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Auxi Rueda

Apostando por una necesaria alfabetización digital

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Es algo más que obvio afirmar que las nuevas tecnologías se han introducido en muchas facetas de nuestras vidas. Pero es igual de cierto que, tanto individuos como organizaciones, hemos tenido que reaccionar a este hito de manera rápida y, en ocasiones, imprecisa e improvisada. Formar parte de la llamada “sociedad de la información” no implica que todos los ciudadanos cuenten con las nociones y posibilidades necesarias para utilizar las nuevas tecnologías con el fin de comunicarse de forma correcta. Por eso, hoy más que nunca, es necesario reivindicar una coherente alfabetización y/o educación digital.

El ritmo de crecimiento e innovación tecnológica es brutal, y no va a detenerse. Esto nos obliga a tomar medidas preventivas para no aumentar ya más la "brecha digital”, esto es, la distancia entre aquellos que pueden considerarse nativos digitales (Generación Z), los inmigrantes digitales (millenials), y aquellos que no están alfabetizados ni pueden hacerlo por las razones que sean.

 

¿Y qué entiendo yo por alfabetización digital? Igual que de pequeños nos instruyeron en el arte de leer y escribir, ahora necesitamos instruirnos en los conceptos y procedimientos claves de la tecnología. Se trata de leer y escribir con un nuevo lenguaje: el multimedia, el social, el audiovisual. De esta manera, optimizamos nuestro conocimiento, habilidades y conductas cuando usamos dispositivos tecnológicos, esos que ya forman parte irremediablemente de nuestra vida.

 

Más aún, la alfabetización digital indica la “capacidad para localizar, organizar, entender, evaluar y analizar información utilizando tecnología digital”. Es una definición que hace Wikipedia y que me parece de lo más acertada. Por un lado, habla de la capacidad para utilizar la tecnología que tenemos a nuestro alcance (debemos aprender a usarla). Un aprendizaje que va en relación con la comprensión crítica sobre ese uso de las tecnologías (si sabemos aplicarlas correctamente, pueden ser una buena ayuda para mejorar nuestra comunicación, nuestra productividad, nuestra eficiencia).

 

Y esta formación jamás debe descuidar el aspecto ético del uso de las nuevas tecnologías y su aplicación en nuestra rutina diaria. Las luces y las sombras, las oportunidades y las amenazas. Es imprescindible trabajar en el tan necesario civismo digital, proponer una presencia en la Red basada en valores positivos. Pero sin prejuicios, sin sustos: con cabeza, pero sin miedo.

 

En definitiva, esta apuesta por la alfabetización digital lo que nos impulsa es a entender que adaptarse a los cambios que nos llegan es parte de nuestra convivencia con el tiempo en el que nos ha tocado vivir. No nos sirven las excusas típicas de “¡uy, yo ya no tengo edad para aprender eso!”. Si nuestra sociedad es, en gran medida, digital, no debemos quedarnos fuera. Más que nada porque las oportunidades y las exigencias que esa interacción, esa gran conectividad implica son enormes. Para nosotros, pero sobre todo para nuestros hijos. Ellos van a ser alfabetos digitales, pero para formarse en este ámbito, primero tenemos que tener nosotros, padres, esa formación previa.

 

Desde luego, es todo un reto. Pero, ¿qué no lo es cuando hablamos de educar a nuestros hijos? La formación crítica en el uso de nuevas tecnologías debe partir, en primera instancia, del hogar, de la familia. Margarida Romero, profesora de Tecnología para la Educación en la Universidad Laval de Quebec (Canadá) señala en un artículo cómo “desde la elección de juegos digitales a la decisión de cuántas horas diarias se les debería permitir a los niños estar frente a una pantalla, los padres tienen que tomar decisiones y asentar directrices del uso digital. Sin embargo, estas decisiones se basan en un conocimiento escaso de los beneficios, oportunidades y riesgos del uso de la tecnología en primaria y secundaria”.

 

Dar la espalda a la formación digital sería retrasar, bloquear, impedir la oportunidad de crecimiento y desarrollo personal y colectivo. Si somos seres sociales, aprendamos a movernos en el entorno 2.0 para que esa conexión con los demás y con la realidad que nos rodea sea más efectiva, más positiva y tenga un mayor valor para nuestro enriquecimiento como personas.

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