La Sombra del Ciprés

Blog en Tribuna de Ávila de la Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés

La literatura en los tiempos de los millennials

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Durante la Edad Media la humanidad se enfrentó a una época oscura en el que la lectura se reducía a los conventos y poco más. El mundo era analfabeto. Esto fue cambiando poco a poco con las edades históricas, sacudidas por algunos motores como lo fue el invento de la imprenta. En el siglo XX la lectura se democratizó, alcanzando a todas las clases sociales; fue posible que la literatura llegase a prácticamente toda la población. Si no a través de la compra de libros, al menos por mediación de las bibliotecas públicas.

 

Pero este panorama ha llegado a su fin en nuestros días y estamos abocados a un nuevo analfabetismo mundial. Eso sí, tecnológico, que impide que la lectura llegue a las nuevas generaciones. Intentaré explicarme, porque es algo en lo que no reparamos.

 

Los millennials, y generaciones posteriores, se han criado con un teléfono inteligente en las manos (smartphone), una tableta y un ordenador. Han aprendido a manejarlos, antes incluso de aprender a leer. Su educación ha estado intermediada por estos aparatos. En la adolescencia, o antes, descubren las redes sociales y a partir de ahí se convierten en esclavos de lo inmediato. Son requeridos a cada instante para leer ese wasap, dar un “me gusta” o compartir un meme. Si no están conectados, pueden sentirse excluidos del grupo. Y marginados. Las recompensas instantáneas son muy atractivas, breves y urgentes, por tanto les mantienen pendientes casi las veinticuatro horas. Se calcula que una persona media consulta su móvil alrededor de 500 veces diarias, lo cual puede traducirse en una esclavitud inconsciente. Esta dependencia ya comienza a considerarse una enfermedad, pero, ¿dónde está el límite?

 

La consecuencia es que así no hay quien lea un libro. Nadie es capaz de apagar su trasto durante un par de horas para enfrentarse a una novela, que no deja de ser algo trabajoso. Cualquier actividad se realiza con el teléfono inteligente al lado, por lo que al iniciar una lectura resultará imposible resistirse al toque sonoro que anuncia que hay una nueva interacción en la red social favorita. Así es imposible, o sumamente difícil, mantener la atención lectora de personas que aspiran a sentirse gratificadas cada poco tiempo al estar conectados, sin ser conscientes de que muchos pocos tiempos suman un increíblemente largo lapso temporal. La consecuencia es que se pierde la capacidad de la concentración y de dedicación a algo con atención plena. Esta incapacidad de centrarse en una lectura extendida genera analfabetos funcionales.

 

Hay quien alegará que, no obstante, los jóvenes son capaces de leer sagas enteras como Crepúsculo, Juego de Tronos, el Señor de los Anillos o Harry Potter. Sin negar la validez de estas lecturas, que tienen de positivo el enfrentar un libro de papel, son lecturas sociales o generacionales. Es como un piercing, duele pero te aguantas. Realizan ese esfuerzo porque en su grupo social puede ser un bicho raro quien desconozca esas historias. Luego acaban cogiéndoles el gusto, mas no los saques de ahí.

 

Estamos en una etapa en la que gran parte de la población no es consciente del daño que se le ocasiona con las pantallas, que se puede comparar con el periodo en el que todo el mundo fumaba con alegría. Yo tenía profesores que fumaban en clase; se fumaba en los aviones y en los hospitales. Al darnos cuenta del perjuicio causado por el tabaco, luchamos contra él mayoritariamente, a pesar de las reticencias y oposición de algunos. En correspondencia con este ejemplo, hasta que llegue el momento en que la sociedad sea consciente del daño que ocasionan las pantallas, que nos embuten en las redes sociales, y comience a ponerles límites, solo los que se den cuenta podrán reducir daños, sorteando futuros tratamientos de desenganche.

 

Puedo ponerme la medalla de que con catorce años probé el tabaco y entonces decidí que no fumaría nunca. Fui un bicho raro durante mucho tiempo, pero no me importó. Así, me atrevo ahora a realizar esta advertencia: cuidado con las pantallas, son dañinas.

 

Las grandes empresas capitalistas que administran estas redes sociales solo intentan rendir beneficios, al igual que las tabacaleras, sin importarles el daño que provocan. Facebook, WahtsApp, Instagram, Tik-Tok, Twitter, etcétera, ofrecen un producto gratuito, en el que pelean por fidelizar al usuario, intentando que permanezca el mayor tiempo posible atrapado en sus telas de araña. La base del negocio es el tiempo que logran secuestrar nuestra atención. No es algo fortuito, sino planeado. Incentivan lo que se ha dado en denominar “recompensa aleatoria” para producir enganches emocionales. Prueba de que son conscientes del perjuicio ocasionado es que en la meca del capitalismo, como son los EE.UU., existen colegios elitistas que tienen como particularidad la exclusión tajante de todo tipo de pantallas. Es a estos centros a los que envían sus hijos los dueños y gerentes —ahora los llaman CEOs— de esas empresas. ¿Alguna prueba más?

 

Suelo leer por las tardes, como una hora u hora y media, no apago mi teléfono inteligente, ni lo alejo de mí, pero me impongo el no hacerle caso, por mucho que chicharree. Cuando lo escucho, sé que se está produciendo una conversación interesante, que incluso puede concernirme mucho, pero, es igual, hasta que no acabo de leer no lo miro. Puedo realizar esta proeza porque no mamé las pantallas como los millennials. Soy un hombre de mediados del siglo XX que aprobó una oposición con una pesada máquina de escribir y que después aprendió a utilizar el ordenador en su vida laboral. Hoy en día participo de todas las redes sociales, tengo mi blog y página web, pero al menos soy consciente del secuestro de mi libertad y le pongo límites.

 

Abrid los ojos. No permitamos otra generación iletrada como la medieval. Lo positivo de estos tiempos es que la literatura está democratizada y puede llegar a toda la población. Sed libres y disfrutad de la lectura, así la vida os parecerá más bonita. O al menos seréis conscientes de que estáis vivos.

 

Cristóbal Medina

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