Actividad física regular: Reducción riesgo de enfermedad de Parkinson
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Félix Martín Santos
@FMSFelizconpoco

Actividad física regular: Reducción riesgo de enfermedad de Parkinson

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Diversos estudios científicos internacionales están revelando que la actividad física regular se asocia con una reducción significativa del riesgo de desarrollar las dos enfermedades neurodegenerativas más prevalentes: la enfermedad de Alzheimer y la enfermedad de Parkinson.

Dado que el 1 de julio del 2017 se publicó en este blog un artículo sobre la prevención de deterioro mental y demencia por la actividad física regular, en este contenido describiremos los estudios científicos que han mostrado cómo la práctica de ejercicio físico puede contribuir a reducir el riesgo de enfermedad de Parkinson. Tanto una como la otra, son enfermedades de gran relieve, por su alta frecuencia, su gravedad y su notable coste familiar y social, por lo que cualquier posible medida de prevención primaria de las mismas debe estudiarse en profundidad, confirmarse y proceder, entonces, a elaborar e implementar programas preventivos específicos.

 

En cuanto a la prevención primaria de la enfermedad de Parkinson, hay muchos estudios observacionales prospectivos que revelan una asociación entre el consumo regular de café y el riesgo de desarrollarla, gran parte de los cuales describimos en este blog, en sendos contenidos publicados en mayo y junio del 2015.

 

Empecemos, pues, a resumir los artículos científicos más relevantes que han versado sobre el  efecto preventivo de esta enfermedad neurodegenerativa exhibido por la actividad física regular.

 

La práctica de actividad física regular, a todas las edades, es una excelente inversión en salud. Mejor ir acostumbrándose desde la infancia y adolescencia, pues puede contribuir a reducir el riesgo de enfermedad de Parkinson y de enfermedad de Alzheimer. Valle Medio del Arlanza, noviembre 2019.

 

Estudio pionero

 

En 1992, Sasco y colegas tuvieron el mérito de ser los primeros que revelaron, en el curso de un estudio epidemiológico (casos y control), que un alto nivel de actividad física, como la deportiva durante el tiempo libre, podría reducir el riesgo de enfermedad de Parkinson. (1)

 

Estudios prospectivos

 

En febrero del 2005, se publicó en Neurology, un trabajo de Chen y colegas, en el que mostraron cómo altos niveles de actividad física se asociaban con una reducción significativa del riesgo de enfermedad de Parkinson en los varones.

 

Estos investigadores, pertenecientes a la Escuela de salud Pública de la Universidad de Harvard, estudiaron a 48.574 varones, de una muestra conocida (Health Professionals Follow-up Study) y a 77.254 mujeres (Nurses’ Health Study), durante 19 años, observando que los hombres que practicaban ejercicio vigoroso, más de 10 meses al año, en la vida adulta temprana, se beneficiaban con una reducción significativa del riesgo de desarrollar enfermedad de Parkinson:  60% (RR: 0,4; valor de p, prueba de tendencia =0,005), con respecto a los que se ejercitaban dos o menos meses al año. Sin embargo, en las mujeres no se apreciaron resultados similares.

 

En junio del 2008, se publicó en otra revista de prestigio (Movement Disorders) otro estudio epidemiológico prospectivo que también reveló una asociación entre la actividad física regular (moderada-vigorosa) y una reducción del riesgo de enfermedad de Parkinson, pero, en este caso, también se apreció en las mujeres.

 

También se han publicado diversos estudios prospectivos que revelan una asociación entre la práctica de ejercicio físico regular por parte de mujeres y una reducción del riesgo de enfermedad de Parkinson. Aunque en varones sean más frecuentes y concluyentes.

