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EL JARDÍN DE HÉRCULES

Eduardo Blázquez

UN SUEÑO GAY: LA FLOR DE JACINTO

En Venecia, los desnudos de los dioses del Olimpo permitieron realizar reflexiones sobre la Belleza. Las obras venecianas, centradas en Venus y en los cuerpos femeninos, tienen en el cuerpo masculino un recorrido renovador. En este apartado, el mito de Jacinto centrará el análisis.

 

Los lienzos y las esculturas sobre Jacinto mantienen una iconografía centrada en las relaciones amorosas entre hombres, entre Apolo y Jacinto. El paisaje acompañó a Jacinto, los jardines y la tierra fértil son esenciales para perturbar e inquietar a un espectador ante un fuerte referente, se presenta el deslumbramiento del cuerpo de Jacinto muerto, preámbulo de su transformación en flor por impulso de su amado Apolo. En Venecia, los desnudos masculinos del Renacimiento presentan el deslumbramiento de la carne ampliado por los pigmentos y por la materia, alterando la mirada y educando sensorialmente al espectador.

 

Desde la ut pictura poesis, Jacinto entra en el reino de Eros para quedar desterrado de lo terrenal y elevarse al mundo idealizado e inalcanzable, la distancia contemplativa llevará al mundo de sombras del receptor, atento y expectante ante el misterioso joven, enigmático y misterioso, lleno de plenitud que, desde la Tumba, profundiza en el alma abismal.

En el lienzo La Muerte de Jacinto (1752) de Giambattista Tiépolo, obra maestra ubicada en el Museo Thyssen, la postura íntima de Jacinto y el desconcertante rostro de Apolo, descubre dos registros diferentes de los mitos. La teatralidad del siglo XVIII está presente, Venecia prolonga su sabiduría desde el siglo XV, sin crisis en el XVII, al surgir escenógrafos de vanguardia como Torelli, convertido en pilar de la obra de Tiépolo. El espacio escénico se incorpora a Tiépolo, base esencial para Piranesi.

 

 

La pintura de Tiépolo destaca las verticales marcadas por los personajes, por los árboles y por los elementos arquitectónicos. Nuevamente, teatralizada la arquitectura y el paisaje, ambos definen el espacio idealizado de Jacinto, un emplazamiento pintado con unos colores influenciados por la obra de Veronés, como el brillante naranja que arropa a Jacinto, manchas y gradaciones, flujos y acción marcada por la materia y por la danza del pincel, características venecianas que apuestan por lo voluptuoso y lo sensual, colores vivos que no olvidan el dibujo eficaz del suelo.

 

 

Jacinto, en una genial diagonal, que permite al espectador móvil descubrir el punto de vista preferencial a sus pies, expresa la belleza de un desnudo intangible y reservado; en una postura íntima con secretos, con doble mirada en la izquierda y en la derecha, marca una imagen expansiva y otra fetal, cerrada y abierta, sugerente en su iconografía de tiempo y de lugar, en sus giros suaves y sutiles, la silenciosa visión de Jacinto se adecúa a la Venecia abismal.

El desnudo íntimo participa de la escenificación, se incita a la mirada con una escena oculta y trascendental, el compartimento define una atmósfera densa y viva, el aire sano del paraíso comparte protagonismo con la brisa de Céfiro, el causante de la muerte de Jacinto, por celos desvía la trayectoria del disco o la pelota de tenis.      

 

 

Los desnudos de Cupido y de Apolo, los de Jacinto y del Sátiro-Atlante, como columna vertical, representan las edades y muestras cuerpos muy diferenciados, con texturas muy diferentes; el desnudo ultramundano se ilumina, Jacinto se convierte en objeto sensual. Los espacios estructurados, permiten relacionar y diferenciar los espacios limpios de los densos recodos, la atmósfera veneciana triunfa en el nuevo teatro. La iconología del ocultamiento de Apolo, trágico y protector del acontecimiento, se convierte en vigilante del velo alegórico que une Eros y Thánatos. El espacio íntimo y cálido, manipulado por lo teatral, proyecta un debate sobre la masa, el movimiento y los elementos plásticos. Entre lo mostrado y lo que se descubre, la mirada sobre el lienzo veneciano del Thyssen, recorre juegos de luz y color, sumisos y brillantes empapan la tumba floral de Jacinto. Entre las verticales y sus paralelas, las veladuras y los pigmentos refuerzan el calor de la escena.

