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Reflexiones de un figurante

Tribuna de Salamanca

Se lo comió el gato

Sé que es una punta insignificante de la parte emergente de un enorme iceberg, pero ha saltado en Ávila y suscitado mi interés por la proximidad.


Resulta que el ingeniero jefe de obras públicas de Ávila, ha sido desprestigiado, castigado y sometido a mobbing, hasta le han bajado el sueldo, por haberse negado a un apaño en el baremo de clasificación de empresas ofertantes a los trabajos de mantenimiento de carreteras, con el fin de beneficiar a una de las solicitantes, el importe de los trabajos a realizar, unos veintiséis milloncejos y medio. El afectado ha dejado constancia en documento notarial, si interviene notario, es que el asunto es serio. Aporta grabación de conversación telefónica que no deja lugar a dudas.

 

Posteriormente se descubre que, por las mismas fechas, en Salamanca se repite la práctica, con la misma empresa, por un importe de diez millones y medio. Al final, la conclusión es que no se trata de excepciones, sino de una práctica habitual, y a poco que hurgaran, el hedor a mierda haría el ambiente irrespirable. Estamos hablando de treinta y cinco millones, una pasta oiga, seguro que la coima no desmerece al montante, y eso en trabajos de mantenimiento, cuanto no habrán robado en aquellos tiempos en que se construían autovías a tutiplén, con el vil metal que venía de Europa a mansalva y gran desparrame con solamente dar una patada a un bote.

 


Claro que ha sido práctica habitual de casi todos los gobiernos, nacionales, autonómicos, municipales y otros organismos públicos, para financiar partidos y llenar buchacas de mangantes, pero en esta ocasión le toca a quien sigue gobernándonos y, como de costumbre, no sorprende la escasa o nula difusión que los medios dan a un asunto que debería hacer rodar cabezas.
A quien puede extrañar que sucedan estas cosas en un ministerio, donde hasta el mismísimo ministro está siendo investigado por colaborar en el desfalco de Venezuela.

 


Dicen que hubo un tiempo en que a un funcionario, fiel cumplidor de su deber y haciendo un buen trabajo, se le reconocía el mérito y se le ascendía, ahora solo le proporciona disgustos, caer en desgracia, que le bajen el sueldo y puede que se juegue el puesto. Suerte Manuel, que la satisfacción del deber cumplido te compense el calvario que vas a sufrir.
Esperanza en que algún responsable ponga coto a estos abusos, ninguna, que solución van a aportar las ranas del mismo charco para secarlo. Y como siempre, jueces y fiscales, en lugar de andar a ranas, andan a peces.

 


Sensación habitual de desamparo, la que sufre el ciudadano cuando solo le queda la justicia y esta no funciona o lo hace mal. Empezamos por la presunción de inocencia, principio jurídico que comparto al cien por cien, pero a la que todos estos delincuentes apelan haciendo uso y abuso del mismo, a mi que me registren. Creo que la labor de los fiscales consiste precisamente en convertir la presunción de inocencia en culpabilidad, y la de los jueces en juzgar, sentenciar, imponer la pena y que se cumpla.

 


Dicho sea con todos los respetos, pero hay veces en que si la justicia no es un cachondeo, lo parece, como cuando Ernesto dijo que fue el gato de Anastasio el que se comió las acelgas del huerto de Teodoro y como no se pusieron de acuerdo, apelando al principio de inocencia, se metieron en juicios, después de años y varias sesiones, el abogado de Ernesto, que tenía más labia y caché que el de Anastasio, casi convence al tribunal de que, como en el huerto no estaba solo el borrico de Ernesto, que también estaba el gato de Anastasio, fue el gato el que se zampó treinta kilos de verdura entre coles, acelgas y lechugas. Ese pudo ser el resultado de lo que comenzó con la presunción de inocencia del borrico. A veces sucede y en asuntos de palacio con frecuencia.

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