 

Los responsables del estudio, Evan L. Thacker, Alberto Ascherio y colegas, pertenecientes al Departamento de Nutrición de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard (Boston, Massachusett) contaron con 143.325 participantes, de 63 años de media, integrados en una cohorte importante (Cancer Prevention Study II Nutrition Cohort), a los que siguieron durante 9 años, al cabo de los cuales, 413 fueron diagnosticados de enfermedad de Parkinson. Pues bien, los que, durante el tiempo libre, practicaron actividad física moderada-vigorosa (hombres ≥ 16 METs/hora/ semana ; mujeres ≥ 11.5 MET‐hora/semana) experimentaron una reducción significativa del riesgo de desarrollar esta enfermedad neurodegenerativa: 40% (RR: 0,6, IC. 0,4-1, p =0,02), con respecto a los inactivos ( 0 MET h/sem.). (3)

 

El ejercicio físico efectuado por los participantes en esta investigación fue muy variado (natación, ciclismo, tenis, jogging/running…).

 

Siguiendo con la cautela habitual en estos estudios observacionales, los autores de este trabajo refirieron: “Nuestros resultados pueden explicarse tanto porque la actividad física moderada-vigorosa es realmente capaz de reducir el riesgo de enfermedad de Parkinson cuanto porque las personas que están en una fase preclínica de la segunda dejan de practicar la primera.”

 

En julio del 2010, se publicó en Neurology, un estudio con resultados parecidos, en este caso con 213.701 participantes, pertenecientes a la cohorte del Estudio de Dieta y Salud del Instituto Nacional de Nutrición de EEUU (NIH-AARP). Concretamente, comprobaron que las personas que efectuaron ejercicio físico moderado a vigoroso a los 35-39 años y en los diez años previos a la conclusión del estudio tenían un riesgo sensiblemente menor de desarrollar enfermedad de Parkinson que los inactivos en ambos periodos: un 40% más bajo. (4)

 

“Aunque no podemos excluir la posibilidad de que una menor actividad física sea un marcador temprano de enfermedad de Parkinson, la evidencia sugiere que el ejercicio físico moderado a vigoroso puede proteger contra esta enfermedad neurodegenerativa”, destacaron los autores.

 

Cuatro años más tarde, en abril del 2014, se publicó, en otra revista de calidad contrastada (European Journal of Epidemiology), un trabajo finlandés en el que tras estudiar a 6.715 hombres y mujeres, de 50 a 79 años de edad, durante 22 años, observaron que los que practicaban actividad física vigorosa, durante el tiempo libre, tenían mucho menos riesgo de desarrollar este proceso neurodegenerativo: 68% (RR: 0,27, IC 95%: 0,08-0,90), con respecto a los que no practicaban actividad física alguna. (5) En este estudio los resultados fueron tan boyantes en los varones como en las mujeres, al igual que en el precedente.

 

En febrero del 2015 se publicó un excelente estudio prospectivo sueco, en una revista especializada (Brain A Journal of Neurology), en el que apreciaron que un nivel moderado de actividad física regular se asociaba con una reducción del riesgo de desarrollar la segunda enfermedad neurodegenerativa más prevalente.

 

Los responsables de este trabajo estudiaron a 43.368 personas durante 13 años, durante los cuales se diagnosticaron 286 casos de enfermedad de Parkinson. Tras aplicar el correspondiente aparato estadístico (regresión de Cox, con control de variables de confusión, entre otras medidas), comprobaron que el ejercicio físico global, o sea el efectuado durante el trabajo, desplazamientos y en el tiempo libre, se asoció con una reducción significativa del riesgo de desarrollar este proceso: un 47% (HR: 0,53, IC 95%: 0,33-0,85). En este caso, el beneficio observado se vio fundamentalmente en los varones. (6)

 

Cuando los años se van sumando, la actividad física se antoja crucial para prevenir estados de Fragilidad y enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Parkinson y la enfermedad de Alzheimer

 

Metaanálisis

 

En septiembre del 2018, se publicó en “JAMA Neurology”, una gran revisión sistemática y metaanálisis de estudios prospectivos que versaron sobre el tema que nos ocupa en este contenido. (7) Vamos a resumirlo.

 

Objetivo

 

El objetivo planteado por los responsables de este trabajo fue cuantificar la asociación dosis-respuesta entre la actividad física y el riesgo de sufrir enfermedad de Parkinson

 

Fuente de datos

 

Revisaron la mayoría de los artículos publicados en inglés que valoraron tal asociación, investigando en fuentes importantes (PubMed, Embase, y Web of Science) y empleando una metodología rigurosa.

