Dejar atrás una etapa “oscura y peligrosa”
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Dejar atrás una etapa “oscura y peligrosa”

Aunque sean en Madrid, estamos a las puertas de unas elecciones que van a ser decisivas para establecer el panorama político al que nos tendremos que enfrentar y padecer en toda España al menos los próximos dos años. En gran parte, de lo que ocurra el 4 de mayo va a depender si Sánchez se lanza o no a convocar esas elecciones generales adelantadas con las que ya todos especulan.

 

Si el verano y las vacunas ponen a raya al dichoso virus y antes de que la situación económica empiece a mostrar su peor cara, el presidente y sus asesores de marketing y storytelling, los mismos que ahora acusan a Ayuso de convocar estos comicios por el mero deseo de obtener réditos electorales, podrían pensar que la ocasión la pintan calva y que no hay que desaprovechar el momento para lanzarse en un salto de fe a unas elecciones en las que todavía podría ser el más votado, comiéndole el pastel a unos podemitas descabezados tras la salida de Iglesias del Gobierno.

 

Las encuestas, y no solo las de Tezanos, siguen todavía esbozando una media sonrisa ante las posibilidades de Sánchez de volver a ganar, pero hay que darse prisa, antes de que los de los ERTES pasen a engrosar las cifras del paro y, entre ellos y los que vengan nuevos, nos pongamos en seis o siete millones de parados este invierno, mientras Europa nos obliga a corregir a fuerza de “austeridad” los despilfarros, el déficit y la deuda disparados.

 

Las posibilidades de agotar la legislatura, con un Podemos menguante y su líder ya sin careta en la oposición, un PNV cada vez más reticente y una ERC en plena pelea a garrotazos con Puigdemont se antojan cada vez más complicadas. Y complicadas es decir poco. Ni de casualidad aguanta así ni el más guapo otros dos años. El otoño, esa estación en la que cada hoja es una flor, que decía Albert Camus, puede ser el momento. Pero seguro que en esos cálculos mucho va a pesar el nivel de batacazo que Iglesias se pegue, o no, en Madrid.   

 

El vicepresidente, desde su chalé en Galapagar, con la niñera a cargo de los presupuestos generales del Estado, su jardín, su piscina, sus tres perros y los 800.000 euros que ha acumulado en sus breves años como diputado y vicepresidente, cobrando solo tres salarios mínimos, ha elegido en Madrid un mal lugar para jugársela. Claro que igual no tenía otro mejor, visto lo visto en Galicia y el País Vasco. Tal vez por eso alienta y defiende a sus amigos “antifascistas” para resolver a pedradas el problema de que VOX le supere en votos en los barrios más humildes.

 

Sus otras amistades peligrosas, como el exiliado Puigdemont o el hombre de paz Otegui, sus llamadas a impedir que la derecha se haga con Madrid, donde por cierto lleva 25 años, y su presencia en un Gobierno que ha acogotado a la región imponiendo un confinamiento singular a la comunidad autónoma que por entonces ocupaba el quinto puesto por la cola en la incidencia de positivos, no son la mejor carta de presentación para subirse al tren en marcha de la candidatura, esta vez ya sin molestarse siquiera en convocar unas primarias fraudulentas, para anteponerse a sus camaradas que llevan varios años haciendo política en la región, como un torero gritando “¡dejadme solo!” a su cuadrilla.

 

Y tampoco parecen buenos argumentos para su programa electoral haberse pasado medio año denunciando junto a Rufián y Otegui el dumping fiscal de la Comunidad que es el mayor contribuyente neto de España, ni exigir a Hacienda que obligue a subir los impuestos de los madrileños y que se vuelva a imponer el de sucesiones, que impide a muchas personas con pocos recursos incluso heredar la casa de sus padres. Pero igual acierta. Con esto de las elecciones nunca se sabe y a lo peor los madrileños le vuelven a dar alas en vez de cortarle el moño. Cosas más raras se han visto.

 

Por si acaso, ahí está el presidente, que como ya hizo antes de las elecciones gallegas y de las catalanas, se lanza a anunciar en televisión la derrota del virus, la vacunación de casi toda la población antes de septiembre y el final del estado de alarma el 9 de mayo. Confieso que con Sánchez tengo una extraña sensación, ya no sé si no creerle nunca, después de tantas mentiras, o si pensar que alguna vez, aunque sea de casualidad, acertará.

 

Nada me gustaría más que fuese esta vez y que realmente hubiese un 70 por ciento de población vacunada el 31 de agosto, pero de momento no tiene pinta y mucho tendrán que cambiar las cosas. Para que se cumpla por una vez su promesa, tendríamos que aumentar, desde hoy, el ritmo de vacunaciones en un 600 por ciento y no parece fácil, aunque lleguen las dosis necesarias. Europa ya le ha rectificado y ha explicado que no hay todavía datos de cuántas se recibirán a partir de julio. Y los nuevos problemas con AstraZeneca son otro palo en la rueda de la moto que nos quiere vender el presidente.

 

Pero no olvidemos que es el mismo que nos anunció la victoria contra el virus en mayo del año pasado, el mismo que luego se fue de vacaciones, el mismo que nos aseguró en enero que este sería el año de la recuperación económica y que por estas fechas el 20 por ciento de la población estaría vacunada y por supuesto todos los mayores de 80 años. De estos llevamos un 40 y del total de la población, menos del 9 por ciento. Pero él, que no pisa la calle y vive rodeado de su cohorte de aduladores, parece muy seguro de que sus mentiras cuelan y seguirán colando. También dijo Sánchez en su Aló Presidente que los españoles van a “dejar atrás esta etapa oscura y peligrosa”. En esto estaría bien que tuviese razón y que el 4 de mayo los madrileños con sus votos le dejen muy claro que, efectivamente, quieren dejarla atrás.