¿Por qué no comparto fotos de mis hijas en redes sociales?
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¿Por qué no comparto fotos de mis hijas en redes sociales?

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“Mamá, tú pones muchas cosas de mi hermana y mías en Instagram, ¿verdad?”. Hace unos días, mi princesa grande me sorprendió con esta frase, mitad duda, mitad reproche. Todo venía por un comentario de su monitor del campamento, el cual, al reconocerme cuando fui a recogerlas, le comentó a la niña que me seguía en las redes. Sabía su nombre y el de su hermana, algunos de sus gustos, que a la peque se le había caído un diente, … Una radiografía completa, o al menos con aquello que yo dejo entrever en mis perfiles, que es más bien poco.

 

Entonces, tomé la decisión de sentarme con ella. Puse el móvil en su mano y abrí Instagram. Juntas repasamos una a una las fotos de mi perfil. Le expliqué que, aunque sacara algún detalle de ellas, jamás aparecía su cara, ni dato alguno que pudiera identificarlas. Pero que, si se sentía incómoda con alguna publicación, me lo dijera e inmediatamente la eliminaba. Ella, que es consciente del peligro que supone la sobreexposición de los niños en Internet, dijo no ver nada que le molestara. Así que todo quedó como estaba. Eso sí: con la promesa certificada por el cruce de su meñique y el mío de que jamás subiría nada que pudiera ridiculizarla (lógicamente, nunca se me pasaría por la cabeza).

 

Sin embargo, esta conversación me dejó ciertamente inquieta. Me tengo por una persona que cuida bastante el hecho de no exponer a sus hijas en las redes sociales. Sí, alguna vez publico algo sobre ellas, pero es un porcentaje ínfimo del volumen total del contenido que comparto. Y siempre, siempre, con máxima precaución: sin mostrar su imagen completa, o datos que puedan dar pie a localizarlas fácilmente. Tan sólo pequeños retazos de mis vivencias junto a ellas, aquellos que me hacen feliz o que me sacan una sonrisa. Mostrando una parte sin descubrir el todo, que es al fin y al cabo nuestra privacidad, su privacidad.

 

Pero aquel monitor la conocía por conocerme a mí. Estamos hablando en un entorno seguro, donde tengo bastante controlado quién me sigue en Instagram y en Facebook, por lo que no me sentí en peligro en este caso. Y el buen chico hizo aquel comentario con toda la naturalidad del mundo, y cero maldad. No obstante, ha hecho que me replantee un mayor control de las publicaciones que afecten a mis hijas. Y, con la mayor, a partir de ahora he acordado preguntarle antes de subir cualquier imagen que pueda involucrarla para que ella, libremente, me dé su visto bueno.

 

Lógicamente cada padre, cada madre, hará lo que considere oportuno en este ámbito. Y es respetable. Mi decisión en este caso es que mis hijas no aparezcan en mis redes sociales. Y eso no me hace peor madre, o que las quiera menos porque no presuma tanto de niñas. No verás fotos de ellas en la piscina, ni actuando, ni posando para la cámara (aunque lo adoran, especialmente la pequeña). Apenas una mano, un piececito con las uñas pintadas de rosa verano; poco más. Y ahora, pensando y repensando varias veces antes de compartirlo. Porque a veces me puede el amor de madre, y es muy difícil de controlar.

 

Sí: a los padres nos encanta presumir de nuestros hijos. Es algo innato. Antes aturdíamos a las visitas con páginas y páginas de fotos en aquellos álbumes de cubierta marrón y hojas autoadhesivas. Y ahora lo hacemos en la Red. Mucha gente cree erróneamente que no pasa nada por subir una fotografía de su niño a Facebook para que todo el mundo vea lo guapo que es, pero realmente esto puede ser un peligro para la integridad física y moral del niño. No sabes dónde puede acabar esa fotografía, o con qué fin. Esto sirve también para el Whatsapp, plagados de fotos de perfil del usuario con sus retoños, o de los retoños solos: esas fotos las ven solo tus contactos, sí, pero recuerda que ellos las pueden descargar y enviarlas o hacer con ellas lo que quieran; nunca sabrás qué habrá sido de aquella imagen que tan inocentemente pusiste en el circulito de Whastapp enseñando a tus nenes en la playa.

 

Además, ten en cuenta un detalle: estás vulnerando su propio derecho a la intimidad. Estás usando su imagen “sin permiso”, y, por mucho que seas su padre o su madre, no es ético que actúes así. Se han dado ya casos de hijos que han denunciado a sus progenitores por esta cuestión, por lo que la vía del diálogo y el consenso previo (que es por la que yo he optado) no me parece mala opción.

 

Y ya no hablamos de los casos de famosos influencers que “se aprovechan” de sus pequeños para subir en likes en sus publicaciones o colaboraciones con marcas comerciales. Respeto mucho la libertad de cada padre de hacer lo que considere oportuno con la educación de sus hijos, pero en este caso, creo que falta una base ética sólida. No todo vale por dinero. La imagen pública de nuestros hijos, tampoco.

 

De nosotros, padres, depende que cuidemos la integridad de nuestros hijos. Seamos conscientes de los peligros que acarrea una imagen subida a las redes. Si queremos presumir, hagámoslo a la antigua usanza: volviendo a dar la tabarra con los álbumes dichosos. O actualicémonos y mostremos a nuestros conocidos las fotos en la pantalla de nuestro móvil. Pero que no salgan de ahí. O, al menos, de la manera más controlada posible. Yo ya he aprendido la lección.

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