 

Resultados

 

Lograron identificar ocho estudios prospectivos, con 544.336 participantes, que fueron seguidos durante una media de 12 años (6,1 a 22 años), durante los cuales 2.192 personas fueron diagnosticadas de esta enfermedad neurodegenerativa. Pues bien, se observó una asociación tanto entre un alto nivel de actividad física total como entre uno moderado- vigoroso y una reducción del riesgo de desarrollar enfermedad de Parkinson: un 21% y un 29%, respectivamente, especialmente entre los varones.

 

Sin embargo, la actividad física ligera no se asoció inversamente con el riesgo (RR: 0.86; 95% CI, 0.60-1.23)

 

En la relación dosis-respuesta se comprobó que por cada aumento de gasto energético cifrado en 10 equivalentes metabólicos (METs), efectuando actividad física total o moderada- vigorosa, el riesgo de desarrollar esta enfermedad, entre los hombres, se redujo un 10% y un 17%, respectivamente. En cambio, las mujeres no experimentaron tal beneficio.

 

Los investigadores concluyen su trabajo refiriendo: “Este análisis revela una asociación inversa, dosis-respuesta, entre la actividad física y el riesgo de desarrollar enfermedad de Parkinson entre los varones, incluso con ejercicio moderado”.

 

Hipótesis plausibles

 

Se han sugerido diversos mecanismos para explicar el efecto neuroprotector exhibido por la actividad física. Veamos algunos de los más relevantes.

 

  • Se ha observado, en diversos modelos animales de enfermedad de Parkinson, que la actividad física aumenta la producción de varios receptores y factores de desarrollo cerebrales. (8)

 

  • El ejercicio físico regular mantiene la función dopaminérgica, en animales de laboratorio (9), precisamente la menoscabada en esta enfermedad por destrucción de las células cerebrales que la producen (sustancia negra).

 

  • Otro posible mecanismo por el que la actividad física pueda reducir el riesgo de desarrollar esta enfermedad es por su capacidad de reducir la inflamación celular y el estrés oxidativo. (10,11)

 

  • Otra hipótesis muy seductora se desprende de la observación de un efecto neuroprotector del ejercicio físico en personas sanas, merced a que promueve la expresión de factores de desarrollo como el factor neurotrópico derivado del cerebro y el factor neurotrópico derivado de la glia. (12,13)

 

  • También se ha visto que la actividad física regular puede reducir el daño a las células dopaminérgicas dentro de los circuitos motores (núcleo estriado y sistema mesocortical). (14)

 

  • En modelo inducidos de esta enfermedad en ratones de laboratorio se ha comprobado que la actividad física (rueda de andar) preserva los niveles de dopamina en el núcleo estriado, sin embargo, experimentan una pérdida de neuronas dopaminérgicas cuando no ejercitan la extremidad anterior contralateral. (15,16)

 

  • El impacto favorable en la flora microbiota intestinal (microbiota) y, por ello, en el eje intestino-cerebro, exhibido por el ejercicio físico, es un interesante mecanismo por el que éste podría reducir el riesgo de enfermedad de Parkinson, que analizaremos más exhaustivamente en otro apartado de este contenido.

 

Hace un año, febrero del 2020, se publicó una revisión (17) en la que se analizaron diversos de los posibles mecanismos implicados en el efecto preventivo de enfermedad de Parkinson ejercido por la actividad física. Además de los mencionados previamente, valoraron positivamente la capacidad del citado ejercicio físico para reducir el acúmulo cerebral de la proteína alfa-sinucleína, implicada en la destrucción de las neuronas dopaminérgicas, así como su efecto promotor y activador de la función mitocondrial y de la autofagia o depuración celular (por ejemplo, de la alfa-sinucleína) por parte de las mitocondrias.

 

¿Qué beneficios puede comportar el ejercicio físico en pacientes que ya están sufriendo enfermedad de Parkinson?

