cerrar Madrid, y ha obligado a otros a hacer malabares en su propio partido. Sin ir más lejos, García Egea ha tenido que recurrir a eso de que la consejera es de Ciudadanos y a Pablo Casado le ha servido para salvar la unanimidad del PP en contra del decreto del Gobierno. Es lo que pasa cuando se usa el partidismo de corto alcance para lo que no es.

 

Solo mirando exclusivamente los intereses de partido se puede entender que esta decisión, coherente con seis meses de acción de gobierno tenga que convertirse de un día para otro, y por obra y gracia de la peor política partidista, en una amenaza a la unidad de un ejecutivo con consejeros de dos colores políticos diferentes, pero que ha dado todas las muestras habidas y por haber de coordinación en torno a un criterio claro: salvaguardar la salud. Más bien parece que estamos ante un Gobierno firme y que no se ha movido un centímetro de sus posiciones: más cohesión y más coherencia, imposible. Que siga así.