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La Sombra del Ciprés

Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés
Blog en Tribuna de Ávila de la Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés

LA AUTOCRÍTICA

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“¡Conchita, hazme un café, que con este artículo acabo de ganar el Cavia!”.

 

Cuentan que con esta petición —tan políticamente incorrecta hoy— a su mujer, allá por 1965, acabó a primerísima hora de la mañana el gran columnista Jaime Campmany la necrológica “César o nada” a la muerte de su gran amigo César González Ruano, otro monstruo del periodismo, tras pasar toda la noche romana escribiéndola: “Solía decir César, con esa pueril ternura que a veces disfrazaba de cinismo, que a él los muertos se le daban como a nadie”.

 

Y como no podía ser de otra forma, esa maravilla publicada el 18 de diciembre en el diario Arriba (espero que sepan, como yo, abstraerse del contexto histórico y político frente a lo estrictamente literario) le hizo llevarse, tal como tan certeramente había predicho, el prestigioso premio de periodismo Mariano de Cavia en 1966, premio que por cierto el año que viene alcanzará cien ediciones.

 

Más allá de la anécdota, que se completa circularmente con que Raul del Pozo a su vez ganaría luego el premio González Ruano por su necrológica a Campmany en el 2005, quisiera centrarme en esa clarividencia del columnista del ABC tras poner el punto y final a la última frase: “Luego, mientras cuente las monedas, apretaré los dientes para que no se me salten las lágrimas”. La convicción absoluta de haber ganado el premio, algo que no era algo nada fácil en un entorno de grandes plumas periodísticas, indica que era un escritor plenamente consciente de la brillantez, completitud y perfección de lo que acaba de producir. No de que lo escrito le gustase a él, ojo, sino de que su columna era objetivamente excelsa, que satisfacía los criterios estéticos de la más amplia comunidad de lectores y del jurado, pero que a la par tenía una virtud intrínseca ajena a cualquier valoración, un poso final de propio sentido y belleza.

 

Nos encanta mirarnos al ombligo. Como escritores confiamos en el juicio propio, o como mucho en el de dos o tres fieles que por regla general nos son afines en lo estético o por cercanos y bondadosos jamás traspasarían las fronteras del comentario elogioso y superficial. Nos releemos con las gafas de nuestra propia experiencia y gusto, y puesto que decimos buscar con denuedo el adjetivo exacto o la imagen más precisa, imaginamos cincelar adecuadamente nuestra producción. Ya que corregimos una y otra vez lo escrito, destilamos, refinamos, rompemos folios para volver a empezarlos, pensamos estar perfeccionando la obra, cuando lo único que estamos haciendo es convertirla más y más en réplica solo de lo que habíamos imaginado, sueño de platino iridiado que tenemos en la cabeza de lo que es a nuestro entender grandioso y perfecto. Cotejamos contra una realidad parcial, pues parciales somos todos en mayor o menor medida. Lo hacemos con lo propio y lo hacemos también al leer lo ajeno, rasándolo contra el juicio crítico formado a través de experiencia y vida.

 

La autocrítica es precisamente saber percibir cómo de lejos se halla lo creado frente a lo completo, a lo absoluto. Suele ser la más difícil de las cualidades en un artista en general, y un escritor en particular. Pasar el fielato de lo que realmente ha de ser, dejando en él en pago lo que uno cree que es. Es capacidad que se tiene antes que se adquiere, se me da un aire al oído absoluto del que disfrutan algunas personas en lo musical, cuando no precisan de otras referencias para saber asignar a un Do la cualidad de un Do. No consiste, claro está, en alcanzar con lo escrito el Olimpo de lo imperfectible, que es límite que nos marca objetivo antes que posibilidad real, sino en poseer el metro que nos indique cuánto nos separa de ello, y más importante aún, saber que ese absoluto existe. Esas distancias son, curiosamente, más evidentes en aquellas lides literarias donde hay menos material con el que jugar (poesía, opinión, relato), al resaltar más la mácula en el escaso lienzo en el que pintamos. En la novela, la historia o los personajes se yerguen como paladines defensores del castillo donde se esconde la pureza, y suele ser más difícil traspasar sus puertas entretenidos con ellos.

 

Sigo pensando que no es la autocrítica don con el que se nace, pero quizás podamos intentar alcanzar algún remedo suyo, aunque es algo difícil, pues de alcanzarse, pasaría por mirarnos al más crudo espejo. Es como ese pecado que sabemos que hemos cometido pero no queremos recordar, el Pepito Grillo que nos habla continuamente y cuya voz ya casi no atendemos en su monótono cantar. La única forma que se me ocurre, más allá del absoluto eclecticismo en el gusto lector y de cierta indiferencia vital, es convertirnos en nuestros más feroces enemigos, psicoanalizarnos, desnudarnos, mirarnos ajenos y separados a nuestros yoes. Despreciarnos, desconfiar de cada alegría o sensación de logro, flagelarnos con el látigo de nuestro desdén. Perder la fe en lo que hacemos, creer humo y vacuidad las más preciadas creaciones, ignorar los arrullos amorosos con que nos intentan acunar nuestras obras más amadas. Crear para desconfiar siempre de lo creado. Escuchar las voces negativas e ignorar las loas. El halago te mata, la crítica te hace más fuerte. Y solo cuando alcancemos este trance de dislocación frente a nuestro antiguo y egocentrista ser, cuando nos sintamos en el nirvana del anti-yo, entonces sí; entonces volver a acercarnos a nuestra obra con prístinos ojos, como si acabase de surgir del fondo marino, apenas cubierta por leves cendales de nuestra personalidad, intacta a nuestros sentidos. Solo así podremos llegar a escudriñar lo que pergeñamos con ojos nuevos, sin ese ciego amor de padres que se queda anclado en las sin duda evidentes bondades —muchas veces dúplicas sin alma de lo que ya ha sido o hemos leído— y abriendo la vista al inmenso océano que todavía hay hasta las costas de la perfección.

 

Si de algo puedo tildarme yo como escritor es de mal columnista. A pesar de lo cual, ingenuo de mí, confieso que siempre he soñado y sueño con llegar un día en poder ganar el Cavia. Pero no ganarlo así, de cualquier forma, gracias a una carambola cósmica donde de golpe y porrazo se retiren todos los otros aspirantes y al jurado le dé un pronto y se vuelva turulato y guillermista, no. Querría poder ganarlo con esa precisa y certera convicción de Campmany, parir el artículo exquisito y preciso donde no sobre adjetivo ni falte coma, donde la síntesis y el desarrollo de la original idea sea innegable a la par que estéticamente insuperable, donde cada metáfora sea nueva y explosiva, cada símil indiscutible, cada cita un prodigio de sabiduría y propósito, donde la ironía y el juicio bailen el más grácil de los valses. Querría, en fin, a esa hora en la que la luz del alba deshace inclemente las tinieblas de la fecunda noche, poder ir yo mismo a la cocina a prepararme un café y a sorbos paladearlo pregonando a los cuatro vientos que por fin he logrado acallar a mi autocrítica.

 

JOSÉ GUILLERMO BUENADICHA SÁNCHEZ

Comentarios

geli.romero.1969@gmail.com 13/02/2019 03:34 #1
Es sin lugar a dudas un bonito artículo, criticarse a sí mismo/a es algo que está muy lejos de nuestro propio ego. Gracias por compartir tus pensamientos y plasmarlos en papel

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