 

Aunque el objetivo principal de este tema es valorar el efecto preventivo de enfermedad de Parkinson por parte del ejercicio físico (prevención primaria), voy a dedicar unas líneas al notable efecto beneficioso de la actividad física en pacientes que ya están padeciendo esta enfermedad neurodegenerativa.

 

El ejercicio físico programado forma parte integral del manejo de esta enfermedad, dado que retrasa el deterioro motor responsable de sus típicos signos (temblor, rigidez y bradicinesia o lentitud de movimientos) y prolonga la independencia funcional de los afectados, como se ha comprobado en diversos estudios epidemiológicos. (18-20)

 

Así, por ejemplo, ejercicios físicos que potencian la fuerza o/y los basados en estiramientos dinámicos llegan a cosechar resultados francamente fructíferos al respecto, como ha podido ser revelado por los correspondientes trabajos. (21-23)

 

El impacto favorable del ejercicio físico en la evolución de la enfermedad de Parkinson, sobre todo en la función cognitiva, también se ha observado en revisiones sistemáticas de estudios experimentales, como la llevada a cabo por Da Silva y colegas, publicada en febrero del 2018 (PLOS ONE). (24)

 

También quiero destacar la efectividad de formas alternativas de actividad física, principalmente el Tai Chi, un arte marcial chino (basado en movimientos lentos y fluidos, con giros y movimientos diagonales, que cambian el centro de gravedad, con cierta meditación), que mejora notablemente el equilibrio e incrementa significativamente la fuerza, movilidad, el estado mental, además de reducir sensiblemente el riesgo de caídas de pacientes con enfermedad de Parkinson, con respecto a los sujetos que no efectúan actividad física alguna o con respecto a los que efectúan ejercicios físicos tradicionales (fuerza/estiramientos), como ha podido ser demostrado en metaanálisis de estudios experimentales. (25)

 

Impacto favorable del ejercicio físico en la microbiota intestinal y en el eje intestino-cerebro

 

En la última década, múltiples estudios están revelando cuán importante es poseer una buena composición y una rica diversidad de la microbiota o flora microbiana intestinal (1013 a 1014 bacterias/ml) para reforzar la integridad de la barrera intestinal, merced a la producción de proteínas beneficiosas (bacteriocinas, de efecto antibiótico), así como de productos resultantes de la fermentación intestinal como los ácidos grasos de cadena corta (acético, propiónico y, sobre todo, butírico), incluso neurotransmisores, entre otros, que contribuyen no sólo a mejorar la salud del intestino sino la de otros órganos y aparatos, como el corazón (eje intestino-corazón) y el cerebro (eje intestino-cerebro), merced a las boyantes comunicaciones establecidas por, al menos, tres vías: neurógenas (nervio vago), endocrinas (eje hipotálamo- hipófisis- glándula adrenal) e inmunológicas (citoquinas producidas por linfocitos y otras células inmunes) (26), que modulan la función cerebral, la conducta y, sobre todo, la cognición. (27)

 

El ejercicio físico mejora la salud del colon aumentando la diversidad de la microbiota intestinal y evitando la disbiosis o desequilibrio entre bacterias beneficiosas y patógenas, vía por la que podría reducir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Parkinson (eje intestino.cerebro).

 

Sin embargo, cuando se reduce la diversidad de la microbiota intestinal o/y se incrementa la concentración de bacterias patógenas (disbiosis), se generan moléculas inflamatorias y endotoxinas (lipopolisacáridos) en la luz intestinal, que contribuyen a deteriorar la integridad de la barrera intestinal (aumenta su permeabilidad), lo que se asocia con el desarrollo y progresión de diversas enfermedades crónicas, como las neurodegenerativas: enfermedad de Alzheimer (28,29)  la enfermedad de Parkinson (30-33), protagonista de este contenido, esclerosis lateral amiotrófica (34) y la enfermedad de Huntington. (35)

 

Pues bien, el ejercicio físico mejora la salud del colon aumentando la diversidad de microbiota intestinal y evitando la disbiosis o desequilibrio entre bacterias beneficiosas y patógenas. (36-37)

 

