El adiós a la mascarilla: obligatorio sentido común
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El adiós a la mascarilla: obligatorio sentido común

El cambio en las normas para usar la mascarilla, un elemento clave para haber frenado la pandemia, debe hacerse con claridad, escuchando las recomendaciones de las autoridades sanitarias y en consenso con las comunidades si no se quiere repetir el error de mandar mensajes confusos a la población.

El anuncio de la fecha en la que la mascarilla dejará de ser obligatoria 'siempre y en todo lugar' demuestra que la sociedad española, y también la castellano y leonesa, está deseando dejar atrás las restricciones por la pandemia y que, con las prisas, también nos olvidamos de la sensatez. No la ha habido ni en el anuncio ni en el proceso, aunque todavía estamos a tiempo, hasta el día de la decisión, para revitar otra ración de improvisación y mensajes confusos, que han sido tan habituales en los largos meses de pandemia.

 

De la mascarilla estamos todos bastante hartos, hay que reconocerlo. Llegó algo tarde al catálogo de medidas obligatorias contra la pandemia y no ha gozado de popularidad pese a su importancia. En la comunidad los ayuntamientos han puesto miles de multas por su mal uso, que ha sido demasiado frecuente a pesar de que ha sido un elemento importante para nuestra protección. Las normas están muy claras, pero hemos visto demasiadas colocadas en la barbilla o, directamente, en el bolsillo y también ha costado entender que había que ponérsela en las terrazas.

 

Quizás por eso, en la hora de empezar a quitárnosla, han aparecido mensajes confusos. Para muchos, este es el final de la mascarilla, pero hay que aclarar que sólo es para exteriores y que se elimina la obligación: su uso está autorizado y no van a multar a nadie por llevarla. Por contra, todavía nos podrán multar si confundimos las normas porque, presumiblemente, seguirá siendo obligatoria en interiores y cuando no haya distancia.

 

Eso es algo que hay que concretar y el hecho de que no se haya velado por ello no ayuda. De nuevo, la forma de comunicarlo remite a las quejas, muy fundadas, de quienes piensan que el Gobierno deja a las comunidades el 'carbón' y se reserva el 'turrón'. Es difícil negar que el Ejecutivo se atribuye las buenas noticias cuando el presidente del Gobierno anuncia, por sorpresa, la fecha en la que la mascarilla dejará de ser obligatoria en exteriores cuando sólo un día antes, en el consejo Interterritorial, se dejó el tema sobre la mesa.

 

A la hora de anunciarlo, se ha comprimido en exceso el mensaje. Sólo la fecha y el concepto espacios públicos, sin más matices, y el asunto tiene muchos. Todos los colectivos profesionales implicados y las autoridades médicas coinciden en que sólo se puede levantar la obligación en exteriores, pero con una condición: mantener la distancia. Así, en interiores sigue siendo obligada y  necesaria y en exteriores si se da una concentración grande de personas, es más que previsible que se mantenga obligatoria y es muy recomendable.

 

Ahora el Gobierno tiene que concretar las normas y también la fórmula legal, para lo que tiene que darse audiencia a las comunidades, que son las que aplican la norma. Si se modifica o deroga la ley que hacía obligatoria la mascarilla habrá que contar con quienes llevan su uso al terreno para evitar otro caos normativo porque muchas autonomías han adaptado la norma a sus situaciones y si decae la ley pueden tener problemas. Se trata de evitar la situación de esta última desescalada, con anuncios que acaban en nada y que generan desconfianza en la población. El cambio debe hacerse con claridad y escuchando las recomendaciones de las autoridades sanitarias y a quienes aplican la norma si no se quiere repetir el error de mandar mensajes confusos a la población. Es una cuestión de sentido común.