Los jubilados de UGT Ávila culminan el curso con una marcha hasta el nacimiento del Adaja
Ruta cultural por el cementerio de Ávila. Itinerario, arte y memoria entre silencios
Convocatos por la Unión de Jubilados y Pensionistas de UGT de Ávila, un centenar de convidados por la agrupación sindical que preside Isaac Muñoz Quirós ha acudido en la tarde del pasado lunes a la convocatoria en la que han sido guiados por quien suscribe, Cronista oficialde Ávila, al tiempo que deleitados por la música melódica del violonchelo de Layla San Segundo Gónzález. Con ello, Ávila recupera ese gesto antiguo de caminar entre sepulturas para entender mejor la ciudad que somos.
Tras diecisiete años desde aquellas primeras rutas que desde 2009 a 2019 organizaba el Ayuntamiento, en las que se desvelaron su arquitectura y su memoria, el camposanto ha vuelto a recibir visitantes. No como un lugar de duelo, sino como un territorio donde los vivos se asoman a la vida de los muertos para reconocerse en ellos.
El cementerio de Ávila se ha abierto así como un libro de piedra donde cada nombre, cada sombra y cada silencio cuentan una historia que la ciudad ha ido depositando, capa a capa, como quien deja flores sobre una tumba querida.
El cementerio moderno, inaugurado en 1890 en el ensanche norte según proyecto del arquitecto provincial Ángel Cosín, sustituyó a los viejos camposantos cristiano, musulmán y judío, cuyos ecos aún flotan en el aire como un murmullo de siglos. Llegar hasta él era seguir el camino de Mingorría, senda de cortejos y despedidas. Hoy, en cambio, es un espacio plenamente urbano, integrado en la vida cotidiana, aunque conserva esa frontera sutil entre lo visible y lo invisible que solo los cementerios saben custodiar.
Europa lleva tiempo entendiendo que estos lugares no son solo depósitos de cuerpos, sino museos al aire libre, archivos de piedra donde se guarda la memoria de las ciudades. Ávila se suma a esa tradición, hermanándose con los cementerios de París, Londres, Berlín, Roma o Barcelona, donde reposan nombres que aún iluminan la historia. Aquí, en cambio, la luz es más íntima, más recogida, como si la muralla que abraza la ciudad también protegiera a sus muertos.
La ruta comnezó bajo la mirada austera de la "cruz de los olvidados", que se alza en la entrada como un recordatorio de que nadie debería quedar sin nombre. Desde allí, la calle principal se abre como una avenida solemne, flanqueada por panteones que parecen pequeños templos. Son la huella visible de familias que dominaron la vida económica y social del primer tercio del siglo XX: Paradinas, Picón, Muñoz, Aranguren, Ramón de Vega, Patricio Pérez, De Paz. Sus mausoleos, orgullosos y silenciosos, hablan de un tiempo en que la muerte también era una forma de afirmar el linaje.
Pero la ruta no se detuvo en la ostentación, sino en las vidas que laten detrás de las piedras. La primera figura que nos sale al encuentro es Guido Caprotti (1887-1966), pintor italiano que llegó a Ávila en 1918 y quedó atrapado por su luz fría, por sus inviernos, por la dignidad de sus gentes. Sus cuadros, llenos de color y de verdad, son hoy una ventana a la ciudad que fue. Caprotti quiso ser enterrado aquí, en la tierra que pintó con devoción, y su deseo se cumplió. Su tumba, donde reposan también su esposa y sus hijos, es un pequeño santuario de gratitud.
Enfrente se encuentra un gran tumbón coronado por una enrome cruz, todo de granito, donde se hallan del restos de Luisa María Narvaez Macías (1912-1983), V Duques de Valencia, de reciente construcción. La Duquesa fue peculiar personaje, un verso suelto de la nobleza y aristocracia española, una gran amazona, criadora de caballos de carreras. Fundó la "Avanzadilla monárquica" en 1944 reivindicando el reino de "Juan III" ejerciendo de antifranquista contumaz, un activismo que le costó la cárcel y cuantiosas multas. Se casó en Ávila con Antonio Cavero Goicoerrotea, barón de Carondelet (1906-1970), viudo de Piedad Latallaide. Los últimos veinte años, convivió con el conde de Toptani, cuyos restos también reposan en el cementerio, de cuya corte exiliada de Albania fue su anfitriona
Al final del frondoso paseos, se encuentra el sencillo monumento levantado por el maestro de obras Antonino Prieto dedicado a la figura de Julián Vallespín (1840-1994), el cual recuerda al director de la Academia de Administración Militar. Su tumba, levantada por sus compañeros, es un homenaje sencillo y sincero. Cerca de ella, las lápidas de la familia Sastre nos conducen a la figura de Jorge Santayana (1863-1952), filósofo universal que pasó su infancia en Ávila y que siempre llevó la ciudad en el alma. Santayana, viajero incansable, quiso ser enterrado en un cementerio católico "neutral", pero la vida __EMDASH__y la muerte__EMDASH__ lo llevaron al panteón español del Campo de Verano en Roma. Allí descansa, aunque su espíritu parece seguir paseando por las calles frías de Ávila, donde aprendió a mirar el mundo.