Así, en una reciente revisión sistemática se identificó a Firmicutes y Actinobacteria como los principales filos bacterianos (phyla) que responden al ejercicio. (38) Hecho concordante con la investigación de Mitchell y colegas, publicada un año antes, que reveló cómo la actividad física incrementa la concentración de bacterias productoras de ácido butírico, como Roseburia hominis, Faecalibacterium pausnitzii y Ruminococcaceae. (39)

 

Además, el efecto estimulante de la inmunidad exhibido por el ejercicio físico también parece contribuir a su impacto favorable en la microbiota intestinal. Así, estudios preclínicos han demostrado que el ejercicio aumenta las enzimas antioxidantes clave (catalasa y glutatión peroxidasa), citoquinas antiinflamatorias (incluyendo IL-10) y proteínas anti-apoptóticas (incluyendo Bcl-2) en linfocitos intestinales, mientras que disminuye las citoquinas proinflamatorias (TNF-α y IL-17) y las proteínas proapoptóticas (caspasa 3 y 7), lo que conduce a una reducción general de la inflamación intestinal (40-42).

 

Aunque la mayoría de estos estudios se han efectuado en animales de laboratorio, en abril del 2018 se publicó en una revista especializada en el tema (Medicine & Science in Sports & Exercise), el primer estudio (Allen y colegas (43) que evaluó prospectivamente los efectos del ejercicio en el intestino humano, demostrando cómo, tras 6 semanas de entrenamiento aeróbico, modulaba favorablemente la composición y la función de la microbiota intestinal y la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC fecales), específicamente en voluntarios con normopeso (magros), mostrando una disminución de Bacterioides y un aumento de Faecalibacterium y Lachnospira seguido de un aumento de AGCC fecales (acetato y butirato). Sin embargo, en voluntarios obesos observaron una disminución de Faecalibacterium y un aumento en las poblaciones de Bacteroides y Collinsella.

 

La intervención consistió en tres sesiones de ejercicio aeróbico, supervisadas, de 30 a 60 minutos, de intensidad moderada a vigorosa (60%-75% de la frecuencia cardiaca de reserva) por semana. Los sujetos eligieron entre un cicloergómetro o una cinta de correr durante cada sesión de ejercicio. Posteriormente, se instruyó a todos los participantes de que se abstuvieran de efectuar ejercicio físico durante las 6 semanas siguientes, a fin de observar si se modificaba o no lo conseguido.

 

Aunque en esta investigación los voluntarios obesos, a diferencia de los “magros”, no experimentaron una boyante modulación de su microbiota intestinal, no dejaron de beneficiarse de otros efectos del ejercicio físico al igual que los sujetos con peso normal: aumento de la masa corporal magra (P < 0.01), disminución del porcentaje de grasa corporal (P < 0.01), aumento de la densidad mineral ósea (P < 0.05) y un incremento en la aptitud cardiorrespiratoria (fitness) medida por el consumo máximo de oxígeno (V-O2max).

 

Sin embargo, a las 6 semanas del cese del entrenamiento aeróbico, gran parte de lo adquirido se perdió, pues las masas magra y corporal regresaron a los valores basales, al igual que gran parte de los cambios en la microbiota intestinal y producción de AGCC. La ganancia en la densidad mineral ósea, en cambio, se mantuvo. El V-O2 max no se volvió a evaluar a las 6 semanas de la suspensión del ejercicio.

    

Ejercicio físico moderado, como caminar, vivamente, de 150 a 300 minutos semanales, según las recomendaciones internacionales, es una buena estrategia para incrementar la esperanza de vida en buena salud, con reducción del riesgo de desarrollar las principales causas de enfermar y morir en el mundo, incluidas las enfermedades neurodegenerativas.

 

¿Qué nivel y tipo de actividad física es el aconsejado en las guías internacionales?

 

En noviembre del 2018, el Departamento de Salud y Recursos Humanos de Estados Unidos publicó la Guía de Actividad Física 2018, elaborada por la Asociación Americana del Corazón, (44) que suelen servir de pauta para el resto del mundo y que resumo en las siguientes líneas:

 

  • Los niños en edad preescolar (3 a 5 años) deben ser físicamente activos a lo largo del día, a fin de favorecer su crecimiento y desarrollo.  

