La Sombra del Ciprés

Blog en Tribuna de Ávila de la Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés

LIBRO VIVO

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“Farenheit 451”, de Ray Bradbury, es una novela ambientada en un mundo en el que está prohibido leer y donde, curiosamente, los bomberos no se encargan de apagar los fuegos, sino de quemar los libros. La razón es sencilla: en ese mundo es obligatorio ser feliz, ingenuamente feliz.  Los gobernantes creen que leer lleva a los ciudadanos a pensar,  y pensar lleva a la preocupación y a la infelicidad. Por lo tanto, se prohíbe leer y asunto resuelto: todos felices.

 

En el Capítulo VI de El Quijote, el cura y el barbero hacen una gran pira en el patio de la casa solariega de don Alonso Quijano y queman los libros que consideran la causa de la locura-infelicidad del personaje creado por Cervantes. El cura y el barbero creen también que leer lleva a pensar y pensar lleva a la infelicidad o a la locura. Y entonces, siguiendo el dicho popular de que “quien evita la ocasión, evita el peligro”, queman los libros y acaban con el peligro. De la quema solo se salvan unos pocos libros. Pero la mayor parte de la extensa biblioteca del ilustre hidalgo se convierte en cenizas. De forma divertida e irónica, Cervantes, hace una rotunda crítica a la Inquisición de la época y a cómo, desde el poder, se intenta muchas veces controlar lo que deben leer y por ende, pensar, los ciudadanos.

 

Santa Teresa cuenta en su “Vida” cómo, muy a su pesar, se vio obligada (y no como don Quijote en la ficción, sino en la realidad)  a entregar a la hoguera libros “prohibidos” porque gentes “bien pensantes” decidían qué es lo que se podía leer y lo que no se debía leer. Según los inquisidores, unos libros acercaban a Dios y otros al infierno. Así pues, para evitar tontas confusiones, y acabar, sin querer, condenado por toda la eternidad, lo mejor era que el pueblo no tuviera libros. Y como los libros no eran necesarios para la salvación, entonces, saber leer era un conocimiento “inútil” para el pueblo llano.

 

Parara una apasionada de la lectura como Teresa de Ahumada –que decía que, en su juventud, no estaba contenta si no tenía libro nuevo-,  el no poder disfrutar de la lectura con total libertad debió de ser un golpe tremendo. Sin embargo ella asumió que, si no podía tener libros de papel, sí que podía tener libros “vivos”. Es decir, que de la experiencia diaria, de la vivencia enriquecedora, podría extraer todo lo que necesitaba para alimentar su espíritu.

 

El psicólogo cognitivo Rafael Santandreu, en el libro: “El arte de no amargarse la vida”, expone que las necesidades básicas del ser humano son realmente muy pocas: comida, agua y un lugar donde cobijarse. El resto son necesidades que nos hemos creado artificialmente. Y según Santandreu, el ser humano puede ser feliz con muy poco, en cualquier situación, por difícil que esta sea. No es que este autor esté en contra de poseer cosas materiales, o en contra de la cultura, de la educación, del desarrollo profesional, de los libros, el arte, etc., sino que considera que está bien poder disfrutar de ellas, desearlas moderadamente, pero dándonos cuenta de que si no las poseemos, podemos vivir igualmente sin ellas. Y ser felices. Pues una cosa es desear y otra necesitar. Y la línea entre ambas es muy fina y solemos traspasarla, de forma que convertimos deseos en necesidades. Y eso sí que nos puede causar realmente la infelicidad. La prueba está en que, muchas veces, cuando deseamos algo exageradamente y lo convertimos en falsa necesidad, si no lo conseguimos nos sentimos frustrados, y si lo conseguimos, solemos decepcionarnos o tememos perderlo, con lo que seguimos siendo infelices.

 

Este planteamiento puede parecer muy radical, y a muchos amantes de la cultura les resultará difícil imaginarse un mundo sin cultura, sin arte, sin libros… Pero Bradbury ya lo imaginó perfectamente en su novela. Aunque, ya hemos visto que no hace falta utilizar la fantasía para imaginar otros mundos en los que los libros están proscritos, pues lo cierto es que el planteamiento que hace Bradbury en su novela, ha sido y es algo muy real. Por lo menos, la idea de que cuanto menos piense la gente y menos sepa, más fácil es de manipular, es algo que ha estado presente en toda la historia de la humanidad y que, en diversos momentos, por desgracia, ya se ha querido llevar a la práctica.

 

Durante el periodo de confinamiento, personalmente, he aprovechado para escribir y corregir textos teatrales, para leer extensa e intensamente, para volver a engolosinarme con la lectura, sobre todo de novela -cosa que no  hacía desde mis años de adolescencia, cuando era una verdadera rata de biblioteca-. Y confieso que, al principio, las palabras de Rafael Santandreu me dejaron en shock. Luego, profundizando más en su teoría, basada en la psicología cognitiva, debo confesar que  quedé cautivado y transformado con ese libro.

