Despedida a Luis Pardo, el último labrador a la antigua usanza de Ávila

Luis Pardo García.

Jesús Mª Sanchidrián Gallego,

Mucho hemos perdido en estos meses de pandemia, y entre las personas que se fueron dejando huella de su paso por esta vida, más allá de los círculos de la familia, el vecindario o el paisanaje, está Luis Pardo García, uno de los últimos labradores a la antigua usanza que teníamos en Ávila y representativo auténtico de la etnografía y la cultura rural abulense, fallecido el pasado mes de abril a los 90 años. Meses antes, tuvimos la oportunidad de contar con su presencia en la exposición celebrada en el Museo de Ávila organizada por la Asociación de Amigos y dedicada al trato de los animales de labor, pues no en vano era uno de los protagonistas de la muestra.

 

Luis fue uno de los últimos ejemplos vivos que mantuvo activa la laboriosidad del trabajo en el campo como antaño hacían nuestros abuelos, y ese fue uno de sus méritos, la reivindicación cultural de las viejas tradiciones como elementos identitarios de nuestros pueblos. Una  forma de vida ya desaparecida que nos ha permitido conocer en la actualidad y de primera mano aspectos significativos de la etnografía abulense. He aquí entonces el testimonio que trazamos hace unos años en compañía de este singular personaje:

 

¡Arre Paloma!, ¡Vamos Furia! Son exclamacio­nes que salen de los labios del labrador que condu­ce una pareja de burras que tiran del viejo arado romano. Frente a las tapias de la cárcel de Brieva, un hombre que pasaba de los seten­ta años entonces traza surcos rectilíneos en una parcela rús­tica como se hacía hace cientos de años. Los asnos han ocupado el lugar que dejaron las vacas negras terrenas que fueron sacrificadas en una campaña de sanidad animal de hace años. El mes de marzo es tiempo del esquileo de los burros, y "Paloma'', de veinte años, y "Furia", de siete, ya tiene necesidad de recortar su larga pelambrera.

 

La tierra ya recibe una segunda vuelta con el arado en una jornada que ha comenzado a media mañana. Quizás es un poco tarde, pero es que el campesino estuvo la noche anterior en un concier­to de homenaje a Verdi. La representación musical tuvo lugar en el Auditorio Nacional de Madrid, donde actuó la soprano portuguesa Elisabete Matos, y el andaluz Guillermo Orozco, acompaña­dos por la Orquesta Clásica de Valencia dirigida por Ignacio Yapes. Fue un buen concierto, quizás con demasiados saludos y reverencias, señala el labrador, a quien le gusta más la zarzuela y aunque sus gustos musicales los manifiesta tocando la caja o el tamboril. Terminada la faena el campesino sembrará una parte de tirabeques, una legumbre parecida a los guisantes y las judías verdes, en otra parte cul­tivará garbanzos, y en otra sandías y tomates. En otra finca propiedad del Obispado, y de la que es arrendatario, sembrará avena, mientras que el año pasado sembró cebada, garbanzos y algarro­bas.

 

Al viajero que se acerca por la zona todavía le asombra contemplar cerca de la ciudad de Ávila cómo el hombre conquista la tierra utilizando para ello animales y antiguos aperos de labranza. Bien es verdad que nuestro caso es único y excep­cional, por lo que su testimonio vivo tiene una especial relevancia en el conocimiento de nuestra historia.

 

Todo el ciclo agrícola, tal y como transcurría antiguamente en el medio rural, y con los mismos medios de entonces, se reproduce cada año, día a día, en las labores del campo que desarrolla nues­tro singular y romántico personaje. Luis Pardo García nació en 1930 y ha debido ser el último labrador a la antigua usanza de Ávila. Luis tra­bajaba la tierra con una pareja de burros, mantenía cuatro cabras y un gallinero, cultivaba un fructífero huerto con gran variedad de árbo­les cuyos productos los vendía en el mer­cado abulense de los viernes, era tam­borilero y aficiona­do a la música clá­sica del Barroco, asiduamente visitaba la biblioteca de Ávila porque le gustaba la lectura, y vivió siempre en Brieva, barrio ane­xionado a la capi­tal.

 

El padre de Luis vino de Aldea del Rey, un pueblo de Ciudad Real, en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera allá por 1924. Llegó a Brieva como cantero para trabajar en las can­teras de granito que se explota­ban a cielo abierto en la zona, ante la demanda que exigían las obras de construcción de la doble vía del Ferrocarril del Norte. Durante la guerra civil estalló una bomba o artefacto en la vía férrea junto a la estación de Mingorría. Por este sabotaje fue­ron fusilados tres inocentes, entre los que estaba el padre de Luis, quien trabajaba la piedra para el contratista Miguel Camarero, Alcalde republicano de Mingorría. Esta muerte marcó el futuro de Luis, huérfano a los siete años con una hermana cuatro años más pequeña.

