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La Sombra del Ciprés

Blog en Tribuna de Ávila de la Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés

Los sutiles senderos de la trama

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Escribir es captar una impresión única del intríngulis que turba al autor e implica inexorablemente un tiempo para resolverlo y especular en el modo de convertirlo en su narración. Toda narración comporta una trama. Sin ella la novela o relato deviene un amasijo de datos y opiniones insustanciales. A veces, empecinados en la sintaxis, el punto de vista o el lenguaje, dejamos en segundo plano que la trama se despliegue y los personajes nos hablen.

 

Afortunadamente, el escritor cuenta con un medio que le permite entrar en contacto con historias que ansían salir a la luz. ¿No han tenido ustedes, amigos escritores, la sensación de que la historia que plasman se aparta en ocasiones de sus cauces y los personajes toman las riendas? No es broma ni desvarío. En los momentos iníciales la narración sigue una senda planificada y los personajes dicen lo que nosotros ponemos en sus bocas con el tono y lenguaje que les acordamos. Luego, a medida que cobran vida, son ellos quienes toman la iniciativa y nos descubrimos plasmando por escrito lo que ellos nos exigen.

 

La primera vez asusta. Un personaje de ficción nos aparta de nuestros derroteros y maneja nuestros dedos. Impone, da miedo. ¿Hemos perdido la cordura? Mis temores y aprensiones se desvanecieron cuando leí este párrafo del novelista y ensayista E.M. Foster:

 

¿Qué sucede con el estado creativo? En él un hombre es transportado fuera de sí mismo. Desciende como si fuera un balde en el pozo de su subconsciente y se alza con algo que normalmente se halla fuera de su alcance. Lo mezcla con sus experiencias normales y con esa mezcla compone una obra de arte… Y cuando el proceso concluye, cuando la pintura, sinfonía, poesía o novela se ha completado, el artista, volviendo la vista a su creación, se pregunta cómo demonios ha podido lograrlo con los pies sobre la tierra. ¡En verdad no lo ha hecho en la Tierra!”.

 

Fue un hallazgo tranquilizador: ¡Alguien había experimentado una experiencia semejante y la había verbalizado! Descubrí que en algún momento del proceso creativo el escritor es transportado fuera de sí mismo, se aleja del plano de realidad cotidiana, se zambulle en un caudaloso río ignoto y captura una pieza con la que ni remotamente contaba. El autor audaz se deja llevar y escribe incesantemente, guiado por esos personajes que adquieren vida propia y se desviven por airear sus emociones y desventuras. No han elegido al autor al azar, como luego veremos. Para que la trama transfiera verosimilitud es imprescindible que el autor acople sus experiencias rutinarias con aquellas surgidas más allá de sus vivencias terrenales.

 

El autor prosigue su tarea: sigue escribiendo, esforzándose, hasta que su obra concluye. ¿Aquí, en la Tierra? No, no lo ha logrado en el planeta que pisamos. Entidades de ese pozo inmenso, de ese río, le han ayudado. Una dimensión akásica, un éter de energía, la memoria universal.  Un espacio conectado con lo onírico. El artista creador salta a él, como lo hace también el científico con menor frecuencia. El químico alemán Friedrich August Kekulé soñó que estaba rodeado por serpientes que formaban un hexágono. Esta experiencia onírica condujo al científico a describir la estructura del benceno, que contiene un anillo de átomos de carbono de seis miembros con enlaces simples y dobles alternados. Niels Bohr descubrió la estructura del átomo al ver electrones y el núcleo en forma de sistema solar cuando dormía. Elias Howe, creador de la máquina de coser, ansiaba resolver el problema del diseño de las agujas para máquinas de coser, hasta que en un sueño fue amenazado por una tribu que le atacaba con lanzas. Howe se fijó en que las lanzas tenían ojos, lo que  le inspiró el actual diseño de las agujas. Por supuesto, esa capacidad del sueño vinculada al universo colectivo alcanza a los literatos que se valen de ensoñaciones en sus escritos: Misery, la novela que relata el lado oscuro del ser humano, procede de una ensoñación de Stephen King. El escritor sobrevolaba Londres cuando le asaltó una pesadilla sobre una fan enajenada que mataba y mutilaba al escritor con el que estaba obsesionada. Mary Shelley, tras perder a su hija a los doce días de su nacimiento, soñó con su vuelta a la vida como consecuencia de un masaje cerca de una hoguera. La morbosa idea generó Frankenstein, una de las obras cumbre del género de terror.

