La actividad, incluida en la programación municipal del Día de Acción por la Salud de las Mujeres, recorrió 12 kilómetros entre la Dehesa del Pinar y Brieva
El presidente Sagasta, ya forma parte del callejero abulense
El pasado viernes 29 de mayo, por acuerdo del Pleno Municipal, el Presidente el Consejo de Ministros que lo fue, Práxedes Mateo Sagasta (Torrecilla en Cameros, La Rioja, el 21 de julio de 1825 - Madrid, 1903), ha vuelto a su casa abulense.
Y lo hace 124 años después de que la Corporación decidiera el 11 de septiembre de 1902 fijar su nombre en el callejero y en la memoria colectiva en agradecimiento a los esfuerzos demostrado por atender las demandas de agua para el abastecimiento de la población, la producción eléctrica y el riego de cultivos.
El regreso del estadista se produce entonces con voluntad de permanencia, y lo hace ocupando, a partir de ahora, el espacio público de la Plaza de Santa Teresa del Mercado Grande existente entre los edificios números 12 y 13 que comunica dicha plaza con la calle del Pilón de las bestias, lugar donde estuvo su hogar familiar y que recibirá el nombre de "Presidente Sagasta".
Ya en 2025 se cumplió el bicentenario del nacimiento de Sagasta, y Ávila ha vuelto a pronunciar su nombre con la familiaridad de quien recuerda a un viejo conocido, tal y como lo hicimos notar por nuestra parte en una serie de reportajes en los que reivindicamos su figura y la de esta tierra que lo acogió.
No era para menos: el gran artífice del liberalismo progresista español había hecho de la ciudad su refugio estival desde 1887 hasta su muerte en 1903. En aquellos veranos, Ávila dejaba de ser únicamente una ciudad amurallada para convertirse en un discreto despacho de Estado, un hogar luminoso y un escenario donde la política y la vida cotidiana se entrelazaban sin estridencias.
Ciertamente, Sagasta respiraba dentro de Ávila: no como un visitante ilustre, sino como alguien que, verano tras verano, convirtió la ciudad en una prolongación de su vida política, familiar y sentimental.
Sagasta llegaba a Ávila con la serenidad de quien vuelve a un lugar propio. Ingeniero de Caminos, revolucionario, ministro y siete veces presidente del Consejo de Ministros, traía consigo la experiencia de una vida marcada por conspiraciones, destierros, debates parlamentarios y reformas decisivas __EMDASH__la Ley de Prensa, la Ley de Asociaciones, el Código Civil, el sufragio universal masculino__EMDASH__, pero también la sencillez doméstica de un hombre que encontraba en la ciudad castellana un ritmo distinto, más humano.

Aquí, junto a su esposa Ángela Vidal Herrero (1828-1897), levantó primero una casa en la calle San Segundo y después otra, más amplia y luminosa, en el Mercado Grande, con galerías acristaladas abiertas al valle de Amblés según proyecto delo arquitecto Repullés. En esos salones, decorados con retratos, jarrones japoneses y fotografías familiares, se mezclaban ministros y nietos, periodistas y tertulianos, decisiones de Estado y meriendas de verano.
Su vínculo con Ávila venía de lejos. Ya en 1855, como ingeniero, defendió con pasión que el Ferrocarril del Norte debía pasar por la ciudad y no por Segovia. «La ciencia ha resuelto siempre lo mismo… la preferencia de la línea de Ávila», proclamó en el Congreso. Aquella intervención, decisiva para el trazado Madrid__ENDASH__Ávila__ENDASH__Medina del Campo, fue el primer gesto de una relación que con el tiempo se haría íntima.
También presidió la Junta Nacional del III Centenario de Santa Teresa en 1882, y recibió de Rafael de Sierra un álbum fotográfico con treinta y siete vistas de la ciudad, un testimonio visual que contribuyó a difundir la imagen monumental de Ávila en toda España.

