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La Sombra del Ciprés

Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés
Blog en Tribuna de Ávila de la Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés

Don Quijote no era manco

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Hace unos días, un amigo me contaba que no había vuelto a saber nada de cierta persona después de leer su libro. «No me extraña», le dije, dado que el protagonista es un personaje entrañable que va sufriendo un proceso de embrutecimiento que le lleva a recoger autoestopistas para después asesinarlos, entre otras cosas. Esta disyuntiva es bastante habitual. Con frecuencia confundimos a la persona con el personaje, o tratamos de identificar al autor en los personajes creados.

 

Más de una vez me he sorprendido preguntándome si parte del libro que estoy leyendo, o un pasaje en concreto, sería autobiográfico. Es inevitable, algo innato que incluso añade un plus de interés a la lectura. Pese a saber que es ficción, mi mente sigue imaginando a Jean-Baptiste Grenouille como Patrick Süskind, al viejo como Hemingway, a Kurtz como Joseph Conrad, a Edmundo Dantes con Dumas, y a tantos otros donde el personaje parece adueñarse de la personalidad del autor. Aun sabiendo que no es verdad, quizá en eso resida la magia de la literatura: crear universos paralelos que evoquen alternativas a una realidad más acorde a lo que queramos que sea.

 

En las presentaciones de libros, a menudo es frecuente preguntar al escritor «¿qué hay de ti en el personaje?», «¿el protagonista se parece al autor?» y está claro que la esencia del escritor la traspasa a sus universos, pero también puede jugar al despiste al crear personajes que conscientemente se pueden confundir con él mismo —por ejemplo, la mayoría de los protagonistas de Stephen King son escritores—, o crear alter egos que representen todo aquello que quisieran o quisieron ser —¿verdad, Henry Chinaski?—, aunque eso tiene un género propio. Autobiografía la llaman.

 

Por tanto, no olvidemos que Conan Doyle no era tan listo como Sherlock Holmes, que Stevenson no tenía trastorno de personalidad disociativo, Zorrilla no era tan don Juan como creemos, Defoe nunca naufragó en una isla desierta y Pérez-Reverte no es tan hijo de puta como Lorenzo Falcó. No dudo que muchos escritores tengan o hayan tenido vidas fascinantes, pero pocos han vivido para contarla. Por último, otra ambigüedad es la caracterización e inmortalización que ha hecho el cine de ciertos personajes literarios, como James Bond o Drácula, pero como diría Bastián Baltasar Bax —Michael Ende—, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

 

Y, por cierto, mi amigo es una persona encantadora, no mataría ni a una mosca y casi ni se me pasa por la cabeza que pueda llegar a asesinarme cuando monto en su coche. No como otros, que tienen muy Mala Baba.

 

Sergio Sánchez Jiménez