 

Sin embargo, la literatura muestra una trabazón más honda con la energía ultramundana que la ciencia. Aunque el científico se vale en contables ocasiones de elementos ensoñadores, su producción final —el invento tecnológico o el descubrimiento de una estructura química— es siempre de utilidad pragmática, facilita el modo de desenvolverse en la vida material. La literatura abarca un marco de posibilidades infinitamente mayor. El peso de esa dimensión ultramundana que transciende lo onírico y guía la pluma del escritor cuando se asienta en su lomo y galopa en su montura se hace notar en la obra acabada. Hay un desenlace; se ha resuelto un conflicto; los personajes han evolucionado, hablado y actuado; han transmitido sus pensamientos y han dirimido batallas. Todo ello en cien, doscientas, cuatrocientas páginas.

 

Por fuerza, los procedimientos literarios han de ser más ágiles que el método científico, que se centra exclusivamente en un caso aislado modificando solo uno de los factores y manteniendo invariable el resto. Por ende, el fenómeno analizado ha de ser mesurable y tangible, jamás de índole espiritual. En la narrativa se ha de porfiar con situaciones protagonizadas por complejos personajes enredados en situaciones extremas en las que el amor, la amistad o el odio juegan papeles decisivos. En semejante coyuntura se ha de optar por un tratamiento holístico, interdisciplinar y flexible. Un tratamiento que ahonda en las almas, capta sentimientos y emociones y las reconduce hacia un final que siempre resulta el retorno mejorado en que el protagonista ha crecido tras superar las pruebas que se han interpuesto en su camino.

 

El tratamiento de la ficción.

 

Esa ficción novelesca ayuda al ser humano a resolver las contradicciones irresolubles de la existencia y aporta visiones de conjunto que exploran y amplifican nuestro plano espiritual, intangible y sutil.

 

Sobre los beneficios de la ficción se han escrito infinidad de volúmenes que resultaría vano intentar resumir en estas líneas.

 

Más productivo es esbozar algunas ideas acerca de la forma de atraer a alguna de esas sustanciosas historias que se mueren de ganas de ser llevadas al papel. Lo primero y fundamental es que alguna cuestión o problema anímico zarandee al autor hasta el punto de forzarle a afrontarlo y resolverlo. Una ardua investigación y concienzuda documentación deben seguir a la inquietud inicial. Como bien opinaba Picasso la inspiración ha de pillarte trabajando.  Por otra parte, las historias ansiosas por venir son propensas a comunicarse con escritores que saben adaptar sus experiencias personales a la trama naciente.

 

El camino es arduo pero merece la pena. Enfrentarse a lo desconocido revitaliza el cerebro, sostiene Volpi. La ficción contribuye a nuestra supervivencia ayudándonos a predecir situaciones hipotéticas y fuerza a nuestra mente a representarlas. Al ahondar en lo insólito, al afrontar el desafío mediante un mecanismo que rechaza incluirlo en categorías conocidas, el escritor incrementa su capacidad de reacción y su habilidad de resolver problemas. Vargas Llosas cree que el aventurarse por las veredas de mundos imaginarios —a la vez reales y soberanos y distintos—nos hace mejores de lo que en realidad somos.

 

Revitalizar la mente, resolver problemas con eficiencia, ser mejores… ¿Existe mayor recompensa?

 

Julián Miranda

Comentarios

XenarOvinOdarrut 15/02/2020 11:49 #3
"...nos hace mejores de lo que en realidad somos". No aseguro que esto sea así, pero es posible que nos acerque algo a los demás. (En la creación siempre hay una mirada, un tiempo para bocetar y un espacio-lugar donde construir).
Moisés 10/02/2020 12:34 #2
Muy buenas reflexiones, Julián. No sé si el escritor pierde la cordura cuando escribe o escribe porque ya la había perdido con anterioridad. Locos o no, bendita locura la de los aquellos dementes que nos regalaron obras maestras. Un abrazo.
Toño -Antonio García- 10/02/2020 07:59 #1
Enhorabuena compañero. Excelente artículo. Estoy de acuerdo con lo que dices sobre que cualquier descubrimiento o hecho relevante ha ocurrido por algo. Al poner encima de la mesa todos los ingredientes de nuestra futura novela tenemos claro en qué momentos deben de aparecer, el papel que van a desarrollar. Pero si que es cierto, que poco a poco van consiguiendo que ellos cobren vida, consiguiendo que el escritor tenga alguna duda si el papel indicado es el que le gustaría. Y creo que esto es bueno porque en momentos de "parada mental" , los personajes te pueden ayudar a continuar. Muchas gracias por el artículo. Enhorabuena

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