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La Sombra del Ciprés

Blog en Tribuna de Ávila de la Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés

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A lo largo de mi vida lectora he tocado muchísimos palos, quizás demasiados. He sido extremadamente amplio: me ha dado igual saltar de la ciencia ficción hard a poesía clásica del Siglo de Oro, del teatro experimental a autores británicos del XIX, de bestsellers del momento a obras de ensayo y filosofía. Siempre me he dejado llevar por la norma de probar y luego bucear en lo que me parecía interesante, sin abandonar la búsqueda de nuevos terrenos. Eso me convierte seguramente en un aprendiz de mucho y maestro de nada, aunque en ese transitar por géneros, estilos y épocas, cada vez que encontraba algo que me llamaba la atención me daba con pasión a ello, intentando agotar la bibliografía del autor o leer todo lo que viera del tema.

 

Sin necesidad de caer en la imagen manida pero no por ello menos afortunada de Manrique, la vida es como un río. Y como dice la sabiduría oriental, nunca te puedes bañar dos veces en el mismo río, ya que el agua que corre por él ha pasado la segunda vez que metes los pies. En el periplo lector de cualquier persona siempre surge la tentación (a veces la necesidad) de la relectura de un libro ya visitado. Sea por refrescar la memoria; sea por haber leído otra obra continuación, preludio o conectada; sea por curiosidad por ver qué arquitectura sustentaba los trazos e imágenes, esos que nuestra memoria guarda de él; sea porque una mayor formación literaria nos permite pensar que encontraremos arcanos antes velados: da igual el por qué, pero volvemos a abrir las páginas de un libro por segunda, tercera o enésima vez. Me ha llegado a pasar releer un libro sin ser consciente de haberlo leído con anterioridad, y confieso que ha habido casos en los que me he dado cuenta de ello solo bastante avanzada la obra.

 

La cuestión es que la relectura es, como digo, una tentación, pero también precisa de un análisis de costes, de lo que la economía llama «lucro cesante». Si releo, es tiempo que no puedo dedicar a nuevas exploraciones literarias. Posiblemente afiance el territorio antes cartografiado, pero a costa de dejar regiones del mapa global todavía etiquetadas con aquella maravillosa máxima de «hic sunt dracones», sabiendo a determinada edad que es posible que sean mares o desiertos que ya no se transitarán. Esa elección nunca es fácil; supongo que en el equilibrio está la virtud, sabiendo revisitar los particulares clásicos, pero sin perder el ansia aventurera que nos impele a buscar el borde de la Tierra literaria. En mis años infantiles llegué a leerme más de 15 veces las obras de los Cinco de Blyton, cual drogadicto enganchado a las conocidas historias. Fue tiempo —ahora entiendo— que quizás pudiera haber dedicado a otros libros, mas ¡que me quiten el placer de lo bailado!

 

Pero la relectura en sí misma no es siempre un cómodo viaje por terrenos conocidos, no es la vuelta a una confortable rutina. Cuando uno elige volver a una obra, y más si se ha leído hace un cierto tiempo, se está iniciando una peligrosa travesía en un híbrido entre la máquina del tiempo y el diván de psicoanálisis. El libro —las palabras y sus páginas— no cambia, pero nosotros y el mundo sí. Obras que en su momento nos parecieron eternas e imperecederas de pronto las descubrimos efímeras e intrascendentes —suele ocurrir mucho con la escritura excesivamente anclada a su época, sin llegar a describirla—. Las novelas que pensamos rompedoras en su estructura o en su uso de personajes y sintaxis, pasadas por el tamiz de los años, se quedan muchas veces en huérfanos despojos de modas pasajeras, que no alcanzaron fortuna en el olimpo de la literatura. El propio lenguaje se nos hace a veces arcano, incomprensible y desconocido; leer hoy en día un sainete de Arniches puede ser más difícil que hacerlo en ruso original Guerra y Paz, y no hacen falta cien años: muchas obras de los ochenta, con su lenguaje pandillero y de la movida sobreviven también mal a las arrugas de la edad.