 

En realidad, estamos ante un espacio deudor de Giacomo Torelli. La magia de los elementos arquitectónicos y la atmósfera apuestan por la unión de Leonardo con la escuela veneciana, permite ir descubriendo el enigmático desnudo gélido por la muerte y vaporoso por el esfumato. Ante el goce de cuerpo de Jacinto, las texturas contrastadas revelan los placeres de la carne; la rica anatomía y el rostro evasivo e idealizado, se relacionan con las imágenes de la diosa Venus dormida de Giorgione y de Tiziano.

Entre la conciliación de lo carnal y lo espiritual, el rostro y el vientre penetran en la mirada, el impacto del color y de la armonía, de las proporciones y de lo sensitivo, se alimentan del cromatismo cálido y ardiente, para definir la exaltación de la carne en el marco del más allá. La sensualidad secreta y la desmembración de Jacinto proyectan una duplicidad visual expresada entre los personajes del más acá y del más allá. El cuerpo muerto, cargado de fuerza sensual inmensa en los aromas del jardín de Jacinto, se vio iluminado por la luz de Apolo. El desnudo celeste se impone ante el paganismo triunfal, se ensalza la carnalidad del Eros sacrificado.

Se desdobla el espacio entre las ruinas y la portada del jardín, oscuridad para la arquitectura inconclusa frente al iluminado jardín. Frente a la vertical ascendente desde la flor de Jacinto, emerge el atlante y la cornisa, todo iluminado para el triunfo de la arquitectura con puerta triunfal conformada por arco y frontón partido, es el inicio del jardín ultramundano definido por cipreses elevados, avenidas en profundidad para definir el paraíso ultramundano. Visiones cargadas de pintoresquismos, preludio del viaje sublime al más allá representativo del Romanticismo.

 

Sobre la mancha de color anaranjado, el cuerpo idealizado de Jacinto reclama intimidad, configura una alcoba y un altar, lugar sagrado que se expone al espectador, santuario para la exploración; ante la quietud de Jacinto, Apolo gesticula activando la escena y prolongando diagonales con sus brazos, paralelas a la gran diagonal del cuerpo de su amado.

Explorar para unir los cuerpos de dos hombres que, ante la parada de la muerte, permite ver los dos tonos de los cuerpos, claro y oscuro, muerte y vida. La carne y la piel traducen luces y tonos distintos, la luz y el color agrandan la escena. Elevando el valor íntimo de Jacinto, los reflejos y las incógnitas de la luz sobre la piel, plasman y sugieren una imagen de placer. La tensión entre materia y composición establecen diferentes registros interpretativos, expectantes, la mayoría de los actores del cortejo del padre de Apolo, intensifican la contemplación.

 

La luz, real e irreal, portadora de la escuela veneciana del Renacimiento, está unida a renuncias y búsquedas que retratan el universo enigmático de Jacinto. El tiempo en movimiento, la mezcla de luz con la musicalidad de la cultura veneciana, elevan la escena y apuestan por la unión de dibujo anatómico con los valores cromáticos. El inesperado choque entre dibujo y color, alimenta la iconografía de Jacinto; el engranaje de manchas del manto de Jacinto se amplía con las férreas veladuras vaporosas. Como contraste, el dibujo y el perfil del cuerpo intensifican el significado de los contenidos del mito. El estudio anatómico de Tiépolo desvela, al tiempo, la idea de energía corporal, de quietud. El movimiento sugerido de Jacinto, intensifica la unión entre deseo y abandono.

El desnudo de Jacinto se convierte en objeto de meditación, deseo eterno de cambio y transformación. Deseo eterno de amor, deseo eterno de sabiduría y de conocimiento.

El jardín de Jacinto, desdoblado, se desvela como territorio de enigmas, estableciendo una relación entre el desnudo y la ensoñación, una fórmula iniciadas en la cultura veneciana del siglo XV con el relato alegórico de El Sueño de Polifilo y con la pintura de Giorgione.

El sueño del hombre homosexual, como el sueño de Jacinto dormido, construye una ambigüedad para las almas melancólicas. El cuerpo de Jacinto, idealizado y melancólico, como los galos moribundos del mundo clásico, sublima el amor entre hombres. Apolo y Jacinto se aman, la imagen de Tiépolo verifica la determinación del dolor en la purificación que significa la Espera, Apolo es la alegoría de la Espera, el sueño irrepetible de Jacinto y Apolo se proyecta desde la anatomía reposada, desde la brillante de la piel. Se muestra la mesurada opulencia del héroe.

 

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