 

  • Los niños y adolescentes, de 6 a 17 años, deben efectuar diariamente 60 o más minutos de ejercicio moderado a vigoroso.

 

  • A los adultos se les aconseja realizar ejercicio aeróbico tanto ligero-moderado, como andar rápido, de 150 a 300 minutos semanalmente, cuanto vigoroso, de 75 a 150 minutos a la semana.

 

  • También señalan que, con tal de huir del sedentarismo, con poco nivel de actividad física puede obtenerse también un beneficio sustancial.

 

  • De igual forma, si incrementamos el tiempo de ejercicio moderado por encima de los 300 minutos semanales, obtendremos beneficios cardiovasculares adicionales.

 

  • También recomiendan añadir ejercicios de fuerza a los aeróbicos, al menos dos días a la semana.

 

  • A los ancianos se les aconseja la práctica de actividades físicas multicomponente, que incluyan entrenamiento para mejorar el equilibrio y la flexibilidad, así como el aeróbico y ejercicios de fuerza, que contribuyen a reducir la atrofia muscular, fragilidad y caídas.

 

  • Las mujeres, durante el embarazo y tras el parto, deben beneficiarse de, al menos, 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada.

 

  • Los adultos con enfermedades crónicas y discapacidades deben seguir, en la medida de sus posibilidades, las recomendaciones de ejercicio aeróbico y de fuerza aconsejado en estas guías.

 

Es evidente que tales recomendaciones son válidas para elevar el nivel de salud de la población, pues contribuyen a reducir el riesgo de desarrollar no sólo enfermedades cardiovasculares, sino gran parte de las enfermedades crónicas, como probablemente la que es objeto de estudio en este contenido, la enfermedad de Parkinson.

 

Considero crucial destacar que cualquier nivel de actividad física es mejor que ninguna, como bien aconsejan en esta guía y en múltiples estudios prospectivos que revelan una reducción del riesgo cardiovascular y un aumento de la salud global con algo tan accesible como subir diariamente varios tramos de escaleras, como bien reflejan en un artículo publicado el 16 de enero del 2019, en “Applied Physiology, Nutrition and Metabolism”. (45)

 

En fin, es un consuelo que algo tan factible como la práctica regular de ejercicio físico pueda exhibir un efecto preventivo sobre los dos procesos neurodegenerativos más prevalentes, discapacitantes y costosos: la enfermedad de Alzheimer y la enfermedad de Parkinson. Es indudable que tal estilo de vida contribuye decisivamente a un envejecimiento saludable y a un incremento de nuestra esperanza de vida en buena salud. Por ello, en cualquier estrategia de educación para la salud en estilos de vida saludables resulta crucial fomentar la realización de actividad física, como llevamos haciendo, desde el 1 de mayo del 2014, en este blog del grupo digital Tribuna.

                                                              

Dr. Félix Martín Santos

 

Bibliografía

 

1.Sasco  AJ, Paffenbarger  RS  Jr, Gendre  I, Wing  AL.  The role of physical exercise in the occurrence of Parkinson’s disease.  Arch Neurol. 1992;49(4):360-365.

 

2. Chen  H, Zhang  SM, Schwarzschild  MA, Hernán  MA, Ascherio  A.  Physical activity and the risk of Parkinson disease.  Neurology. 2005;64(4):664-669.

 

3. Thacker EL, Chen H, Patel AV, McCullough ML, Calle EE, Thun MJ, Schwarzschild MA, Ascherio A. Recreational physical activity and risk of Parkinson's disease. Mov Disord. 2008 Jan;23(1):69-74.

