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La Sombra del Ciprés

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Y tú… ¿por qué escribes?

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Una de las preguntas más recurrentes que se les suele plantear a los escritores es… ¿Por qué escribes?

 

Hace unos años, cuando la escritura era una utopía para mí, leí un artículo de Jesús Ruiz Mantilla en un periódico nacional en el que preguntaba a varios autores de renombre los motivos por los cuales dedicaban sus vidas a la escritura.

 

De las opiniones de dichos escritores, unas me resultaron comprensibles, otras chocantes, varias afines y las menos, irrelevantes.

 

Héctor Abad Faciolince, afirmaba que su cerebro se comunicaba mejor con sus manos que con su lengua, y escribir le permitía corregir y escoger las palabras sin que nadie le interrumpa o le desesperara mientras las encontraba.

 

Santiago Roncagliolo pensaba que escribir ―como leer― le devolvía a la realidad mejor equipado para vivirla, con una comprensión mayor de lugares, personajes o sentimientos, que no habría visitado de otra manera y aunque no hacía dicha realidad más sensata, sí la volvía un poquito mejor.

 

Para Andrea Camilleri, decía que escribir era mejor que descargar cajas en un mercado y hacerlo le permitía contar y contarse historias que después podía dedicar a sus nietos.

 

Los más osados, como Lucía Etxebarria, lanzaban al viento: escribo para que me quieran; para entenderme a mí misma; porque es de las cosas que mejor hago, amén de dibujar, cocinar, hacer el amor y organizar fiestas; porque siempre lo he hecho y porque me pagan. Escribo por amor, publico por dinero. Por esa razón, no publico ni la mitad de lo que escribo.

 

Otros como Javier Marías, se jactaban de escribir para no deberle casi nada a casi nadie ni tener que saludar a quienes no deseaba saludar y de paso ocupar el tiempo y ganar algún dinero.

 

Ken Follet, no se ruborizaba cuando aseguraba: «Es fantástico dedicarse a algo que uno sabe hacer bien». Y Mario Vargas Llosa decía: «Es el centro de lo que hago. No concibo la vida sin la escritura».

 

Pero las opiniones que más me hicieron reflexionar fueron aquellas que no intentaban encontrar una explicación coherente al hecho de escribir:

«Porque no se elige, como un amor» (Amèlie Nothomb)».

«Porque nunca me lo he preguntado y no creo que tenga interés» (Eduardo Mendoza).

«Si supiese por qué escribo, tal vez no escribiría» (Jorge Semprún).

«Escribo porque me gusta» (Umberto Eco).

«¿Por qué respiro?» (Carlos Fuentes).

 

Tiempo después, cuando me interesé en el mundo de la escritura, descubrí que George Orwell había publicado un alegato donde encuadraba en cuatro aspectos inherentes al ser humano las razones para escribir.

1.- Por egoísmo puro y duro (deseo de parecer inteligente, de que se hable de uno).

2.- Por entusiasmo estético (la percepción de la belleza en el mundo exterior o, si se quiere, en las palabras y su adecuada disposición).

3.- Por impulso histórico (deseo de ver las cosas como son, de cuál es la verdad, de almacenarla para su buen uso en la posteridad).

4.- Propósito político (la opinión de que el arte nada tiene que ver con la política, ni debe tener nada que ver, es en sí misma una actitud política).

 

Entonces me hice la pregunta a mí mismo: y yo, ¿por qué escribo?

 

Siendo sincero, creo que mis razones para escribir son bastante parecidas a las de ellos. Yo también escribo por egoísmo ―quiero parecer listo, aunque no lo sea, y que hablen de mí, a ser posible, bien―; escribo porque me encanta jugar con las palabras y a veces hasta consigo hacer alguna frase melódica, ingeniosa e interesante; porque no quiero que se pierdan mis recuerdos ―banales para algunos, pero emotivos, idealizados y de vital importancia para mí―; porque quiero dar voz a todo aquello ―el mundo rural, la gente sencilla, los animales, el campo y la naturaleza― a lo cual los voceros del reino pretenden enclaustrar en el olvido; porque me apetece expresar opiniones políticas y personales sobre hechos, reales o inventados, personas, de mi entorno o imaginarias, y lugares o sucesos que los de siempre intentan tergiversar; pero por encima de todo escribo porque soy lector, y como tal, esta es mi manera de agradecer lo mucho que les debo a todos aquellos que, gracias a su escritura, me permitieron descubrir, conocer, valorar, discrepar, imaginar, recordar, reír, sufrir o llorar, y con ello enriquecieron mi manera de pensar; y al final, aunque mi opinión no tenga ningún valor, porque me niego a que los vencedores escriban la historia tal y como a ellos les interesa que sea contada, y porque me repatea que políticos y gobernantes de nula integridad pretendan guillotinar el arte y la cultura en aras de su apestosa moral.

 

Por todo ello me identifico con un amigo alejado de los focos como yo, de nombre Antonio, que dice: escribo para mostrar todo lo que he vivido y sentido desde mi punto de vista, y porque me relaja. O con Fernando IWasaki, que afirma: «Escribo porque leo y gracias a la lectura nacen arroyos y afluentes del torrente de libros leídos; porque creo en la austera inmortalidad de la palabra escrita y en las bibliotecas como paraísos laico; porque el hechizo de la literatura es fulminante y a mí me hace ilusión ser aprendiz de aquellas magias; porque mis familiares y amigos se alegran cada vez que alguien les cuenta que ha leído algo mío; porque contar historias es el oficio más antiguo del mundo. Y, de acuerdo con Camilleri, escribo porque dedico mis libros, mis reflexiones, mis emociones y mis sentimientos a mis nietas, Lucía y Carla, y así ―mientras yo siga escribiendo― ellas sabrán que las sigo queriendo.

 

En definitiva… escribo, porque soy lector y aprendiz de todo y para poder preguntaros a vosotras y vosotros, compañeras y compañeros de letras…

 

Vosotros… ¿por qué escribís?

 

Moisés González Muñoz

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