Un año sin el cocodrilo
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Un año sin el cocodrilo

Cocodrilo simancas detail

En la población con el archivo más famoso del país, un policía, un grupo de jóvenes y un jubilado vieron con sus propios ojos y desde distintas ubicaciones cómo el animal que todos en algunas ocasiones hemos llevado a la altura del pecho navegaba placenteramente por las aguas de su rio.

 

Redes, radios, televisiones, portadas de prensa se hacían eco de tan original visita, por lo inusual del lugar y por lo inusual del bicho.

 

Mi teoría y creo que no ando muy lejos de la verdad, es que fue un rumano de camino al zoo de Cabárceno donde siempre antes de la llegada del verano realizan un casting para escoger a parados que con disfraces muy logrados trabajan durante tres meses de figurantes que simulan ejemplares que no han logrado obtener de su hábitat natural.

 

El hombre se hizo un par de anchos para comprobar que la ropa estaba bien cosida, que podía respirar y que el leve aleteo de las piernas le permitía mantenerse sin grandes dificultades y salió del río, secó la prenda colgada de un pino se enjaretó una cerveza y cogió camino de Cantabria la furgoneta y punto.

 

Vamos por los zoos tan pendientes del móvil, de hacer fotos a los niños en cada esquina, de encontrar una sombra y de reservar el sitio para comer que nunca observamos con detalle las actitudes de los animales que allí permanecen confinados.

 

Pero yo he visto a una jirafa tumbada fumar, a un elefante estudiar apuntes en una sombra, a un ñu hablar con su madre y a dos monos comentar que Zidane tenía los días contados y mira si han acertado.

 

Son emigrantes, jornaleros que igual hacen la fresa, la vendimia o el tour de los zoos. Son estudiantes que preparan oposiciones o mujeres de la España vaciada que buscan un empleo los meses estivales.

 

Pero como vamos como tontos deseando llegar a la jaula donde los monos se miran el culo y como  la gorra, las gafas de sol y la crema protectora nos impiden ver todo con detalle ni nos damos cuenta que un porcentaje no pequeño de los ejemplares allí presentados no son reales.

 

O es que nadie ha visto en la pandemia como un benjamín probó un traje de corzo por el puente colgante. O es que nadie ha visto que la mayoría de los hosteleros que iban en fila siguiendo a su presidenta tirando plato a plato a las puertas de la junta no eran reales. O es que alguien se puede creer que es real el directivo del banco que ha decidido quitar el cajero en la localidad más rica de la provincia, que es donde qué casualidad apareció el “navegador”.

 

La mayoría de las cosas que pasan a nuestro alrededor son soñadas, figuradas o imaginadas en nuestro subconsciente, pero nos creemos que son reales, ya que nunca nos paramos a observarlas con detenimiento.

 

La Diputación ha tirado doce millones de euros en una montaña para que nuestros jóvenes se tirasen sobre un saco de plástico soñando que estaban en los Alpes suizos cuando realmente se los podía haber gastado en un zoo en condiciones, que aquí no tenemos y no será por falta de gente que estaría deseando enfundarse un traje de rinoceronte de ocho a tres y tener los fines de semana libres para tumbarse con los suyos a la orilla de un río a disfrutar de la sombra y de una bota de vino esperando la llegada de un nuevo cocodrilo.

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