Oxigenar el alma
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Andrés Miguel

Oxigenar el alma

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Hace mucho tiempo a los españoles se les catalogaba como gente bajita, siempre cabreada o siempre de fiesta, comedora de garbanzos o paella, toreros o bailaores de flamenco, religiosos, bastante vagos, de siesta diaria.

 

De igual modo, los franceses eran gente de poca higiene, alérgicos al baño, buenos amantes ellos, “fáciles” ellas, románticos ambos, chauvinistas por demás, comedores de queso y caracoles, además de algo groseros con quien no hablase su idioma.

 

¿Y qué decir de los alemanes? Gente cuadriculada, que cumple las normas a rajatabla, directos, poco diplomáticos, sin sentido del humor, distantes, meticulosos, puntuales, bebedores de cerveza al por mayor y devoradores de codillo y salchichas.

 

¿Cuántos de los españoles, franceses o alemanes de hoy encajarían en todas estas características? Alguno, no digo que no, de hecho hay uno en mi pueblo, pero no creo que muchos. Por descontado, la mejor manera de descubrir cuánto hay de verdad o de mentira en todo esto no es otra que viajar… cosa que, por desgracia, hoy nos está vedada a todos.

 

De modo que, encorsetados por las limitaciones perimetrales y otras “lindezas” similares, hemos de reducir nuestras ansias de expandir la vista y el oído, de alimentar el alma y el conocimiento, al pequeño territorio de nuestras provincias o, acaso, en un exceso de libertades prestadas, a nuestra vieja Comunidad Autónoma.

 

Pues bien, he de confesarte que no es tan exiguo el espacio como quizás pienses.

 

En mi pequeña provincia, tierra de cereal, de pan y pastores, de pan y queso que dirían los estereotipos, a poco que circules con tu coche o con tu moto unos pocos kilómetros hallarás paisajes de lo más diferenciados: océanos de viña en Cigales o en Rueda, el interminable páramo que nos lleva a Campaspero, la senda de los Montes Torozos que nos permitirá visitar Casasola, Villalar, Bercero, Wamba, la inmensidad de los pinares que abrazan Pedrajas, los fértiles valles del Duero y el Pisuerga… y hay mucho más que te invito a descubrir.

 

Es mi tierra un paraíso aquejado de un sarampión de castillos, iglesias y monasterios del que merece la pena contagiarse; hazlo inhalando los olores de la primavera, tocando sus árboles centenarios, caminando entre su herencia romana, descubriendo la Historia en las callejas de sus pueblos, bebiendo sus caldos, degustando sus manjares.

 

Es más que seguro que, aunque partas de viaje para olvidar tus problemas, éstos te darán alcance, si no es que marcharán contigo desde el comienzo. Aún así, no ha de ser eso impedimento para disfrutar del mismo.

 

Decía Manu Leguineche que “los viajes constituyen la parte frívola en la vida de la gente seria y la parte seria de los tipos frívolos”. Cualquiera que sea el grupo en que te encuentres, disfruta del viaje, cualquiera que sea su extensión en tiempo o en espacio, saborea la experiencia.

 

Nunca hemos necesitado tanto como ahora airear nuestra mente, oxigenar el alma, descansar del día a día.

 

Nuestra ciudad, nuestra provincia, nuestra región pueden, sin duda, brindarnos ese descanso. Aprovechémoslo. Si de paso contribuimos a mantener alguna economía, maltrechas casi todas a estas alturas de la pandemia, estaremos provocando dos beneficios, el bien que nos hacemos a nosotros mismos, a nuestra propia salud, y la ayuda que prestamos a los demás.

 

Sólo eso ya es motivo suficiente para ponerse en marcha. Bon voyage.

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