 

4. Q. Xu, Y. Park, X. Huang, A. Hollenbeck, A. Blair, A. Schatzkin, H. Chen. Physical activities and future risk of Parkinson disease. Neurology , july 27, 2010; 75 (4)

 

5. Katri Sääksjärvi, Paul Knekt, Satu Männistö, Jukka Lyytinen, Tuija Jääskeläinen, Noora Kanerva, Markku Heliövaara. Reduced risk of Parkinson’s disease associated with lower body mass index and heavy leisure-time physical activity. European Journal of EpidemiologyApril 2014, Volume 29, Issue 4, pp 285–292

 

6. Physical activity and risk of Parkinson’s disease in the Swedish National March Cohort Fei Yang Ylva Trolle Lagerros Rino Bellocco Hans-Olov Adami Fang Fang Nancy L. Pedersen Karin Wirdefeldt.  Brain, Volume 138, Issue 2, 1 February 2015, Pages 269–275

 

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Comentarios

Dr. Gómez Aguirre 11/02/2021 12:57 #6
Educación para la salud en estado puro. Desde hace años estás ejerciendo en este periódico digital una labor educativa en estilos de vida saludables muy meritoria: objetiva, de nivel científico, rigurosa y pedagógica. Cuando se reciben elogios por tal labor sólo se está haciendo honor a la justicia, en absoluto a la pedantería, cursilería o adulación. Como colega te animo a que sigas así.
María Jesús Hernández 07/02/2021 19:28 #5
Félix resulta emotivo comenzar la lectura de tu artículo con la motivación de reducir el riesgo de las dos enfermedades neurodegenerativas, pues muchos hemos tenido la ocasión de observar gente con bradicinesia, temblor rigidez etc. Muy curiosas las pautas recomendadas en la Guía de Actividad Física para la realización del ejercicio aeróbico según la edad. Y efectivamente cualquier actividad es mejor que no hacer nada. Muchas gracias Félix por invitarnos a realizar actividad física recompensa con un buen café.
Inmaculada Hernández 07/02/2021 17:15 #4
Félix gracias por invitarnos a realizar ejercicio físico de forma regular por todos los beneficios que nos reporta. Me ha llamado la atención fundamentalmente los ejes intestino - corazón e intestino-cabeza con lo que estos significan, de forma que la actividad física no solo ejerce su efecto benefactor sobre la flora intestinal sino que también influye positivamente sobre el corazón y el cerebro. Del mismo modo me ha parecido revelador la importancia de la práctica de Tai Chi y me ha resultado muy interesante la guía de Actividad Física 2018 con sus recomendaciones por edades. Nos has dado a conocer que si queremos tener un envejecimiento saludable y un incremento de la esperanza de vida, no podemos olvidar la práctica regular del ejercicio físico según vamos cumpliendo años. Nos has expuesto, como tú acostumbras, de manera magistral, la reducción del riesgo de desarrollar Parkinson mediante la práctica regular del ejercicio físico, a través de estudios y análisis realizados por prestigiosas Instituciones y Universidades. Gracias y enhorabuena por tu capacidad de trabajo y por poner al servicio de los demás lo mejor de ti mismo.
yes 05/02/2021 20:00 #3
A mi también me ha gustado el artículo; pero por favor, Julio y Sara, ni seáis tan pelotas y tan cursis.... siempre hacéis igual....
Julio Aguirre López 05/02/2021 13:50 #2
Me ha resultado muy fructífero leer este artículo, pues hace que practique más actividad física, como gran garante de mi salud y calidad de vida. Muy interesante el apartado del impacto favorable del ejercicio físico en la microbiota intestinal, pues es una aportación rigurosa sobre algo muy novedoso y desconocido para la mayoría de la gente. El esquema expositivo es muy didáctico y exhaustivo, permitiendo entenderlo bien. Es una suerte leer en la sección de blogs de este medio digital artículos de este relieve, que tan bien aconsejan (rigor, pedagogía y actualización continua) sobre estilos de vida saludables. Muchas gracias.
Sara Rojo Gómez 04/02/2021 09:52 #1
Otro motivo más para practicar ejercicio físico: reducir el riesgo de alzheimer y de Parkinson. La exhaustiva descripción y análisis de los artículos científicos que lo demuestran, efectuada por tu parte en este artículo, permite comprender el alcance de tal estilo de vida. Muy didáctico y con mucho rigor. Seguiré atenta a tu nuevo artículo, pues siempre merece la pena, siempre aprendo cosas instructivas y de valía.

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