 

Pero, a donde quiero llegar, tras estos largos circunloquios sobre lo escrito por personas tan dispares como Ray Bradbury, Cervantes, Santa Teresa o Rafael Santandreu es a reflexionar conjuntamente con vosotros, lectores, sobre la necesidad o no de leer de los seres humanos. Lo cierto es que, aunque a los amantes de la literatura nos resulte difícil de reconocer, verdaderamente, leer no es una necesidad básica del ser humano. Vamos, que podemos vivir y ser felices perfectamente sin leer. La prueba está en que, incluso hoy en día, mucha gente no ha leído un libro en su vida y, sin embargo, es feliz. No sé si son felices conscientemente o –como en la novela de Bradbury- ingenuamente. Pero, en todo caso, son felices.

 

La cuestión es que se puede vivir sin leer. Imagino que muchos de los que están leyendo esto, aducirán que para ellos la lectura es una necesidad, y que, como Santa Teresa en sus años mozos, no tienen paz si no tienen libro nuevo. Y lo entiendo porque yo he sentido muchas veces lo mismo. Pero, ahora, estoy convencido de que, para Santa Teresa, al principio pudo suponer un golpe importante el tener que desprenderse de sus libros tan queridos, pero después, al tener “Libro Vivo”, pudo desprenderse o liberarse de la necesidad creada de la lectura.

 

Ya he confesado que, durante el confinamiento, y ahora lo sigo haciendo, he vuelto al placer de la lectura. Quizá por la existencia de un vacío de tiempo que tenía que llenar. Quizá porque era el momento de hacerlo. Quizá porque el encierro favorece la lectura, o viceversa, porque la lectura  ayuda a sobrellevar el encierro. Tal vez porque las novelas me esperaban impacientes después de tantos años, no lo sé. Tampoco me he planteado si para mí era una necesidad verdadera o creada. Lo cierto es que un libro me ha llevado a otro, y este a otro… Como si una misma idea saltara, como una liebre, de un texto a otro. Como si en cada libro se encontrara una pista que me sirviera en la búsqueda y seguimiento de algo intangible. De una solución que, por muchos libros que leyera, solo podía encontrarla en mí. Pero los libros me daban la pista. Y es que, un libro puede cambiarte la vida. Y salvarla. En “Un viejo que leía novelas de amor”, del recientemente fallecido Luis Sepúlveda, el protagonista –que apenas sabe leer- se redime, se salva y sobrevive leyendo novelas de amor en su choza en medio de la selva, saboreando e interiorizando cada palabra, cada frase y cada imagen.

 

En este tiempo he leído mucho y he disfrutado con cada lectura. Y cada novela me ha hecho pensar positivamente. Y el pensar positivamente me ha ayudado –en estos momentos tan complicados- a ser feliz.  Por lo tanto, la teoría de que pensar lleva a la infelicidad no es cierta (en todo caso, lo que lleva a la infelicidad son los pensamientos neuróticos).  Pero lo mejor de este tiempo  ha sido poder leer y descubrir que podemos ser felices con muy poco, que necesitamos muy poquitas cosas para vivir. Y que es bueno saber desprenderse de todo aquello que no necesitamos realmente. Incluso –aunque parezca extraño- llegar a desprenderse también de la lectura, de la cultura y del arte. Porque solo así, podemos disfrutar del “libro vivo” que nos espera en la biblioteca de la vida. En cualquier estante lo podemos encontrar.

 

Leer, a pesar de no ser una de las necesidades primarias del ser humano, y a pesar de ser un acto que suele hacerse en la intimidad (aunque estemos rodeados de gente y de bullicio nos creamos una burbuja que nos permite atender a la lectura) es un fuente de placer, de felicidad. Y es, sobre todo, una ventana al mundo desde la que accedemos al conocimiento de uno mismo y de la humanidad. Salvo que hagamos lo que don Quijote y nos obsesionemos con la lectura las 24 horas del día (los excesos no son buenos) es una actividad equilibrante, desestresante, salutífera, divertida, terapéutica... Y no tiene por qué suponer ni provocar el aislamiento total de la persona, pues me consta que en los clubs de lectura pueden hacerse grandes amistades.

Como puede verse, no pretendía precisamente en este blog hacer un elogio de la no lectura, ni mucho menos una defensa a ultranza del terrible mundo que creó Bradbury en su “Farenheit 451”. Más bien todo lo contrario. Pues del reconocimiento y aceptación de que la lectura no se encuentra entre las necesidades básicas del ser humano, ni entre los condicionantes para ser feliz, me cabe decir (sin pretender por supuesto que nadie comparta mi visión) que, pese a todo,  me gustaría poder seguir disfrutando de la lectura.  Porque leer me hace pensar y también me hace sentir bien. Y porque como me hace pensar, me hace crecer como persona. Pero si un día surge y triunfa una nueva Inquisición, y el mundo  de Farenheit 451 se hace realidad y queman todos mis libros, privándome del placer de la lectura, entonces, espero encontrar, como Santa Teresa, un gran “libro vivo” o muchos pequeños “libros vivos” que me permitan seguir leyendo directamente de las páginas de la vida.

 

JUAN JOSÉ SEVERO HUERTAS

 

P.D.: Podríamos seguir reflexionando, en próximas ediciones, en que si hay un lector, es porque hay un libro, y si hay un libro es porque hay un escritor. ¿Es la escritura una necesidad? ¿Por qué? Ahí os lo dejo.

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