Coronavirus: la guerra de nuestra generación

Mascarilla

El mazazo del virus pone en cuestión vidas, empleos, empresas, economía y sociedad: es la mayor amenaza que han visto millones de españoles. Debemos superarlo, y aprender.

Hemos subestimado la amenaza del coronavirus. A estas alturas pocas cosas están más claras. La prueba es la semana que, España entera, lleva confinada en sus hogares sin poder salir más que para lo imprescindible como única manera de frenar a un enemigo que no vemos, pero que campa a sus anchas desde hace semanas por calles y plazas sin que nadie, ni ciudadanos ni administración, haya acertado, haya hecho algo.

 

No es lo único que, en estos momentos, está claro. También es seguro que los recortes en la Sanidad pública están dando ahora su cara más terrible. Se nota en la falta de material y en la carrera desenfrenada por conseguirlo, a última hora, donde exista, donde sea, y sin mirar el presupuesto. Y si los almacenes vacíos de mascarillas, batas, guantes o equipos de protección no fueran suficiente vergüenza, ahí están los héroes de la sanidad pública, sus trabajadores, en primera línea, prácticamente a pie gentil, sin descanso, sin defensa y sin relevo. Son los mismos a los que todas las administraciones sin excepción han ido negando el pan y la sal, las mismas plantillas recortadas, exhaustas en turnos y guardias que hace años que no cuadran.

 

Por supuesto nada de esto habría sucedido si no hubiéramos puesto al límite nuestra sanidad con comportamientos irresponsables. En estos momentos son muchos los hospitales y UCI que van camino del colapso por una avalancha de casos generados hace entre una semana y quince días, cuando llenábamos alegremente bares y restaurantes porque nadie nos dijo, con crudeza, que había que dejar de hacerlo, que no estábamos poniendo en peligro. El paso de la recomendación a la orden tardó... demasiado.

 

Ahora el colapso parece inevitable. Hace días que asumimos el pronóstico, que se hace desde las administraciones como si fuera algo irremediable en lo que nadie tuviera responsabilidad. Y la hay, claro que la hay, porque si la famosa curva de contagios no claudica en breve le vamos a ver la cara a la muerte miles de veces más, y eso es algo que exigirá responsabilidades. Será el momento de revisar posiciones impostadas o no, declaraciones, oportunismos... Pero no ahora.

 

Desde luego que a nadie se le puede pedir ser adivino. Tampoco es bueno decidir con la bola de cristal que algunos sí parecen tener (ahora), y es totalmente cierto que esta es una situación sin precedentes. Es la guerra de nuestro tiempo, la que esperaba a los españoles, muy de este tiempo sin armas, pero letal, destructiva en el campo de lo social y económico. Pero se han cometido errores. La improvisación ha presidido muchas decisiones, con decretos que se retocan hasta tres veces, medidas que se toman sin detalle y en las que se atisba cierto miedo a 'romper algo'. Incluso ahora, con el consenso de que hace falta un plus, se rechaza reducir todavía un poco más la presencia en la calle.

 

Es cierto que pasarnos de la raya se puede cobrar miles de empresas y de empleos (¿no lo hará ya?), pero quedarnos cortos es ir irremediablemente por detrás de la enfermedad, que nos lleva la mano desde hace muchas semanas. Un pequeño esfuerzo extra ahora puede servir para que esta situación no tenga más prórrogas, para que recuperemos antes nuestra vida y nuestro país. Veremos.

 

España no es China, ni tampoco Italia, países a los que no le va a la zaga en número de casos, pero cuyas medidas no son de aplicación automática: sus economías y sociedades marcan las diferencias suficientes para no 'calcar' medidas, pero sí se ha echado en falta algo más de proactividad, de audacia. Al final, sea como fuera, el virus nos ha golpeado casi como en ningún país del mundo, aunque puede que lo que esté en cuestión es nuestro estilo de vida  y nuestra inconsciencia general, la costumbre de infravalorar las amenazas o de desafiar las recomendaciones. Se impone salir de esta, salvar vidas, empleos, empresas y, en definitiva, un país que saldrá cambiado. Después tocará reflexionar.