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"Rockin' Roca"

Iván Velayos
El Buzo en el Purple (Festival Internacional Purple Weekend 2012)

Sumisión City Blues, Señor No y Screamers & Sinners

Rock detail

La presentación del nuevo trabajo de los Vitorianos Sumisión City Blues los devolvía a su casa y hogar, el Hell Dorado gasteiztarra acogía a una de sus bandas emblema, parte intrínseca del ADN propio del templo del Rock de la ciudad, se vestía de gala para la puesta de largo de lo que viene a ser su primer “larga duración” tras multitud de singles y EPs; “Hay un plan trazado desde arriba que se llama...” es la nueva colección de canciones que nos ofrecen los Sumisión City Blues, curtida banda de ásperas cualidades para la que navegar a la contra de la corriente preponderante se convirtió una suerte de “leitmotiv” desde el inicio de su andadura.

 

Tras la disolución de los seminales e imprescindibles “Obligaciones”, sus miembros fueron a parar a distintas formaciones y proyectos a cual más interesante; “124”, “Storm Clouds Rock Band”...  y su núcleo duro rehízo filas junto a músicos de “Sexty Sexers”, “Los Padrinos”, “Ajustadores” y “Gramones” para configurar la formación  total de esa engranada maquinaria que son “Sumisión City Blues”.

 

 

Recuerdo haber oído y leído alguna entrevista sobre los motivos de la disolución de Obligaciones en su día y se apelaba al final de un ciclo y de un discurso, al haber dejado seca la fuente que nutría la diatriba y el universo “Obligas”, cosa que no pude comprender en su momento, pero que el tiempo ha terminado dando la razón. Por aquel lejano ya año 2006 la debacle sísmica del Rock Noruego y Escandinavo que sacudió el planeta del Punk estaba dando su último estertor; no cesaban de aparecer bandas clónicas mareando los mismos tics y esquemas hasta el punto que no se podía distinguir prácticamente unas de otras, los grupos encumbrados y punta de lanza de esta corriente se disolvían, escoraban hacia terrenos cercanos a la programación de radio fórmula FM o sacaban de forma cíclica discos calcados de lo ya conocido. La presión comercial de los sellos discográficos y el público no ayudaba tampoco a vislumbrar un camino con cierta originalidad y algún riesgo artístico, la escena roquera se replegó sobre sí misma y llegó el Neo Soul, la masificación del Stoner hasta el bucle infinito, la estandarización domesticada del Punk prediseñado, el Blues llevado a la superficialidad de la pista de baile, el Garage desvirtuado en ruido para justificar la canción ñoña adolescente, el Country Alternativo clonado hasta cotas de eterno revival, el Hard Rock perdido entre el camino de recorrido nulo de la épica de una vieja gloria a otra... y la ansiedad del creador cegado por la piedra filosofal de la imitación con la que conquistar la cumbre.

 

 

Los grupos tributo, el eterno regreso al recopilatorio de grandes éxitos, el esnobismo pedante de un Jazz sin dolor ni osadía y el Metal ahogándose en su propia idiosincrasia. Salvo honrosas excepciones, todo era y es una premeditada vuelta a lo mismo con ese desagradable aroma añadido de falta de frescura por intencionalidad comercial. “La nostalgia ya no es lo que era” que dijo Kevin Rowland y se apropió Ignacio Julià.

 

Llegados a este punto no es difícil comprender la importancia de obtener, fabricar, pergeñar, conseguir, obtener, lograr... crear al fin y al cabo, una personalidad propia que camine completamente ajena a lo que está haciendo el resto, la diferenciación que eleve tu propuesta por encima de las demás por derecho propio, una marca distintiva que señale el camino que estás abriendo sin seguir el de nadie.

 

 

Los Sumisión City Blues han sabido hacer esto como nadie haya sido capaz actualmente, menos en este país. Han agitado una coctelera repleta de las esencias con más clase y elegancia de toda la era Rock, pudiendo encontrar en su música atisbos y sabores de Rhythm and Blues, Jazz, Funk, New Wave, Pub Rock, Gospel, Country, mucho Stones, mucho Nick Cave, mucho Graham Parker o Dr. Feelgood pero todo ello atravesado desde la óptica del Rock Radical Vasco, algo así de cómo lo hubieran hecho los Cicatriz o como entendían y asimilaban Eskorbuto a los grupos de Rock clásico que veneraban como los Who o los Kinks. De esta manera se puede comprender que cohabiten en un mismo lugar musical y canción un verbo demoledoramente verídico y tóxico sobre el armazón de un espiritual Gospel, un arreglo de anárquico Jazz como cremallera entre partes de un rugoso Funk a cerca de un atraco, un medio tiempo de aires County para hablar de suicidas y la custodia de los niños tras el divorcio después de marcarse una oda al amor de adolescencia febril de Martha And The Vandellas. Acojona ¿eh?

 

 

La noche estaba diseñada para llevar todo esto a un estado máximo;  abrían fuego Screamers & Sinners, adrenalítico y contundente Psychobilly de emoción tensa y a flor de piel, querencia Punk Rocker y visceralidad descarnada que partió el cuello de todos los que se propusieron seguir el frenético ritmo al que la banda iba lanzando un tema tras otro. La apoteosis llego con la versión del “Ahógate” de los R.I.P., el Hell Dorado ya estaba en plena ebullición y aquello acababa de empezar.

 

 

Ocupando un preponderante lugar central, salieron a las tablas Señor No, no en vano siguen siendo LA BANDA, con mayúsculas; el grupo que si existiera un poco de justicia y cordura en este mundo debería estar situado desde hace tiempo al lado de Leño, Burning, Triana o Asfalto como una de las formaciones de mayor peso e importancia dentro Rock patrio. Bien merecerían un capítulo particular en su honor donde tratar cualidades y recorrido, vida y milagros de la formación; con un disco de exquisita madurez bajo el brazo y un envidiable estado de forma se marcaron un “bolaco” de esos para enmarcar, energía atómica desatada en deflagración decibélica y limpieza anti estrés de cicaterías y auras. Una experiencia incomparable ya por sí solo.

 

 

A estas alturas de la noche, los Sumisión City Blues salieron en su casa a disfrutar de la comodidad del hogar; arropados por un público volcado desde el primer segundo se despacharon a capricho con un repertorio que ya va teniendo una extensión considerable; sin prisa pero sin pausa, templado y con paso firme, intensamente constantes fueron manejando como los vino en gana las euforias, los énfasis y el nervio de la actuación consiguiendo una dinámica de exhibición de super banda encumbrada, de clásico imperecedero que disfruta a conciencia de lo que mejor sabe hacer. Un derroche escénico apabullante para celebrar el deleite con que saborean su oficio.

 

Yo no tengo duda alguna de que son el fenómeno de la temporada, otra cosa es por donde vayan los intereses del público o los caprichos de la tendencia juvenil, pero si quieres sentir algo real y verídico, no lo dudes, los Sumisión City Blues hacen estragos.

 

   Nos vemos, banda.

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