 

A temprana edad, nuestro protagonista se inició en los trabajos del campo. Como labrador pronto logró componer una pequeña hacienda que adqui­rió a un tío suyo, a la vez que también criaba vacas de carne, y vendía árboles frutales por cuenta de los viveros y algunos que el mismo había cultiva­do. Fue cazador de perro y palo, y vendedor ambu­lante de frutas y ultramarinos, siendo capaz inclu­so de trabajar la piedra como su padre o construir una casa. Luis fue durante algún tiempo Teniente Alcalde de su pueblo, y presumía de ideas avanza­das y progresistas, por ello lamentaba el conformis­mo de las gentes del campo y su sometimiento tra­dicional a los poderes políticos y religiosos esta­blecidos. Con tanta actividad, Luis no ha encon­trado tiempo para echarse novia y casarse, así que todavía permanece soltero.

 

Hasta pocos años antes de su muerte, Luis siguió trabajando el campo y ejerciendo como labrador al modo tradi­cional, sin ayudarse de maquinaria alguna. Pero además de labrador, Luís era músico. Su afición a la música la desató a fuerza de escuchar a los anti­guos dulzaineros y tamborileros que amenizaban procesiones y bailes durante las fiestas patronales. Así, a los quince años se convirtió en alumno de dulzainero Ambrosio Triviño vecino del pueblo cercano de Mediana, quien también tocaba la caja y era miembro de la Banda de Ávila. Desde enton­ces no ha parado de tocar el tamboril formando pareja con multitud de dulzaineros. La música sigue ocupando un lugar importante en su vida, tanto que diariamente ensaya con una caja china marcando el ritmo de las piezas que suenan en un radiocasete. Para esta tarea cuenta con un cente­nar de cintas que forman un gran repertorio de grabaciones de músicos populares como "Los Talaos" o "Polilo y Ojetete", y músicos clásicos como Albinoni, su preferido, Bach o Häendel.

 

Al atardecer de cada día Luis recogía los anima­les. A paso lento, bajo la mirada de los guardianes custodios de la cárcel, y junto a sus paredones pasaban la pareja de burros y las cuatro cabras arro­pando a su amo. Primero guarda las cabras en una vieja casa comprada al obispado, y luego los burros en la cuadra donde antes había vacas, no sin antes darles agua en el abrevadero. Después da una vuelta por el gallinero, para protegerlo de las zorras, las cuales ya han matado quince gallinas en los últimos días, por lo que hay que colocar un cepo y encerrar el gallo y las seis que quedan. Una vez guardado el ganado, Luis se sentaba delante de la chimenea que pronto empieza a llamear, y se dispone a comer unas sopas de leche que ya tiene preparadas. Después continua la lectura inacaba­da del último libro que ha sacado de la biblioteca titulado "La agricultura en la Edad Media. Cuaderno de Historia", sin olvidarse de leer la hoja diaria del calendario zaragozano que reposa sobre la chimenea. Sobre la ventana está la caja china y los palillos con los que, si se tercia, ensa­yará la percusión de alguna de sus piezas favoritas del compositor de dulzaina y tamboril Teófilo Sánchez "Talao", o del músico veneciano Albinoni que vivió entre 1671 y 1750.

 

Además de arar la tierra, Luis desarrollaba las faenas agrícolas que completan el ciclo anual de las cosechas, como son la siega, el acarreo, la tri­lla, la limpia, y el ensacado del grano. En todas ellas utiliza la imprescindible pareja de burros, con los que conduce un destartalado carro al que le ha cambiado las ruedas de radios por unas viejas ruedas de goma recicladas de algún coche desgua­zado.

 

El trabajo manual del campo supone un gran esfuerzo físico del que Luis parecía no resentirse, pues, como él cuenta, los dolores esporádicos pasan de la espalda a una pierna, o a un brazo, pero no se detienen, y además para recuperarse de la fatiga suele pasar algunos días en la playa de Benidorm o Canarias. Por ello vivió feliz en su pue­blo sin entender cómo la gente se hacina y amon­tona en las ciudades. Descanse en paz y que la tierra le sea leve.

 

Jesús Mª Sanchidrián Gallego

Junio, 2020

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