 

Eso en lo que toca al envejecimiento y desfase inevitable de la obra frente al contexto. Pero es que el mayor problema somos nosotros, los lectores: la maduración nos hace crecer, nos aporta más herramientas comprensoras, pero también nos llena de prejuicios, cierra ciertas puertas que antaño estuvieron abiertas y receptivas y abre otras ventanas que antes no existían. Nada hay más difícil que volver a las lecturas formativas de adolescencia cuando uno se ha establecido ya en una tardía mediana edad. Se las ve como se ve a la pareja que uno tuvo hace muchísimos años al encontrársela décadas después con su familia, con su vida encima, con sus arrugas que también son las nuestras. Se busca en ella, aturdido, el rescoldo de lo que nos atrajo, sin darnos cuenta de que puede seguir o no presente, pero que eso da igual, porque los que no somos los mismos somos nosotros. Y no es que los libros sean malos, cumplen su función, muchas veces son clásicos por los que transitan generación tras generación en rito iniciático, pero muchos tienen un momento vital para su lectura, pasado el cual, decaen. Lo mismo pasa con géneros que ya hemos cerrado, con libros basados fundamentalmente en la trama, con poesía que nos hablaba en un momento, y solo en ese, de nuestra existencia. Son revisitas difíciles, de las que a menudo se sale más apesadumbrado que como se entró.

 

Pero hay otras veces en que la vuelta a un viejo amigo de las letras nos trae, además de ese amargo sabor de ver que no somos los mismos, el premio de una comprensión mayor, aumentada por la experiencia, por el bagaje cultural y vital. Hay obras que leí demasiado pronto, demasiado joven, demasiado inculto, y de las que he gozado muchos años después. Libros que me han permitido aprender de la vida, cuya relectura me ha mostrado precisamente eso, que he cambiado, cómo he cambiado, y a veces, si hay suerte, por qué lo he hecho. Lecturas que me han permitido comprender a mis hijos, a mis padres, a mi entorno, desde el salto temporal y vital, que me han hablado en el momento preciso, y no antes. Libros donde he podido pelar capas de cebolla y penetrar en facetas que en su momento no supe ver, mostrándome toda su maravillosa plenitud.

 

Y por supuesto, están los libros —pocos, elegidos, y por ello casi todos parte del canon—considerados «clásicos», que tienen como valor fundamental el que con cada visita se va sacando más y más jugo, que se hacen nuevos y sobre todo mejores en cada lectura. Algunos de esos tesoros lo son personales, sí, son libros que nos hablan a nosotros solos, pero lo normal es que esa cualidad de intemporalidad o de mejorar cual buen vino sea algo que afecte a muchas personas.

 

Por último, en mi caso, uno de los placeres de la relectura es también el recuerdo de la sensación de un primer encuentro con los libros, al margen de su calidad. Hay veces en que abro otra vez uno y me sumerjo en sus primeros capítulos en búsqueda de aquél yo lector que disfrutó tanto de ese primer encuentro, persiguiendo esa imagen de mí, joven, con melena, comiendo pipas mientras leía ensimismado —a veces encuentro hasta alguna cáscara entre las hojas—, embelesado ante cada página, noches en vela por la lectura. Tiene cierto componente autovoyerista, como ojear viejos álbumes de fotos o hurgar en el cajón de los cachivaches, pero es bueno para acordarnos de lo que fuimos, de la pasión lectora que rigió nuestro pasado. Y para darnos con ella fuerzas para iniciar nuevas aventuras otra vez por los infinitos y maravillosos mares literarios.

 

José Guillermo Buenadicha Sánchez

Comentarios

Moisés 29/06/2020 17:03 #2
Muy bueno, Guillermo. Releer es una manera de volver a reinterpretar los libros conforme a la situación personal, la experiencia y los conocimientos vitales de cada cual en los diferentes momentos de nuestras vidas.
Antonio (Toño García) 29/06/2020 09:30 #1
Enhorabuena por el artículo. Yo intento cada vez más leer de todos los géneros, pero reconozco que hay textos, géneros que son muy difíciles de diregir por mí. También he leído mucho de los cinco, y a veces demasiado. Me pasa como a ti, he leído libros en épocas que seguramente no eran las adecuadas y que ahora las vería con otra perspectiva. Gracias por recordarnos que volver a leer un libro es una de las cosas necesarias. Un saludo y de nuevo enhorabuena

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