La vida familiar transcurría con una mezcla de recogimiento y apertura. Ángela Vidal, muy querida en la ciudad, organizaba tertulias donde se hablaba de política, literatura y sociedad. El duelo por la muerte de su hijo José en 1894 lo vivieron en Ávila, y allí también celebraron el matrimonio de su hija Esperanza con Fernando Merino. El pequeño Carlitos, el nieto, llenaba la casa de risas, como aquella vez en que, al ver caer a su abuelo, no pudo contener la carcajada y Sagasta, divertido, le preguntaba una y otra vez: «¿Te ríes porque tu abuelito se ha caído?».

El verano abulense tenía además un punto de peregrinación. El Balneario de Santa Teresa, en Martiherrero, inaugurado en 1896, se convirtió en un lugar de encuentro. Sagasta acudía a diario para tomar inhalaciones, y su presencia atraía a curiosos, políticos y veraneantes. El poeta Catarinéu lo resumió con ironía: «Sagasta la bebe ya… ¿Quién no ha oído que Sagasta sabe bien dónde va?».
La ciudad, mientras tanto, se transformaba. Durante los veranos en que Sagasta residía en ella, Ávila se convertía en un pequeño centro político: llegaban periodistas, ministros, diputados; se celebraban paseos, conciertos, representaciones teatrales; y en los cafés se comentaban los rumores de Madrid. Sagasta, afable y paciente, atendía asuntos de gobierno desde su comedor-despacho, pero también disfrutaba de la vida tranquila, de los paseos por el Mercado Grande y de las conversaciones sin prisa.
En 1897, el asesinato de Cánovas del Castillo convirtió la casa de Sagasta en Ávila en epicentro informativo. Recibió la noticia con lágrimas y declaró: «Con profunda pena me entero… me pongo incondicionalmente a las órdenes del Gobierno de S.M.». Periodistas como Tesifonte Gallego y Ricardo Hernández acudieron a entrevistarlo. Aquel verano, la política nacional pasó literalmente por la puerta de su casa.
Uno de los episodios más celebrados por los abulenses fue la aprobación por las Cortes del proyecto de abastecimiento de aguas en 1902 gracias a la implicación en el mismo del Presidente del Consejo de Ministros. La ciudad estalló entonces en repiques de campanas, cohetes y colgaduras, y el Ayuntamiento acordó dedicar calles a Sagasta y al ministro Suárez Inclán, y colocar una lápida conmemorativa que, aunque nunca llegó a materializarse, quedó grabada en la memoria colectiva.
La muerte de Sagasta, el 5 de enero de 1903, fue recibida en Ávila con un sentimiento unánime de pesar. Se celebraron solemnes honras fúnebres en San Pedro, y la ciudad entera acompañó simbólicamente al estadista que había hecho de Ávila su hogar. Un año después, el mausoleo de Mariano Benlliure, instalada en el Panteón de Hombres Ilustres junto a la Basílica de Atocha en Madrid y financiado en parte por los liberales abulenses, inmortalizó su figura con una estatua yacente, alegorías de la Historia y del Pueblo, y las fechas clave de su vida política.
Hoy, la memoria de Sagasta en Ávila se sostiene en el callejero y en el lugar donde estuvo su hogar en la plaza del Mercado Grande, y también en la fotografía: los retratos de Franzen en la casa del Mercado Grande, las imágenes de Asenjo en el balneario, las escenas familiares captadas por Atard y Rafael de Sierra. Cada una de ellas conserva un instante de aquella convivencia entre un estadista y una ciudad que lo acogió como a uno de los suyos.
Sagasta fue, en definitiva, un hombre que unió técnica, romanticismo y política; un ingeniero que soñó con un país moderno; un gobernante que impulsó reformas decisivas; un liberal que supo ser cercano. Y Ávila, que lo vio reír, trabajar, llorar y descansar, lo recuerda con la ternura que Azorín resumió en una frase: "mientras a Cánovas se le admiraba, a Sagasta se le quería".