El camino continúa hacia las sepulturas de los hijos del arquitecto Enrique María Repullés (1845-1922), restaurador incansable del patrimonio abulense. A él se deben la recuperación de San Vicente, La Santa, Mosén Rubí, las murallas y Santo Tomás. Su mano dejó una huella profunda en la ciudad, y aunque no diseñó el cementerio, sí proyectó panteones y escribió sobre la arquitectura funeraria con una sensibilidad que hoy resuena entre las lápidas.
Muy cerca, el conjunto funerario de la familia de Isidro Benito Domínguez (1870-1932) nos habla de un arquitecto que supo mezclar modernismo, secesión vienes y románico-bizantino con una audacia sorprendente. Sus panteones __EMDASH__los de los Sánchez Monge, Condes de Montefrío, Picón, Paradinas, Ramón de Vega, Patricio Pérez__EMDASH__ son pequeñas joyas que parecen querer elevarse por encima del tiempo. Su obra civil también dejó huella en la ciudad, y su afición a la fotografía nos legó imágenes preciosas de la Ávila de finales del XIX. Junto a él descansa su padre, Isidro Benito Lapeña, político, senador, empresario y figura clave de la vida local.
En la misma zona se levanta el mausoleo del Marqués de Arenas (César Jiménez Arenas, 1877-1967), casado con una hija de Isidro Benito Lapeña. Sus hijas emparentaron con los Aboín y los Silvela, y sus nietos con los Silvela y los Alcázar, familias propietarias y políticas abulenses de la Restauración. Fue alcalde y senador por Ávila en las legislaturas de 1914-1923. En 1924 recibió el título de marqués de Arenas por construir una planta del Hospital de la Cruz Roja de Madrid.
Uno de los sepulcros más antiguos del cementerio es el de la familia Sánchez-Albornoz, linaje que marcó la historia política de Ávila. Allí reposan Claudio Sánchez-Albornoz Rodríguez y su hijo Nicolás, pero la figura que domina la memoria es la del nieto e hijo, respectivamente, Claudio Sánchez-Albornoz Menduiña (1893-1984), historiador, rector, académico, ministro y presidente del Gobierno de la República en el exilio. Desde Argentina escribió su deseo de volver, al menos muerto, a la ciudad de sus abuelos. Y así fue: sus restos descansan hoy en el claustro de la Catedral, cumpliendo un círculo que parecía inevitable.
El paseo nos lleva también al panteón de la familia López-Aranguren, donde reposan los familiares del filósofo José Luis López-Aranguren (1909-1996), uno de los grandes pensadores españoles del siglo XX. Aranguren, expulsado de la universidad por el franquismo, participante en las Conversaciones Católicas de Gredos, escribió sobre Ávila con una ternura que revela un vínculo profundo. Él también quiso ser enterrado aquí, en la ciudad donde aprendió a soñar.
En la zona de nichos, la figura de Alfonso Querejazu (1900-974) recuerda también las Conversaciones Católicas de Gredos, aquel foro intelectual que reunió a lo mejor del pensamiento español entre 1951 y 1968. Su presencia añade una nota de serenidad y reflexión al recorrido.
Y, como un susurro que atraviesa todo el cementerio, aparece la memoria de los fusilados en sus tapias durante la Guerra Civil. Entre ellos, el alcalde republicano Pablo Barranco y el escritor Manuel Ciges Aparicio (1873-1936), cuya muerte simboliza la tragedia de tantos abulenses sin nombre. Ellos no tienen panteón ni lápida, pero su recuerdo es quizá el más necesario.
El cementerio de Ávila, recorrido así, se convierte en un espejo donde la ciudad se mira y se reconoce. Sus panteones son templos de memoria; sus lápidas, páginas de un libro que nunca se termina de leer. La ruta no agota la riqueza humana del lugar, pero abre la puerta a futuros paseos, futuros nombres, futuras historias que seguirán emergiendo de la tierra silenciosa donde Ávila guarda a sus muertos.
Finalmente, cerró el emotivo acto Layla San Segundo Gónzález, quien tocó al vilonchelo las siguienes piezas: "Preludio 1 suite violonchelo de Bach", "El cisne de Saint saens", "Habanera de Carmen", "Volver de Gardel", "Imagine de J. Lenon", y "La vida es Bella".





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